Ayer domingo fue el día en el que, supuestamente, todo hijo de vecino de este país no se separaba de la tele porque era el Gran Domingo. A modo de resumen diré que este domingo ha sido, a diferencia de cualquier otro, el clásico día en el que el americano de pro se pone la gorra patrás, planta la bandera con sus barras y sus estrellas en medio del salón, abre una (o varias) Budweiser con los dientes y, tras varios eructos de rigor, se arremanga la camisa para ver El Partido, o sea, la final de la NFL. Aquí todo el mundo siguió los prolegómenos y el principio del partido del año no sin antes llevarse la mano al pecho para cantar a grito pelao el himno patrio. Vendría a ser como la final de la copa de Europa para los europeos.
La verdad es que para los que no vivimos con pasión el fútbol americano, o sea, un servidor, el domingo no tuvo nada de grande ni de especial, fue más o menos lo de siempre: levantarse, paseo al sol con los abuelos, desayuno, dominó, ir a ver la obra de enfrente, comer, ir de compras y desacansar un rato por la tarde. Tengo que decir, igualmente, que un rato sí estuve siguiendo el partido de marras. En general me gusta el deporte y me hacía gracia ver a los negros esos de 2 toneladas darse de hostias y chocar unos contra otros por el campo porque, además, esta vez se jugó en Miami y durante los días previos al partido se vieron hordas de fans enseñando carnes por estas tierras. Yo, lo siento, pero no le veo la gracia al jueguecito aunque supongo que será porque no corre sangre americana por mis venas. Para mí es lento y no tiene ningún ritmo, pero bueno, ellos, en cambio, se vuelven majaretas con el asunto en cuestión.
Y es que claro, viendo el frío que hace en el norte de los States, que ha caído nieve para hacer güiskis on the rocks para todo el país, entiendo perfectamente que los pobres se vengan a jugar aquí con el calorcito, las patinadoras, las palmeras y el culamen de Jennifer López. El sábado por la mañana estuve chafardeando un poco en la playa de South Beach y había un montón de gente, no mucha en el agua, pero sí en la arena tomando un sol que calentaba el huevo de uno y parte del del vecino. Motivo por el cual estoy más rojo que blanco. Y como mi bródel estaba por aquí de visita también fui a la zona a ver el espectáculo el jueves noche y bueno, si ya el público en la zona de Ocean Drive no es muy selecto que digamos, este jueves era para sacar la recortada y ajusticiar a alguien a boleo. Pero me contuve.
Lo malo de ser un auténtico desconocedor de los deportes típicamente americanos es que uno se queda con cara de tonto si tiene la suerte de cruzarse por la calle con las estrellas de los dos equipos que juegan la Super Bowl. Cuando vimos que a dos armarios de color negro que acababan de salir de dos Mercedes del mismo color los asaltaban unos aficionados, casco de fútbol en mano para pedirles un garabato en él, me di cuenta que los tiempos de Dan Marino han pasado y por tanto aún sé menos de lo que sabía de los deportes en los que la pelota no es esférica. Lo que no acerté a ver fueron las firmas de los jugadores que tuvimos delante. Por la cara de burros que tenían yo creo que deben firmar con una X, eso sí, bien grande, para que se vea cómo son de millonarios.
Y como culo veo culo quiero, he decidido que a pesar del frío de cagarse toa que hace por el norte del Norte, este finde nos vamos a la capital, Washington DC, con un par. Sí, sin importarnos que haya nieve para parar tres carros, nos hacemos las maletas y casi cinco horas después, previa escala en Atlanta, llegaremos a la capital política del mundo. En Washington se decide todo lo que pasa en el mundo y como además me han dicho que la ciudad es preciosa, pues vamos a verla. Veremos el tema del frío cómo lo llevaremos, porque si hay algo de lo que carezco en esta ciudad, además del jamón serrano, es de la ropa de abrigo. Con lo que traje de abrigo a Miami, ni aunque me lo pusiera todo junto, podría pasearme por Washington sin riesgo de coger la Gripe A o una pulmonía tonta.
Para evitar males mayores pensé en ir a comprarme una chaqueta que no me dejara morir helado bajo un puente del Distrito de Columbia. Y por ese motivo me fui a las tiendas que hay en Bal Harbour, una zona al norte de Miami, en la que los señores se ponen unos gorritos muy pequeños y se dejan las patillas largas hasta los sobacos. Además, y para rematar la indumentaria, usan los trajes típicos de sus pueblos, con largas mangas y abrigos de distintos tipos... y todo a 25ºC, tócate los huevos. Sí, en esa zona los judíos brillan por su presencia, y donde hay judíos le pegas una patada al suelo y te salen 100 dólares.
En Bal Harbour hay muchos judíos de esos que siguen la Torah al pie de la letra con sus desventajas y sus desventajas, cosa que ya es mala suerte, porque seguirla en Michigan pues vale porque allá hasta se agradece llevar el abrigo que llevan estos, pero tenerla que seguir así de seguidilla viviendo en Miami, que hace un calor de espanto todo el año, pues tiene que ser jodido y casi un drama humano. Pero bueno, si Yahvé les ha destinado a esta zona del mundo llena de pecadores por algo será. Seguro que Dios les recompensa un día de estos por tamaño esfuerzo. Ellos contentos de ser tan humildes y dedicarse en cuerpo y alma a su religión aunque el dinero se les caiga de los bolsillos.
Pero claro, lo malo de pretender comprar en sitios en los que compran esta gente es que las cosas suelen costar un huevo de pato. Cuando vi que la hora de párking iba a 4 dolores la susodicha ya me imaginé, marramiau, que ahí de Zara nada de nada, olvídate. Y efectivamente, me quedé alucinando cuando vi que la tienda más barata era la de Chuchi. Cómo no, ahí estaban Luis Putón y Gogó Manel entre muchas otras también modestas, por lo que mis posibilidades de encontrar abrigo en aquellas tiendas de moda hortera francesa e italiana iba a ser casi imposible. A pesar de que en algunas ponía SALE en tan pequeñito que ni se podía leer, ya ni nos dignamos a entrar y nos fuimos por donde habíamos venido y, como a la entrada, con las manos en los bolsillos. No es por no poder, es por hacer boicot a las grandes marcas. Ja.
En fin, no digo que ya tengo abrigo porque al final me he hecho con una chaqueta por internet, por lo que hasta que no me llegue y vea si la talla cuadra con mi cuerpo serrano no sabré si tengo abrigo o soy carne de cañón. Pero lo que sí tengo claro es que voy a ir cargando las pilas (de la cámara) y haciéndome a la idea de que el aire allá refresca estos días. Ya tengo ganas de fotografiarlo todo y de visitar esos lugares tan emblemáticos que he visto en tantas y tantas películas de intriga de esas que al final se les va la olla al director y explota hasta la Casa Blanca (y sale vivo el presidente, claro). Me espera la visita al Capitolio, al monumento a Lincoln, al río Potomac, al cuartel general de la CIA, ver una persecución del FBI y, sobre todo, visitar, si Obama no tiene nada entre manos, el despacho dónde Bill le dijo a Mónica eso de chupa chupa que yo te aviso. Encontrar la huella del delito sería un lujo.
J. Coltrane
La verdad es que para los que no vivimos con pasión el fútbol americano, o sea, un servidor, el domingo no tuvo nada de grande ni de especial, fue más o menos lo de siempre: levantarse, paseo al sol con los abuelos, desayuno, dominó, ir a ver la obra de enfrente, comer, ir de compras y desacansar un rato por la tarde. Tengo que decir, igualmente, que un rato sí estuve siguiendo el partido de marras. En general me gusta el deporte y me hacía gracia ver a los negros esos de 2 toneladas darse de hostias y chocar unos contra otros por el campo porque, además, esta vez se jugó en Miami y durante los días previos al partido se vieron hordas de fans enseñando carnes por estas tierras. Yo, lo siento, pero no le veo la gracia al jueguecito aunque supongo que será porque no corre sangre americana por mis venas. Para mí es lento y no tiene ningún ritmo, pero bueno, ellos, en cambio, se vuelven majaretas con el asunto en cuestión.
Y es que claro, viendo el frío que hace en el norte de los States, que ha caído nieve para hacer güiskis on the rocks para todo el país, entiendo perfectamente que los pobres se vengan a jugar aquí con el calorcito, las patinadoras, las palmeras y el culamen de Jennifer López. El sábado por la mañana estuve chafardeando un poco en la playa de South Beach y había un montón de gente, no mucha en el agua, pero sí en la arena tomando un sol que calentaba el huevo de uno y parte del del vecino. Motivo por el cual estoy más rojo que blanco. Y como mi bródel estaba por aquí de visita también fui a la zona a ver el espectáculo el jueves noche y bueno, si ya el público en la zona de Ocean Drive no es muy selecto que digamos, este jueves era para sacar la recortada y ajusticiar a alguien a boleo. Pero me contuve.
Lo malo de ser un auténtico desconocedor de los deportes típicamente americanos es que uno se queda con cara de tonto si tiene la suerte de cruzarse por la calle con las estrellas de los dos equipos que juegan la Super Bowl. Cuando vimos que a dos armarios de color negro que acababan de salir de dos Mercedes del mismo color los asaltaban unos aficionados, casco de fútbol en mano para pedirles un garabato en él, me di cuenta que los tiempos de Dan Marino han pasado y por tanto aún sé menos de lo que sabía de los deportes en los que la pelota no es esférica. Lo que no acerté a ver fueron las firmas de los jugadores que tuvimos delante. Por la cara de burros que tenían yo creo que deben firmar con una X, eso sí, bien grande, para que se vea cómo son de millonarios.
Y como culo veo culo quiero, he decidido que a pesar del frío de cagarse toa que hace por el norte del Norte, este finde nos vamos a la capital, Washington DC, con un par. Sí, sin importarnos que haya nieve para parar tres carros, nos hacemos las maletas y casi cinco horas después, previa escala en Atlanta, llegaremos a la capital política del mundo. En Washington se decide todo lo que pasa en el mundo y como además me han dicho que la ciudad es preciosa, pues vamos a verla. Veremos el tema del frío cómo lo llevaremos, porque si hay algo de lo que carezco en esta ciudad, además del jamón serrano, es de la ropa de abrigo. Con lo que traje de abrigo a Miami, ni aunque me lo pusiera todo junto, podría pasearme por Washington sin riesgo de coger la Gripe A o una pulmonía tonta.
Para evitar males mayores pensé en ir a comprarme una chaqueta que no me dejara morir helado bajo un puente del Distrito de Columbia. Y por ese motivo me fui a las tiendas que hay en Bal Harbour, una zona al norte de Miami, en la que los señores se ponen unos gorritos muy pequeños y se dejan las patillas largas hasta los sobacos. Además, y para rematar la indumentaria, usan los trajes típicos de sus pueblos, con largas mangas y abrigos de distintos tipos... y todo a 25ºC, tócate los huevos. Sí, en esa zona los judíos brillan por su presencia, y donde hay judíos le pegas una patada al suelo y te salen 100 dólares.
En Bal Harbour hay muchos judíos de esos que siguen la Torah al pie de la letra con sus desventajas y sus desventajas, cosa que ya es mala suerte, porque seguirla en Michigan pues vale porque allá hasta se agradece llevar el abrigo que llevan estos, pero tenerla que seguir así de seguidilla viviendo en Miami, que hace un calor de espanto todo el año, pues tiene que ser jodido y casi un drama humano. Pero bueno, si Yahvé les ha destinado a esta zona del mundo llena de pecadores por algo será. Seguro que Dios les recompensa un día de estos por tamaño esfuerzo. Ellos contentos de ser tan humildes y dedicarse en cuerpo y alma a su religión aunque el dinero se les caiga de los bolsillos.
Pero claro, lo malo de pretender comprar en sitios en los que compran esta gente es que las cosas suelen costar un huevo de pato. Cuando vi que la hora de párking iba a 4 dolores la susodicha ya me imaginé, marramiau, que ahí de Zara nada de nada, olvídate. Y efectivamente, me quedé alucinando cuando vi que la tienda más barata era la de Chuchi. Cómo no, ahí estaban Luis Putón y Gogó Manel entre muchas otras también modestas, por lo que mis posibilidades de encontrar abrigo en aquellas tiendas de moda hortera francesa e italiana iba a ser casi imposible. A pesar de que en algunas ponía SALE en tan pequeñito que ni se podía leer, ya ni nos dignamos a entrar y nos fuimos por donde habíamos venido y, como a la entrada, con las manos en los bolsillos. No es por no poder, es por hacer boicot a las grandes marcas. Ja.
En fin, no digo que ya tengo abrigo porque al final me he hecho con una chaqueta por internet, por lo que hasta que no me llegue y vea si la talla cuadra con mi cuerpo serrano no sabré si tengo abrigo o soy carne de cañón. Pero lo que sí tengo claro es que voy a ir cargando las pilas (de la cámara) y haciéndome a la idea de que el aire allá refresca estos días. Ya tengo ganas de fotografiarlo todo y de visitar esos lugares tan emblemáticos que he visto en tantas y tantas películas de intriga de esas que al final se les va la olla al director y explota hasta la Casa Blanca (y sale vivo el presidente, claro). Me espera la visita al Capitolio, al monumento a Lincoln, al río Potomac, al cuartel general de la CIA, ver una persecución del FBI y, sobre todo, visitar, si Obama no tiene nada entre manos, el despacho dónde Bill le dijo a Mónica eso de chupa chupa que yo te aviso. Encontrar la huella del delito sería un lujo.
J. Coltrane













