Un Gran Domingo Como Otro Cualquiera

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Ayer domingo fue el día en el que, supuestamente, todo hijo de vecino de este país no se separaba de la tele porque era el Gran Domingo. A modo de resumen diré que este domingo ha sido, a diferencia de cualquier otro, el clásico día en el que el americano de pro se pone la gorra patrás, planta la bandera con sus barras y sus estrellas en medio del salón, abre una (o varias) Budweiser con los dientes y, tras varios eructos de rigor, se arremanga la camisa para ver El Partido, o sea, la final de la NFL. Aquí todo el mundo siguió los prolegómenos y el principio del partido del año no sin antes llevarse la mano al pecho para cantar a grito pelao el himno patrio. Vendría a ser como la final de la copa de Europa para los europeos.

La verdad es que para los que no vivimos con pasión el fútbol americano, o sea, un servidor, el domingo no tuvo nada de grande ni de especial, fue más o menos lo de siempre: levantarse, paseo al sol con los abuelos, desayuno, dominó, ir a ver la obra de enfrente, comer, ir de compras y desacansar un rato por la tarde. Tengo que decir, igualmente, que un rato sí estuve siguiendo el partido de marras. En general me gusta el deporte y me hacía gracia ver a los negros esos de 2 toneladas darse de hostias y chocar unos contra otros por el campo porque, además, esta vez se jugó en Miami y durante los días previos al partido se vieron hordas de fans enseñando carnes por estas tierras. Yo, lo siento, pero no le veo la gracia al jueguecito aunque supongo que será porque no corre sangre americana por mis venas. Para mí es lento y no tiene ningún ritmo, pero bueno, ellos, en cambio, se vuelven majaretas con el asunto en cuestión.

Y es que claro, viendo el frío que hace en el norte de los States, que ha caído nieve para hacer güiskis on the rocks para todo el país, entiendo perfectamente que los pobres se vengan a jugar aquí con el calorcito, las patinadoras, las palmeras y el culamen de Jennifer López. El sábado por la mañana estuve chafardeando un poco en la playa de South Beach y había un montón de gente, no mucha en el agua, pero sí en la arena tomando un sol que calentaba el huevo de uno y parte del del vecino. Motivo por el cual estoy más rojo que blanco. Y como mi bródel estaba por aquí de visita también fui a la zona a ver el espectáculo el jueves noche y bueno, si ya el público en la zona de Ocean Drive no es muy selecto que digamos, este jueves era para sacar la recortada y ajusticiar a alguien a boleo. Pero me contuve.

Lo malo de ser un auténtico desconocedor de los deportes típicamente americanos es que uno se queda con cara de tonto si tiene la suerte de cruzarse por la calle con las estrellas de los dos equipos que juegan la Super Bowl. Cuando vimos que a dos armarios de color negro que acababan de salir de dos Mercedes del mismo color los asaltaban unos aficionados, casco de fútbol en mano para pedirles un garabato en él, me di cuenta que los tiempos de Dan Marino han pasado y por tanto aún sé menos de lo que sabía de los deportes en los que la pelota no es esférica. Lo que no acerté a ver fueron las firmas de los jugadores que tuvimos delante. Por la cara de burros que tenían yo creo que deben firmar con una X, eso sí, bien grande, para que se vea cómo son de millonarios.

Y como culo veo culo quiero, he decidido que a pesar del frío de cagarse toa que hace por el norte del Norte, este finde nos vamos a la capital, Washington DC, con un par. Sí, sin importarnos que haya nieve para parar tres carros, nos hacemos las maletas y casi cinco horas después, previa escala en Atlanta, llegaremos a la capital política del mundo. En Washington se decide todo lo que pasa en el mundo y como además me han dicho que la ciudad es preciosa, pues vamos a verla. Veremos el tema del frío cómo lo llevaremos, porque si hay algo de lo que carezco en esta ciudad, además del jamón serrano, es de la ropa de abrigo. Con lo que traje de abrigo a Miami, ni aunque me lo pusiera todo junto, podría pasearme por Washington sin riesgo de coger la Gripe A o una pulmonía tonta.

Para evitar males mayores pensé en ir a comprarme una chaqueta que no me dejara morir helado bajo un puente del Distrito de Columbia. Y por ese motivo me fui a las tiendas que hay en Bal Harbour, una zona al norte de Miami, en la que los señores se ponen unos gorritos muy pequeños y se dejan las patillas largas hasta los sobacos. Además, y para rematar la indumentaria, usan los trajes típicos de sus pueblos, con largas mangas y abrigos de distintos tipos... y todo a 25ºC, tócate los huevos. Sí, en esa zona los judíos brillan por su presencia, y donde hay judíos le pegas una patada al suelo y te salen 100 dólares.

En Bal Harbour hay muchos judíos de esos que siguen la Torah al pie de la letra con sus desventajas y sus desventajas, cosa que ya es mala suerte, porque seguirla en Michigan pues vale porque allá hasta se agradece llevar el abrigo que llevan estos, pero tenerla que seguir así de seguidilla viviendo en Miami, que hace un calor de espanto todo el año, pues tiene que ser jodido y casi un drama humano. Pero bueno, si Yahvé les ha destinado a esta zona del mundo llena de pecadores por algo será. Seguro que Dios les recompensa un día de estos por tamaño esfuerzo. Ellos contentos de ser tan humildes y dedicarse en cuerpo y alma a su religión aunque el dinero se les caiga de los bolsillos.

Pero claro, lo malo de pretender comprar en sitios en los que compran esta gente es que las cosas suelen costar un huevo de pato. Cuando vi que la hora de párking iba a 4 dolores la susodicha ya me imaginé, marramiau, que ahí de Zara nada de nada, olvídate. Y efectivamente, me quedé alucinando cuando vi que la tienda más barata era la de Chuchi. Cómo no, ahí estaban Luis Putón y Gogó Manel entre muchas otras también modestas, por lo que mis posibilidades de encontrar abrigo en aquellas tiendas de moda hortera francesa e italiana iba a ser casi imposible. A pesar de que en algunas ponía SALE en tan pequeñito que ni se podía leer, ya ni nos dignamos a entrar y nos fuimos por donde habíamos venido y, como a la entrada, con las manos en los bolsillos. No es por no poder, es por hacer boicot a las grandes marcas. Ja.

En fin, no digo que ya tengo abrigo porque al final me he hecho con una chaqueta por internet, por lo que hasta que no me llegue y vea si la talla cuadra con mi cuerpo serrano no sabré si tengo abrigo o soy carne de cañón. Pero lo que sí tengo claro es que voy a ir cargando las pilas (de la cámara) y haciéndome a la idea de que el aire allá refresca estos días. Ya tengo ganas de fotografiarlo todo y de visitar esos lugares tan emblemáticos que he visto en tantas y tantas películas de intriga de esas que al final se les va la olla al director y explota hasta la Casa Blanca (y sale vivo el presidente, claro). Me espera la visita al Capitolio, al monumento a Lincoln, al río Potomac, al cuartel general de la CIA, ver una persecución del FBI y, sobre todo, visitar, si Obama no tiene nada entre manos, el despacho dónde Bill le dijo a Mónica eso de chupa chupa que yo te aviso. Encontrar la huella del delito sería un lujo.



J. Coltrane

Como Un Crío Con Zapatos Nuevos

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Mal vamos, porque resulta que no sabéis la ilusión que me dieron el martes cuando me llamaron de la Uni para decirme que mi querida profe de inglés, Lisa, estaba indispuesta y no habría clase. No me dieron más información, así que por el momento no sé si le dio un vahído, un apretón tonto de esos de estómago o simplemente que tenía la gripe A. Quién sabe, pero sea como sea, esa noticia justo antes de irme a hacer la siesta fue todo un orgasmo en 3 dimensiones. Yo, que recién terminaba de recabar información sobre Chechenia (que manda huevos) para la clase de ese martes, me quedé embelesado por aquella suave voz que portaba grandes noticias. En fin, que digo que mal vamos porque si a estas alturas ya me alegro de no tener mi clase de inglés, entonces apaga y vámonos. Tampoco es que me alegre, pero coño, esta semana ha sido muy dura. De hecho, esa situación me recordó a otra que sentía allá por 1800 (y pico) cuando yo era un jovencito imberbe.

Es como si estuviera viendo la escena, tengo fresco el recuerdo de aquellos días. Es curioso cómo puede uno olvidar ciertas cosas y otras, en cambio, quedan en la memoria toda la vida a pesar del azote de mi incipiente Alzheimer al que, dicho sea de paso, no creo que le venga bien el exceso de hormonas pollinas que corren por mi cuerpo debido a la ingesta continuada y desmedida de pollo americano con premio. Por suerte, ni así se me han borrado cómo eran aquellas mañanas de mi infancia en las que mi madre me despertaba para ir al colegio y las sábanas no querían despegarse de este cuerpo esculpido para el pecado. Coño, de broma en broma han pasado veintitantos años con sus respectivos despertares. Qué mañanas tan duras, casi tanto como las de ahora, que me pego el madrugón del siglo para empezar a trabajar en horario europeo cuando mi cuerpo vive en horario americano. La vida es dura.

La cuestión es que tengo grabadas en mi frágil memoria un par de melodías que llegaban a mis oídos desde la multiradio de mi madre cuando me despertaba por la mañana. No, no es que la señora de Coltrane Sr. tuviera una radio avanzada a su tiempo, simplemente es que mi señora madre tenía la increíble habilidad de distribuír radios a lo largo y ancho del Palacete Coltrane con el propósito de que las ondas hercianas de aquellas radios nos llegaran fresquitas a los oídos, ya estuviéramos comiendo un Bollicao en la cocina como plantando un pino en el baño. Tal cual. Mi mamá tenía (y supongo que aún tiene) una capacidad asombrosa para dar por saco con su arsenal de aparatos de radio distribuidos estratégicamente por la casa, por lo que hacía que cuando te movieras de aquí para allá pudieras oirla en estereo (where available), eco y desfase incluidos.

Pero a lo que iba, recuerdo con una sonrisa esas mañanas especiales de invierno en las que salía corriendo a la calle entre la chusma para no llegar tarde al cole, con mi cartera roja que pesaba una tonelada. La escuela quedaba a apenas dos calles de mi casa, pero siempre llegaba con la hora pegada al culo. Iba debajo de diez capas de ropa que mi madre me hacía llevar y corría para que los jodidos curas no me cerraran la puerta principal en las narices y tuviera que entrar por la lateral con las orejas gachas, lo que, además, llevaba de regalo una nota en la agenda por falta de puntualidad. De esas hubieron unas cuantas y quizás el trauma de la nota en la agenda es lo que me ha hecho ser asquerosamente puntual el resto de mis días. Por desgracia muchas de las gentes que he esperado en mi vida no tuvieron esas notas en la agenda. Y es que no era plato de buen gusto ver cómo el hijoputa del Padre Mariano te daba, con una sonrisilla bajo su bigote ramplón, con la puerta en los morros a 20 metros de tocar meta .

Pero como Dios a veces es justo, llegaba el día en que yo corría y corría porque iba a llegar tarde de nuevo pero cuando me acercaba a la puerta de la escuela descubría un cartelito escrito a mano con pulso tembloroso que de alguna forma decía: "queridos hermanos y alumnos, esta noche el padre Mariano ha fallecido cristianamente en la tranquilidad de su hogar mientras entreabría los ojos para descifrar los prolegómenos de la peli X del Canal Plus. Según el parte médico, ya no estaba, el estimado Padre Mariano, para descodificar semejantes escenas entre pecadoras, que él era una persona muy recta y católica. Es por ello, queridos críos, que esta mañana no habrá clase y podréis pasar todo el tiempo dando patadas al balón y al tonto de la clase, en el orden que tengáis a bien, pero recordando que, no por haber tenido una baja en nuestras filas vamos a dejar estar, durante el día de hoy, tan atentos a vuestros movimientos como acostumbramos. Ave María putísima y que el Señor tenga en su regazo al bueno del Padre Mariano". El acabose.

Pues sí, con esa excitación que sentía años atrás cuando llegaba al cole y sabía que ese día iba a haber de todo menos clase me sentí también cuando me dijeron que Lisa, la de Chicago, no iba a presentarse esa tarde porque le dolía un asunto. Estaba como un niño con zapatos nuevos. Pero claro, como la alegría no puede ser nunca completa, ayer jueves, tras el teléfono, una cándida voz de americana de Cuba me dijo, despacio y con cariño, que el jueves sí habría clase y que no me olvidara el trabajito para exponer frente al populacho. Coño, lo que se sabía señora. Así que me tuve que poner a trabajar de nuevo para pasar a medio limpio la bonita historia de la República de Chechenia, porque Lisa vendría con ganas de fiesta y con las pillas a tope. Así que me fui a la terraza y aprovechando el solecito me puse a pasar a limpio los apuntos que había extraído de la Wikipedia.

Y en ese mismo momento, cuando apuntaba que Grozny es la capital, giré la cabeza con el tiempo sufiente para ver como mi hoja salía en volandas camino del borde de la terraza y se precipitaba al hiperespacio sin que yo nada pudiera hacer, que no fuera cagarme en los elementos así en general y en el viento en particular. La mitad de los apuntes que tenía que explicar esa tarde volaba hacia ninguna parte, sin rumbo fijo, ganando y perdiendo altura a merced de las distintas ráfagas de viento y creando en mí un estrés que a punto estuvo de hacerme soltar una lagrimilla debido a aquel vuelo sin control. Todos los datos de la guerra chechena se iban desplazando sobre el párking a cierta altura mientras me miraban desde la distancia sin saber qué sería de nuestro destino. Pero, en un momento de tensión, Chechenia ascendió, descendió y volvió a ascender y, cuando parecía que se iba a precipitar en la piscina del edificio vecino, otra ráfaga de aire, ruso, me imagino, la devolvió como una exhalación y a golpe de hostia, a tierra firme. Si aquel vuelo hubiera durados dos minutos más, no lo soporto y me tiro tras Chechenia.

En fin, que después del susto, y con el corazón aún en un puño por la arritmia del momento, me fui a la Universidad dándole vueltas a lo ocurrido y pensando en qué le hubiera explicado a la profe en caso de no haber podido dar de nuevo con los apuntes chechenos. Porque coño, lo de que mi perro Toby, en un momento de pasión antiterrorista se los hubiera comido, no iba a colar ni de cachondeo, así que me hubiera tenido que inventar alguna historia más o menos creíble o hacer el ridículo intentando recordar lo que había escrito en la famosa hojita voladora días atrás. Creo que lo mejor, como casi nunca, hubiera sido decir que no había hecho las tareas extraescolares en vez de sincerarme y contar la verdad, porque, ya es bien cierto, que la realidad muchas veces supera a la ficción, y si no, que se lo digan a los chechenos.



J. Coltrane

De Galleguitos, Pollos y Bancos

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Pues eso, que el otro día en un ataque de optimismo culinario, y casi rozando la temeridad, me acerqué a comprar a Publix, el único supermercado de Miami que, milagro de los milagros milagrosos, me queda a tiro de piedra para ir en el coche de San Fernando a comprar por mis propios medios y sin recurrir al Maserati del alto mando. Sí, porque para ir al súper en este país uno tiene que coger el coche, llenar el depósito y tirar millas. Aquí lo de bajar al súper de la esquina no saben ni lo que es, porque de haber esquina, no tiene súper. A cambio de poder ir al súper andando, el tal Publix es un lugar donde los dólares caen que da gusto. Para muestra un botón: 6 tomates 8 dólares. Tócate los huevos. Por ese precio los debe haber recogido del suelo el mismísimo Barack Obama.

La cuestión es que mi visita al súper era para comprar chorizo. Sí, ese producto tan español que aquí brilla por su ausencia. Estos yankis, si los sacas de los Nuggets y los fingers de pollo dopado, no tienen ni puñetera idea de comida. Es un delito no tener chorizo de verdad. A ver, chorizo tienen, pero a lo que ellos llaman chorizo nosotros le llamamos butifarra. Y eso que, buscando buscando, conseguí dar con algo que se llamaba chorizo, tenía forma de chorizo y, además, era de color rojizo, cosas que siempre se agradecen si uno quiere comer chorizo. Cuando cogí la bolsa y vi que costaba casi 5 dólares pensé ¡coño con el chorizo, debe haber venido en burro desde Salamanca!, pero al ver el nombre y la bandera patria en toda la extensión del paquete, se me cayó el escroto al suelo (cling cling) y me dije: me lo llevo!

El chorizo "Los Galleguitos" hace gala de un patriotismo fuera de toda duda y se ve a la legua que tras él hay las manos expertas de un charcutero... de Arkansas. Sí, a pesar del despliegue de color y de los dibujos de sendos galleguitos sonrientes tocando la gaita que había en la bolsa choricera, un Made in USA grande como un chorizo empañaba aquella agradable visión que me retrotajo a tiempos pretéritos cuando correteaba por mi pueblo con un chusco de pan en una mano y un trozo de chorizo cantimpalo en la otra. Pero el Made in USA me bajó de la nube, porque el "chorizo" estaba fabricado en un pequeño pueblo de Arkansas, con cerdos de Iowa, matados en Oklahoma y empaquetado en Dakota, no sé si del sur o del norte, pero eso no importa.

Recuperado del susto y dispuesto a gastarme un potosí en un chorizo americano, me fui a la zona de las alubias en busca de algo que echarle al fiambre. Y allá pude encontrar unas alubias de la marca Goya. Otra buena manera de atraer la atención del respetable es usar nombres que recuerden al país, y bueno, conmigo funcionó básicamente porque o me llevaba aquellas judías blancas o el chorizo me lo comía solo. Entre Goya y Los Galleguitos me la iba a jugar para crear la primera fabada americana de la historia. Pero claro, con este panorama podéis contar cómo le ha ido el asunto a un servidor. No ha sido desde luego la peor fabada del mundo, pero ha dejado bastante que desear. No sé si será Goya o los Gallegos esos resabiados, pero yo sospecho de los segundos. Creo que los cerdos de Iowa no comen lo mismo que los españoles. Y a la vista está.

En fin, junto con el tema culinario, quizás lo más destacable de esta semana ha sido saber que estoy mucho peor de inglés de lo que me pensaba. Bueno, yo creía que me defendía, que se podía hablar conmigo y hasta que pronunciaba medio con acento de mayami, pero ni de coña, no tengo ni remota idea. Vamos, que si Chéspir levantara la cabeza me daba hasta en el pasaporte y luego se moría otra vez. Esta semana he hecho dos presentaciones públicas ante el respetable, una sobre el pollo americano, que tiene tela, y la otra, que también tela, sobre las comisiones que ahora pretenden repartirse los banqueros americanos por un trabajo bien hecho durante el año pasado a costa del dinerito del contribuyente. Y bueno, las dos presentaciones han acabado con sudores y temblores de mis tres piernas.

El asunto tiene guasa porque aquí, los banqueros, que casi no ganan dinero los pobres, dicen que como el 2009 ha ido tan bien y lo han hecho de película, pues que quieren pasar a recoger los beneficios de este año tan complicado. Se les ha olvidado, digo yo, que el año pasado los americanos y medio mundo tuvimos que rascarnos los bolsillos para que todo el sistema este de mierda que tenían montado no se fuera al garete por la gloria de su madre. Al que más y al que menos le dieron un crédito para que pagara otro crédito y se comprara, ya de paso, un Mercedes para llevar al Kevin y al Yonatan al cole, que hay que ir elegante a dejar a los nenes en clase, que tienen que aprender a ser un triunfador como papá, que con un trabajo de mierda y ganando 1000 dólares al mes tiene un cochazo, una casa de película porno y además se lleva de vacaciones a la abuela, al canario y hasta a la madre que los parió a todos. Y claro, con ese panorama se lió la de Dios es Cristo y, de regalo, nos enmerdaron al resto, que sabíamos lo que se cocía pero nos hacíamos los tontos, que mola más. Así que cuando petó el globo pues maricón el último y todos a tirar de reservas para pagarles las copas y las guarrillas a este atajo de hijos de la gran puta. En fin, que no, que si quieren cobrar beneficios que devuelvan la pasta, que si las pérdidas se socializan los beneficios también, ¿no te jode?

Y bueno, como ya dije hace unos días, aquí no paro de comer pollo en todas sus formas, tamaños y colores. Pero el tema es que según dicen por estos lares, el pollo americano, el que va con la bandera incluida, viene con un carro de hormonas debajo del ala. Para que el bicho crezca rápido y fuerte, le dan un complejo vitamínico que le hace pegar el estirón en dos días para, al tercero, acabar en un nugget sin que le reconozca ni su señora madre. Hasta, me cuentan, que lo hacen crecer sin que tenga plumas, que asi luego no hay que quitárselas y, como donde lo tienen puteado tampoco hace frío pues para qué las quiere. Al pollo, con tanta vitamina en forma de hormona, sólo le falta hablar. Lo mejor del caso es que según el New York Times ni en Rusia, que comen pollos de esos de Chernóvil con dos cabezas y seis patas, quieren el pollo americano por no cumplir sus "estrictos" controles de seguridad alimentaria. Los rusos siempre han sido un ejemplo en estándares de seguridad, así que le han dicho a Obama que se meta los pollos justo por donde la espalda se vuelve más oscura. Parece que en Moscú sospechan del pollo made in USA como causante del incipiente bigote de algunas de sus conciudadanas.

Decidme iluso, pero yo, no sé por qué, pensaba que en este país los pollos corrían libres por los prados de Kentucky, sólo perseguidos de lejos por el Coronel del Fried Chicken. Esos prados de las pelis que uno no se los acaba de grandes y hermosos que son, yo pensaba que corretaban sin importarles el mañana, sin miedo a terminar con cara de finger de pollo, disfrutando del día a día y esperando un futuro mejor junto a sus vástagos... Pero no, la historia no es exactamente así, porque la voracidad yanki es tal, que ni en un millón de prados de esos idílicos de la Casa de la Padrera habría espacio para criar pollos al ritmo al que se los comen aquí los amigos (y ahora yo) en los fast food. Así que se han inventado este método de crecimiento para que en tres días les puedan hincar el diente en toda la pechuga. No veas las caras que ponen cuando se ven pegar el estirón a la de tres. Pero su vida dura, eso sí, hasta justo antes de que vengan unas máquinas a cogerlos por los huevos porque, según parece, hay un tío en Arkansas que está canino del hambre que tiene y porque dice que ya que no puede darle por saco a su banco al menos le meterá mano al pobre pollo de Kentucky.



J. Coltrane

Conectin Pípol

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Llegar al Miami Dade College es realmente sencillo. Un paseíto a la luz de las farolas y, antes de que me dé cuenta, estoy en la parada de Financial District rodeado de gentes que también viajan en el Metromover. Este es de los pocos servicios públicos de transporte con los que cuenta la ciudad y, cosa que no está nada mal, además es gratis. Supongo que por eso de promocionar el transporte público en un país donde cada hijo de vecino tiene su propio tanque, más que coche, de 47 válvulas y tracción total en las 17 ruedas. Aunque yo pensaba que eso sólo pasaba en mi pueblo, parece ser que no, el Metromover también huele a ajo en hora punta. Sí, definitivamente parece que todos los medios de transporte donde suben gentes varias no huelen a rosas que digamos. Y es que hay mucho guarro suelto. El transporte en cuestión es un minitrenecito que recorre la ciudad sin conductor y a una cierta altura, desde donde puedes ir viendo el panorama mientras vigilas la retaguardia.

La cuestión es que ya he empezado las clases de inglés en la uni, y en ellas estaré todos los martes y jueves de los próximos dos meses, tres horas cada uno de los días. Casi nada. Ayer casi todo salió a pedir de boca. Llegué con una hora de antelación porque aún tenía que comprar el libro para las clases y para hacerme el carné de la Universidad. Sí, ya tengo la clase de carné que sólo sirve para enseñarlo en los cines para que te hagan descuento. Algo es algo. Y bueno, el libro lo compré, pero no el que yo necesitaba porque la experimentada vendedora de 16 años que "ayudaba" al incauto personal me dio gato por liebre y me dijo señor, llévese esta mierda que verá lo bien que le irá y lo que aprenderá usted, ou yea!

Y bueno, sí, de momento parece que aprenderé a devolver libros en la librería de la Uni. Librería donde, por cierto, se forman unas colas que ni te cuento. Cuando luego me enteré que mi libro no me iba servir ni para nivelar la pata de una mesa entendí porqué la joven que tenía yo delante en la cola, a saber: pechugona, pinta guarrilla y maquillada como si fuera a un encuentro de chirliders del Betis en formación de tetas fuera, iba cargada de libros de filosofía para arreglar el mundo. No sé quién le habría explicado a aquella qué era y en qué se fundamentaba exactamente la filosofía porque aquella tenía pinta de muchas cosas pero desde luego no de futura filósofa. Bueno, a no ser que ahora lo llamen así, que también podría ser.

Lo que sí hice, desde luego, fue comprar el libro con el sello de USED. O sea, de segunda mano (o tercera). Esa es la forma de ahorrar unos dolarcillos y porque, además, el libro parece nuevo. En realidad esa es la única manera de poder revenderlo luego, tratarlo bien. El mío parece tan nuevo que no sé quién fue el figura que lo tuvo en su poder pero no creo que aprendiera mucho con él. Lo abrí, lo examiné y no tenía ni un garabato, ni una marca, ni un dibujo, nada de nada. Un coñazo de libro. Y claro, ahora me pregunto, ¿voy a ser capaz de tener un libro de inglés y no pintarle gafas a los señores y tetas a las señoras? Lo veo complicado porque han sido muchos años disfrazando y dando forma a los personajes de los libros de estudio que han pasado por mis manos. No sé, creo que prefiero perder los 37 dólares que me costó el libro pero poder despacharme a gusto con los sujetos que salgan en él. He visto uno en la página 42 al que ya le tengo ganas. Lo voy a tunear de cabo a rabo.

Lo que ya costó más fue encontrar una libreta decente, pero lo conseguí. Por algún extraño motivo los americanos, que son muy raros, no usan libretas con páginas cuadriculadas. Todas las que tienen en la librería de la Uni son sólo con líneas horizontales pero no verticales. Claro, esta gente dirán que para qué coño pintar las líneas verticales si sólo se usan las horizontales, ¿no? Pues no, a mí nunca me han gustado esa clase de hojas, así que busqué y rebusqué hasta que di con la que yo quería mientras pensaba que qué mal rollo me dan las unis americanas. Ve uno en la tele tantos casos de desequilibrados e incomprendidos que, empuñando una rifle de asalto AK-47, se lían a tiros con el personal para ajustar cuentas pendientes, que uno nunca sabe. Espero, al menos, que si en el Miami Dade College hay un justiciero de semejante calibre, venga a impartir justicia lunes, miércoles o viernes. No por nada. Ah, majo, en fin de semana no vayas que no hay a quien apuntar.

Pero lo más importante es que las clases tienen buena pinta. La gente parece limpia (aunque no toda) y los españoles somos clara mayoría, cosa que no sé si bueno o malo. Con alguna excepción, todos hablamos con un acento de Cuenca que no podemos con nuestra alma, aunque algunos también más que otros. La profe, de Chicago ella, es la típica americana sonriente, come on guys!, y pelota donde las haya. Los americanos, aunque hagas la cagada más grande del mundo, te van a decir que ou yeah qué buena es la madre que te matriculeixon. Según ella hablamos ameisin, nuestra pronunciación es güanderful, y nuestro ocabulario es ósom, pero ni ella ni nosotros hemos creído tanto piropo.

Lo mejor del caso es que a la profesora se la entiende super bien cuando habla, tiene una dicción super buena y vocaliza 24 veces más que el hijoputa de Sherlock Holmes. Todo un detalle siendo profe, porque de lo contrario en tres clases se funde al respetable. En fin, la señora nos contó que vivió en Israel, y luego en Washington durante 15 años y que allá se dedicaba a la política. Yo al oír eso, y por si acaso, guardé todo lo de valor que tenía sobre la mesa. Que nunca sabe uno quién tiene delante. Al final, por motivos de salud, tuvo que dejar el frío de DC para irse a climas más cálidos como el de Miami. No sé qué habrá dicho su médico respecto a la ola de frío polar que tuvimos la semana pasada y que dejó a las iguanas en estado de shock. También se habrá quedado helao, supongo.

Por tanto, todos los martes y jueves del mundo entre las 18:30 y las 21:30 en los próximos dos meses estaré aprendiendo la lengua de Chéspir por obra y gracia de la señorita Lisa. Pero todo ello siempre y cuando una noche de estas, cuando salga pasadas las 9 no me acorralen tres morenos de 200 kilos y me quieran sodomizar en la esquina de Flager con la Primera. Porque no veas el ambiente tan exquisito que ronda el campus del Miami Dade College, de día es de telenovela, pero de noche es de película. Hombre, podría ser peor y que los homeless se liaran a tiros con los negros y viceversa, pero de momento no llega a tanto. Eso sí, habrá que ir con ojito, no sea que en una de estas me venga un negro ladronzuelo y me robe el libro para afianzar conocimientos. Que nunca viene mal. En fin, que a ver si con todas estas semanas de sumergirme en el acento propio de Chicago me sirve para mejorar un poco mi inglés, que siempre viene bien para conectin pípol.



J. Coltrane

Levantamiento de Camisa

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Se conoce que los pinguinos y los osos polares del Zoo de Miami están revolucionados estos días. Según cuentan, los pobres andan congelados por la bajada de las temperaturas en la Florida, así que se han puesto de acuerdo para manifestarse en contra de la dirección del famoso lugar de encuentro de niños de dos patas y animales (para regocijo de estos últimos, claro). El motivo de la protesta es que están hasta los huevos del frío y piden, a grito pelao, una estufa y unos guantes que llevarse a sus bodis. Que sí, que ellos tienen aguante al frío y todo eso, pero es que su contrato decía claramente que en Miami iban a tener sol, calorcito y mucho mucho cachondeo, y resulta que de cachondeo nada de nada. Rien de rien.

Y es que la señora pinguina, que se levantó ayer de mala gaita por los ridículos 2 grados que marcaba el termómetro de su jaula, le ha dicho a su amante bandido (y al señor pinguino) que ni se le ocurra meterle su mano helada por debajo de las plumas so pena de dos hostias bien dadas en medio del pico, por lo que, el señor pinguino anda con los huevos por corbata por si comete un error tonto y, en un momento pasión y sin querer (evitarlo), pierde la cabeza, se pone tontorrón y al grito de ven paquí pájara mía que te voy a poner mirando al polo norte, toca esas plumas y recibe el mencionado hostión de su, otrora, querida señora y fiel amante.

A su vez, la señora oso, polar y blanca ella, le ha dicho al señor oso que se vaya olvidando de numeritos nocturnos y de coitos interruptus a la luz de la luna mientras las temperaturas no vuelvan a su sitio. Un tocamiento a deshora le valdrá un patada en sus mismísimos huevos polares, así que él mismo, y no está el asunto para patadas genitales. Y así, mientras los animales del zoo reclaman un poquito de por favor, los otros animales, los de dos patas, reclamamos que Dios se apiade de nuestras almas y nos suba un poquito la calefacción central de los mayamis que, ave maría putísima, nos estamos quedando congelados y, en cualquier momento, nos caerá una estalactita de las fosas nasales. O sea.

En fin, que definitivamente a mí me han levantado la camisa en este pueblo. A mí me habían dicho que si vente pa Mayami que siempre hace calorcito, que si no te olvides el tanga de lentejuelas, que si ponme una piña colada... Pero nada, hace más frío aquí que en mi pueblo; de largo. Creo que en estos momentos en Barcelona llevaría encima menos capas de ropa. Ahora puedo decir, sin miedo a equivocarme, que parezco una cebolla (por las capas), a saber: tres camisetas, un suéter y una sudadera, o sea, 5 capas de ropa a las que le sumo los calcetines y los pantalones del pijama, sin olvidar una mantita de la abuela que me pongo sobre las piernas para que el frío mañanero no penetre por entre los pelillos de mis piernas y me hiele un huevo y parte del otro. Ahí es nada.

Y es que aquí no hay termino medio, en Miami o te congelas, ya sea por el aire acondicionado o por el frío gélido del exterior, o bien te asas con el calor que derrite las piedras que suele haber por estos lares. Y esta vez, quizás porque es invierno, quizás por tocarnos lo que no nos suena, se conoce que hace un frío de primera que ni los más viejos del lugar (ni los más cubanos) han conocido antaño desde que Fidel llegó a Cuba y les obligó a marcharse de su país para malvivir (como Dios) en tierra yanki. En fin, señoras, señores: que se nos están halando los cataplines, por no decir los huevos. Qué decepción con el clima. ¿Y yo qué les cuento ahora a mis amigos a los que siempre les decía que estaba en la piscina aunque hiciera malo y lloviera?. Es que se lo creen todo los muy inocentes.

En fin, no contento con eso, los Reyes ni se dignaron a pasar por aquí la semana pasada. Los muy desgraciados, con lo que yo les he defendido frente al abuelo, no han sido ni para enviar a un paje, aunque fuera uno alcohólico, a dejarme un detallito, una tontería, cualquier cosa me valía, pero nada. Una caca de perro fue lo que me dejaron en la puerta de casa, y ahora este frío del demonio que me hace trabajar vestido como un homeless. Pero bueno, uno aguanta de puro macho, o al menos lo intenta, por eso, para evitar congelación de grado 1 en mis falanges ayer decidimos que nos iríamos al cine, que allí seguro que no hace frío, decían las chicas. Bueno, yo, como soy perro viejo, me abrigué como si fueramos a ver la peli sentados en una terracita en el Polo Norte. Sé cómo se gastan estas gentes los aires acondicionados. Al encargado del cine, como no paga él el recibo de la luz, se la trae al fresco el gasto energético y, para joder, le da al botoncito con saña. -3ºC, que estos vienen bien abrigados hoy.

Total, que llegamos al cine y las opciones no eran muchas, o una de ardillas que hablan, o una de esas de mujeres en las que les meten tonterías en la cabeza que luego se las creen y al final nos dan por saco a los sufridos amantes o una del Sherlock Holmes, así que me palpé la entrepierna y como a pesar del frío parece que sigo siendo hombre, y pintan bastos, me decidí por la del Holmes, que siempre he sido un fanático de los libros de Conan Doyle. Y hombre, ahora, después de haberla visto digo yo, vamos, supongo, que debe estar bien la peli. No, no es que me durmiera como un abuelino, ni mucho menos, simplemente es que en la peli casi todos hablan con acento inglés y, cabrones ellos, como los ingleses no se sacan el zapato de la boca no hay dios que les entienda. Así que sé qué pasaron cosas pero no tengo muy claro ni qué, ni cómo ni para qué.

Aún suerte de las imágenes que me podía ir haciendo una idea de quién era el malo, quién la chica y quién el bueno de la peli, porque si no llega a ser por eso igual me creo que el asesino de la peli es Sherlock Holmes, que su amante es el doctor Watson y que la chica es una guarrilla de tres al cuarto que pasaba por allá. En fin, que sí, la peli super bien hecha, que si efectos por aquí, que si leches por allá, pero a Sherlock Holmes (Robert Downey Jr.), que no aparecía en tres escenas precisamente, no le entendí ni tres frases en toda la peli, que era la gracia. Vamos, que si no hubiera salido me hubiera quedado igual. El hijoputa no fue ni para decir lo de "pásame el emmental querido Watson" porque Watson no le hubiera entendido. Por tanto, desde ya mismo estoy buscando en Feisbuc a algún grupo que le dé por saco y que pida un estropajo para limpiar esa boca y, si puede ser, el óscar para su santa madre porque es la única que lo entiende.



J. Coltrane

Integrándome en el Paisaje

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Lo más importante cuando uno llega a un país nuevo, o a uno viejo, con sus costumbres y sus cosas, es integrarse, hacerse rápidamente a esas cosillas de la idiosincrasia local que uno ve por los sitios y que hacen que cada lugar sea distinto del resto. Esa es la única forma de sentirse a gusto en el lugar al que te trasladas. Ya dice el refranero popular que allá donde fueres haz lo que vieres, así que en eso estoy, pero sin pasarse de la raya. Porque no, todavía no me he hecho socio de la Asociación Nacional del Rifle pero no lo descarto para un poco más adelante y en función de lo armados que estén mis convecinos. Creo que ahora es demasaido pronto para dar ese paso tan importante en la vida de un americano.

Como bien sabéis todos los que leéis este panfleto electrónico sin sentido, yo llevo los genes de la integración diluidos en la sangre que corre sin control por mis venas, así que desde mi llegada a los States no he parado de adaptarme a estas costumbres tan americanas que tienen estas gentes. Así pues, desde que he llegado he estado ya en 4 restaurantes de comida basura, que si unos fingers, que si unas fries, que si échale un poco más de grasa a ese bocadillo Manolo... Esto es un festival de grasas saturadas y aquí el colesterol es el rey. Suerte que la báscula se está quedando sin pilas, porque si sigo con esta integración a la way of life americana en breve se declara en huelga de peso. Como tanto pollo en todas sus modalidades que, en el futuro, no descarto volver a Barcelona volando por mis propios medios.

Y no contento con aumentar el colesterol en sangre en mis venas también me puse al nivel necesario para pasar la noche de fin de año al más puro estilo americano. Cenita en una terraza (sí, aquí no se congelaba nadie por aquel entonces) y conexión con la bola esa que baja por Times Square, o sea, en New York, y lo que hemos visto un trillón de veces en las pelis, a saber: que si 3,2,1, japi niu yiar, gritos, besitos muak muak y a tomar por saco el año. Bueno, a mí eso de la cuenta regresiva me parece de cine para lanzar el Discovery al espacio interestelar, pero para empezar el año lo veo como muy frío y con poca gracia. Pero vamos, que yo me adapto, pero me parece frío. Pero me adapto.

Pues con la tontería, y por eso de no dar la nota, me quedé sin comer las clásicas uvas de la suerte de toda la vida de mi pueblo. Claro, ahora en los States eso no se hace, pero se echa de menos. Y alguien dirá que porqué no me llevé una latita de esas con las 12 uvas, ¿no?. Pues sí, ese era mi plan para hacer la gracia, pero como resultó que en los aviones la seguridad era máxima no quería verme en la tesitura de llegar a los Estados Unidos y tenerle que explicar al aduanero de turno el asunto de las uvas de marras, las tradiciones españolas, y hostias culturales varias. No me quiero ni imaginar la cara que pondría el amigo con la explicación, así que sabiamente dejé las uvas en casa, por si acaso.

¿Y de qué manera se puede pasar un día festivo en este país? pues yendo al mall, coño!. Ir de compras con la chusma, todos bien juntitos en pos de una buena oferta, se me antoja la manejor manera de empezar un año 10 como el quee empezamos. Y más o menos debió ser eso mismo lo que pensaron los otros 3 millones más de americanos con los que nos encontramos ese día en el mall de Aventura. Debe ser lo típico, así que yo de cabeza. Aquí por suerte ya hay rebajas, pero no hubo nada que nos hiciera tilín, así que fue una tarde de compras bien barata. Así que, tras ese día de ahorro, nos retiramos a tiempo para no acabar comprando alguna tontería que empañara aquella jornada contra del consumismo compulsivo y porque, además, al día siguiente empezaba yo la Universidad en Miami.

Coño, qué bien suena eso de la Universidad ¿no? Pero no nos engañemos, resulta que a modo de integración y de mimetización con el entorno tengo dos opciones a cuál más necesaria por estas tierras. A saber, o puedo hablar rollo cubano, "mi amol ya tú sabes", o bien aprovechar el tiempo para aprender la segunda lengua más usada en Miami: el inglés. Así que como yo lo primero ya lo domino de sobras, decidí acceder a los cursos de la lengua de Chéspir del Miami Dade College. O sea, los cursos que salen a precio razonable y que en nada se parecen a los de las academias de la zona, que parece que te enseñen a robar, porque son un atraco a mano armada. Se creen que uno es millonario o algo así.

Así pues, para rematar mi integración en Yankilandia me apunté ayer mismo a los cursos de la universidad, en los que ya he podido ver que de momento parece que hay una buena organización, ahora ya sólo me falta que además pueda aprender algo, y entonces sí que será la leche. Por la tarde me fui tranquilamente a la universidad y antes de pasar el examen de nivel pensé en pasarme por la tienda de productos oficiales del College a darme un paseo y a ver qué se cuece en esas tiendas para estudiantes. A mí me pareció caro, pero es que yo las libretas y los bolis los compré por última vez en pesetas, por lo que no estoy muy seguro de tener la referencia correcta para valorar los precios.

Un boli, PaperMate para más señas, 1,99$; una libreta con papel reciclado 3,99$ o, lo que es peor, unos Post-It a 7,99$ me parecieron productos más bien caros que, como digo, quizás no me lo parecerían tanto en caso de estar un poco al día del tema estudiantil. De haberlo estado hubiera sabido que los míticos Paper Mate, aquellos de la punta gorda, se siguen vendiendo por el mundo mundial. Toda una sorpresa. Sea como sea, en breve empezaré a aprovechar mi tiempo libre aprendiendo un poco de inglés, que siempre viene bien y además es de lo más útil, no aquí en Miami, vale, pero sí, en general, en cualquier otro lugar de este vasto país en el que, si me dejan, conseguiré integrarme en el paisaje y ni se van a dar cuenta de dónde vengo. Ni adónde voy.


J. Coltrane

Año Nuevo, Vida Nueva

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John Cilano no era un agente de inmigración cualquiera, John Cilano era un tipo peculiar, de los de antes, de esos que te miran a los ojos, de tú a tú, y te dicen las cosas como son, con un par. Era un tipo duro, rudo, curtido en mil batallas y blanco, muy blanco. John Cilano tenía un bigotón gris que en algunos lugares cambiaba de color para tornarse marroncillo, lo que me llevó a pensar en que tanto alcohol no puede ser bueno John. Aunque no sé si el agente de inmigración Cilano habría bebido ese día, estaba claro que aquellos ojillos, desde luego, no los tenía rojos de haber tomado agua del grifo a tutiplén. A pesar de los excesos, el agente John Cilano sabe reconocer a quién tiene ante sí y, borracho o no, supo que no había nada en mí de lo que pudiera temer.

El buenos afternuns fue el preludio para que Cilano cogiera mi formulario de entrada a los USA, lo mirara y pusiera un gesto raro en su cara. Coño, me dije, empezamos bien, y automaticamente, empecé a pensar en desgracias a ver si, llegado el caso, necesitaba tirar de lágrima barata para que el Séptimo de Caballería me dejara acceder al país de las oportunidades y patria de la libertad más libre y todas esas soplapolleces. Pero no hizo falta porque el amigo me dijo que pusiera mis cuatro fingers de la mano derecha en la maquinita, me pidió que mirara a la camarita y sonriera e, ipso facto, sacó su selladocumentos y me puso el visado por tres meses. Toma ya! Justo lo que yo quería que pasara sin tener que llorar ni ser inspeccionado por un negro cachas de los que hay en este país en el cuartito de atrás del aeropuerto, y que, dicho sea de paso, te la mete cuando te agachas.

Cuando vi que no debía poner el resto de dedos en el cacharrito no pude por menos que extrañarme, así que con mi gracia natural, aquella que me dan los genes Coltrane, le pregunté a mi ya amigo John que a qué se debía aquel exceso de confianza con un servidor ya que me faltaban 6 dedos por poner y las bombas estaban a la orden del día. Pero como aquel agente era un profesional dijo sujetando mi formulario verde de acceso: "This is the best form filled i've ever seen" a lo que siguió con un "I trust on you", que traducido para los de Cuenca sería más o menos algo como: "¿Si me afeito el bigote te casas conmigo?". Así que con un thanks bien grande me despedí de John no sin antes dedicarle un happy new year, rollo colegas. La verdad, para qué negarlo, es que el formulario me quedó bien mono y limpito. Qué tío el Cilano, se fija en todo.

Y así, por la puerta grande y como un campeón, es como un servidor de ustedes ha regresado a los EEUU para pasarme una buena temporada en este país con su amante bandida. Pero no creáis que ha sido fácil llegar, no, nada de eso, básicamente porque como el joven de Nigeria quiso hacer fuegos artificiales en un avión con destino a Detroit, pues ahora nos dan por saco a todos los que en principio no vamos a poner bombas a Detroit. Empezando por un registro minucioso del equipaje de mano y siguiendo por unos tocamientos para que no sea que el figura de turno se adhiera al cuerpo alguna sustancia con la que abrir un buen agujero en el fuselaje a medio vuelo, cosa que gracia no hace.

Un problema de esta clase de graciosos que no los pillan hasta que están a punto de enviarnos a todos al cielo es que entonces las medidas de seguridad se vuelven odiosas y te dan ganas de decir que vuele su puñetera madre. En mi vuelo transoceánico hasta New York no nos dejaron encender los equipos electrónicos, así que ni una peli que me pude ver, lo que hizo bastante más coñazo de lo normal el viajecito de marras. Ah, eso sí, a cambio y para no perder la costumbre, un crío tocacojones me tocó los susodichos y se pasó medio vuelo llorando y el otro pegando berridos muy cerquita mío sin que ni mamá ni papá le dijeran "nene, cállate un poquito, coño! que no vamos solos en este cascarón" y le dieran dos hostias bien dadas.

En fin, sea como sea, lo cierto es que al final llegué a los mayamis con muchísimas ganas de empezar mi nueva vida americana, eso sí, con el beneplácito de mi amada y admirada jefa que ha bendecido y santificado este traslado temporal a EEUU por la gloria de su madre. El cachondeo solitario va a ser sustituido por el cachondeo en pareja, que siempre es más interesante y da más juego. Así pues, desde hace unas pocas horas estoy viviendo en éste mi nuevo hogar sin que la santa madre iglesia haya bendecido (por el momento) una unión a todas luces pecaminosa. Pero donde se pongan a bendecir las jefas que se quiten las santas madres y las iglesias.

A todo esto, creo que nunca una frase fue tan cierta como esa tan trillada de año nuevo, vida nueva. Y es que, ¿qué mejor que empezar una aventura, un reto o una nueva vida que con un nuevo año? Como excusa sirve, oyes. Yo creo que es una buena forma de hacer cambios y buscar nuevas metas. Hace años ya lo hice cuando me fui a vivir solo y con el rabo entre las piernas a mi piso. Ahora cambio de nuevo, sólo que un poquito más lejos. Habrá que acostumbrarse a la nueva vida americana con tranquilidad y sin estresarse. En realidad aquí ya lo conozco todo, así que no costará mucho adaptarse, pero no es lo mismo saber que vienes por tres semanas como hasta ahora, que saber que vas a estar tres meses y tiro porque me toca. Pero cuando algo vale la pena lo hace uno encantado de la vida.

Lo que sí tengo claro es que me despido de 2009 con una sonrisa, que al final es lo que cuenta. Yo no me he quedado sin trabajo, tengo salud y amor, y el dinero no me sobra pero no me falta, ¿qué más puedo pedir viendo cómo está la película? La verdad es que ha sido un gran año y no me puedo quejar nada en absoluto, todo ha salido tan bien como esperaba o mejor. Pero lo mejor, como creo ya haber dicho en otras ocasiones, es que lo terminamos los mismos que lo empezamos, ahí es nada visto cómo corre el tiempo. Así que para 2010 toca afianzar algunas cosas, empezar con otras nuevas y continuar con la mayoría de las que ya existen. Los retos en el año que empieza son muy importantes y todos ellos de tipo personal. Por tanto, con que el 2010 termine como el 2009 me conformo. ¿Dónde hay que firmar?.

Feliz 2010!!



J. Coltrane

Los Crímenes de Santa Claus

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Un pequeño rumor contenido llenaba la sala de justicia. La noticia de que se iba a emitir un veredicto había corrido como la pólvora por todo el mundo y desde la noche anterior un gentío esperaba frente a la entrada del Tribunal de Justicia para poder presenciar la acusación más inverosímil de toda la historia. En el exterior, grupos de personas gritaban en favor del acusado mientras, otros, le increpaban hasta perder el aliento. La expectación era máxima después de cinco días de juicio y, por lo que se había dicho en la prensa, estaba visto para sentencia. Sólo unos pocos habían encontrado asiento libre en el interior de la sala para poder seguir el final del juicio.

El resto del espacio estaba destinado a la prensa, que venía de los lugares más recónditos del mundo, y a los familiares y amigos del acusado. Éstos también llamaron la atención de todos los presentes. Entre los amigos, los elfos eran los que más atención atraían. Vestidos con coloridos uniformes y unas extrañas y alargadas orejas, esperaban impacientes desde la primera fila la llegada de Santa Claus, el acusado. Alabaster, el más joven de ellos, se mordía las uñas y no dejaba de mirar al reloj mientras se atusaba la perilla que le arreciaba incipiente bajo la barbilla. Nervioso miraba a Sugarplum que parecía más relajada aunque sabía que la procesión iba por dentro. Sugarplum no se daba cuenta pero no dejada de golpear el suelo marcando el ritmo de su tensión interior.

Los dos elfos cruzaron sus miradas y al unísono pensaron en Rudolph, al que no habían permitido entrar en la sala. Pese a ser elfos, el juez había accedido a dejarles presenciar el espectáculo dantesco que se había librado durante aquellos días, pero Rudolph no había tenido tanta suerte. Sería por la luz roja de su nariz, sería por su gran cornamenta, o simplemente porque era un reno volador y los renos voladores no declaran en juicios, pero el juez se había negado en rotundo a permitir el acceso a nada que caminara sobre cuatro patas y estuviera cubierto por un tupido pelo, estuviera implicado en aquel escabroso asunto o no. Rudolph, en calidad de testigo, no estaba en condiciones de testificar porque hasta el momento no se había podido encontrar a ningún traductor fiable que pudiera explicar la versión del reno en referencia a lo sucedido en la noche de autos cuando la policía había entrado por sorpresa al hogar del viajo barrigón y lo había descubierto en plena faena, dejándole en una posición que ni él mismo hubiera podido imaginar nunca.

Junto a los elfos, en el lado opuesto de la sala, el fiscal repasaba sus notas y consultaba mentalmente la táctica seguida durante el proceso, había sido todo un éxito, lo que se tradujo en un juicio muy corto. Sabía que ya casi lo tenía hecho ya que no había prueba alguna que no implicara al viejo alcohólico, por lo que no esperaba gran oposición por parte del abogado defensor a estas alturas de la película. Si yo fuera él, pensó, estaría seriamente preocupado. Pero ni él era Shinny Upatree ni Shinny estaba ya preocupado. Había leído las pruebas condenatorias y les daba vueltas una y otra vez. No había forma de defender lo indefendible ni ardid posible con el que embaucar al jurado a última hora, la decisión estaba tomada. Todo era tan claro que ya sólo podía esperar un milagro para que no condenaran al abuelo.

A escasos metros de ellos se encontraba el jurado popular. Compuesto por 6 mujeres y 4 hombres no tenían experiencia alguna en juicios, lo que, a priori, era una ventaja para la fiscalía. El fiscal supo que un jurado popular sin experiencia iba a ser fácilmente conmocionable en un juicio como aquél. Las pruebas del abuso a elfos y a animales diversos habían ido cayendo pesadamente sobre aquel tribunal una a una y se habían convertido en una losa demasiado pesada para Santa Claus. Eso le daba otro motivo más por el que estar tranquilo y hasta dejó escapar una leve sonrisa por debajo de su bigotillo ramplón de color oscuro.

Un ruido seco de sorpresa hizo que los elfos volvieran sus cabezas hacia la puerta de acceso a la sala. Al abrirse la puerta vieron la figura cabizbaja de Santa Claus. Esposado pero con su traje de repartidor de regalos más famoso del mundo entraba con paso lento y fatigado en una sala abarrotada que esta vez no le esperaba ver aparecer por la chimenea. El juez, hombre de complexión delgada, parco en palabras y cara de huraño golpeó con su maza para hacer callar al público que no dejaba de comentar la escena que tenían ante sus ojos. Unos reían y otros sentían compasión por el viejo vestido de rojo que paseaba triste ante ellos. La escena, repetida durante todos aquellos días, parecía filmada a cámara lenta y duró apenas unos segundos, tiempo suficiente para que Santa llegara al estrado y el alguacil le quitara las esposas. Esta vez, en cambio, ya no le iba a hacer jurar sobre la Biblia que diría la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

El último día de juicio era el momento para dar a conocer las deliberaciones del jurado y para, finalmente, emitir un juicio que hiciera justicia a todo lo visto durante aquellos días en la sala. Habían pasado por allá elfos, niño y policías que habían declarado, unos a favor y otros en contra, sobre los delitos que se le imputaban al abuelo. Una de las mujeres del jurado se puso en pie y, con gesto serio, abrió el sobre que contenía la deliberación. Justo cuando sacó un papel y lo desplegó, Alabaster se movió incómodo en su silla esperando oír las palabras de aquella mujer. Mirando al juez, la mujer, de un precioso pelo lacio de color azabache, lo leyó en voz alta.

"Señoría, abogados; este jurado, tras una larga deliberación ha concluido por unanimidad en declarar al acusado como...", haciendo una pequeña parada oteó a la audiencia que esperaba impaciente sus palabras antes de bajar la vista y leer alta y clara la palabra "culpable", que resonó en todos los rincones de aquella pequeña sala del palacio de justicia. Aunque no había albergado casi esperanzas, el sonido de esa palabra golpeó a Shinny Upatree en su más profundo interior. Todo lo contrario que el fiscal, así como media sala, que casi dieron un salto de júbilo al oír el veredicto. El juez hizo callar rápidamente a todos y pidió que le acercaran la hoja con el resultado. Se colocó las gafas y, con la vista fija en el papel, leyó la deliberación del jurado.

Pensativo y concentrado, se quitó las gafas y, para finalizar el juicio habló para que todos los presentes pudieran oírlo: "En mi calidad de juez de este Tribunal y por el poder que me otorga la legislación vigente de este país, declaro al acusado culpable de los delitos que se le imputan, entre ellos: abuso de elfos, alcoholismo incipiente, drogadicciones y vicios varios, sexo en trineos y enculación repetida y sin control de renos narizones. Por este motivo le condeno a permanecer en un centro de rehabilitación de alcohólicos y pendencieros desorejados durante un plazo de 30 años y un día, lugar en el que podrá compartir experiencias con gente de su misma calaña y del cual no podrá usted salir bajo ningún concepto, a excepción, eso sí, durante la Navidad de cada uno de esos 30 años con el objetivo de llevar a todos los hogares del mundo la felicidad y los mejores deseos de paz y amor para el año nuevo. Se me levanta, la sesión. He dicho."



J. Coltrane

Enajenación Mental Transitoria

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Pues quién iba a decírmelo cuando compré mi impresionante mansión de 50 metros cuadrados años atrás. Nunca hubiera podido imaginar ni por asomo en meter a 16 personas en el ala oeste de mi humilde morada de principios del siglo pasado sin que me diera un vahído del susto. De hecho, ni si quiera hubiera dicho que cabía tanta gente en esta casa, pero coño cabe, ya te digo. Teniendo en cuenta que las vigas son antiguas, y de madera, yo tenía mis miedos, no creáis. Por algún motivo pensaba que quizás en un arrebato del jolgorio familiar nos precipitábamos todos al piso de abajo justo cuando el vecino se preparaba para tomarse su sopita al tiempo que veía el nuevo careto de la Esteban en Tele5.

Pero ni de coña, las vigas, pese a todo, se han comportado sin la vigorosidad que da la vejez pero sí con la maestría de unos años bien aposentados. Todavía tienen la fuerza para aguantar a tantas almas juntas bajo un mismo techo, o mejor aún, sobre un mismo suelo. Y alguien se preguntará si el Coltrane y los suyos se han vuelto locos de remate, si han perdido los papeles y, quizás, hasta el oremus; pero no, como todo en la vida, la invitación ha sido, y sin que sirva de precedente, por una buena causa. Yo, por si acaso, ya he dejado claro que aunque lo de hoy no ha sido un sueño, que se vayan esperando otro lustro para una fiesta loca como la de hoy.

Lo cierto es que tradicionalmente las reuniones familiares de los Coltrane han ido saltando de casa en casa excepto, por suerte, a la mía. Ésta se había mantenido como un bastión inexpunable a la hora de decidir dónde juntarnos todos a gritar un rato, pero hoy ha perdido la virginidad. Cierto es que con los amigos he hecho algunas cenitas en casa, pero al número mágico de 16 personas no había llegado nunca. Y Dios me libre de caer de nuevo en la tentación. Escudándome en mi corta pero excelente vajilla jamaicana de 8 piezas y mis cuatro sillas de piel de búfalo de Nebraska la cosa se hacía complicada, Pero como querer es poder, decidí que hoy, 20 de diciembre 2009, año de gracia de nuestro Señor, mi casa iba a perder la virginidad familiar de golpe y por la puerta glande. Así que me he liado la manta a la cabeza y hoy, con un par de huevos, ha habido fiesta en casa del Coltrane, useasé, en mi casa coño.

Yo, que encuentro mi baño a 11 grados en estos cálidos días de invierno, no quería parecer poco hospitalario y que la parroquia se me congelara comiendo un canapé y, entre estalactitas, me dijeran de todo menos guapo, así que, en un punto estratégico del hogar he encendido a toda potencia una magnífica estufilla para caldear un ambiente ya de por si un caldeado con tanto bicho viviente. Tampoco quería yo agasajar en demasía al respetable, porque el problema de hacer que la gente se sienta cómoda en tu casa es que les induce a pensar que quieres que vuelvan en breve, pero no, nada de eso. Que haya perdido los papeles un día no quiere decir que esto se vaya a covertir en una tradición anual. Sobre mi cadáver.

Una mente avezada en las letras hispanas, o incluso el tonto del pueblo, habrá advertido fácilmente y sin esfuerzo excesivo que cuatro sillas para 16 personas iban a ser un problema para aquellos que pensaran en poner el culo en reposo sobre la piel de búfalo de las mismas, siempre y cuando no decidiéramos sentarnos cada uno en una pata, cosa que no se me antojaba muy cómoda. Sin tirar de calculadora, y así a bote pronto, la cosa estaba jodida. Por lo que el Coltrane, para no llegar a tal extremo, y porque es pobre pero tiene sus recursos, mendigó unas sillas entre sus seres más queridos, por lo que, oh milagro! las sillas se multiplicaron como los panes y los peces y esta tarde todos han tenido un lugar en donde sentarse y comer como cabrones a mi costa.

Y mientras comíamos, y debido al ruido, me estaba yo imaginando al vecino preguntándole a su Maripuri que qué día era hoy y que si se celebra algo en esta fecha de nuestro calendario o de cualquier otro. Después de deliberaciones varias, ambos dos, se han sumido en un silencio absoluto a la espera de escuchar alguna cancioncilla que les diera un pista de qué carajo se celebraba tal día como hoy en Can Coltrane. Por suerte, y porque están prohíbidos en todo el perímetro de mi hogar so pena de electrocución, ni un solo villancico se ha cantado ni durante la comida ni un rato después, momento peligroso donde los haya cuando esas copitas de más empiezan a hacer efecto y empujan al respetable a sentirse cantante en lo que dura el subidón.

Lo único admitido ha sido el ya clásico calambre de los Coltrane que cambia la vida y la vuelve aún más absurda de todo el que lo vive por primera vez. Sí, nos cogemos todos (de la mano) y en un arrebato de locura infinita hacemos un ruido entre gutural y operacióntriunfesco para temblar todos al unísono como retrasados que somos sin que, a simple vista, sirva para nada útil en la vida más que para reírnos un poco como mongos. En fin, aquí en mi casa somos así, buena gente, pero tenemos nuestras cosas.

Ahora mismo es momento, tras la batalla, de hacer recuento de daños, de ver qué ha caído en tan duro combate y de decidir si declaro mis cuatro paredes como zona catastrófica. Rollo Catrina. Cuando metes seis niños en una casa que no está preparada a tal efecto (ni su dueño), te la juegas y sabes que puede pasar de todo; a saber: un vaso roto, un trozo de jamón en el sofá, tortilla de patatas en la pared. Las ventajas de que vengan niños a casa son tantas y tan variadas que sabes que no comerás tranquilo y que la úlcera seguirá creciendo. Hay tanta mierda en la casa ahora mismo que no me atrevo a meterle mano. Pero bueno, mañana sin falta, que cuando venga Santa Claus no quiero que me deje un aspirador como indirecta.

Y claro, os estaréis preguntando qué cojones celebraba hoy el Coltrane, ¿no?, pues bueno, en breve os lo anunciaré en primicia mundial, pero así a grandes rasgos, se trataba deshacerse de mi cesta de Navidad porque el aquí presente y abajo firmante no iba a tener tiempo suficiente de comerse los exquisitos productos de la cestita de marras en los pocos días que le quedan en ésta su patria. Así que por una de esas cosas de la vida, decidí que para comerme todos esos manjares a toda prisa en 15 días era mejor reunir a toda la tropa y darle salida entre todos para que la chusma no se me mueriera de hambre. Y esa gran idea, en plena enajenación mental transitoria de un servidor, fue la que, a la postre, ha provocado tamaña fiesta y que en mi casa, a esta hora de la madruga, haya más comida en el suelo que en la nevera. Ahí es nada.


J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Lima 5 (Y se Acabó, lo Juro)

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Una vez levantados después de la super fiesta nocturna limeña, iba siendo hora de darse un paseo y hacer algo de provecho. Cuando bajamos las escaleras de la casa y vimos el desayuno esperándonos en la mesa del comedor todo bien puesto y con ese zumito de naranja peruana recién exprimido pensé que, coño, qué suerte tener a una o varias personas de servicio a la disposición del que suscribe. Evidentemente eso te hace la vida más fácil y no tienes que gastar energías en hacer según qué cosas porque, claro, ya las hace otra persona por ti.

Bueno, pues esa fue otra de las cosas que más me sorprendió de Perú. Me lo habían dicho y me costaba creerlo, pero así es. En Perú todo cristo tiene servicio en casa. El motivo principal es que la mano de obra en el país es sumamente barata, por lo que aquel que tiene un sueldo más o menos bien puede pagar fácilmente los 150 euros mensuales que ganan estas empleadas del hogar, que normalmente suelen trabajar de lunes a viernes/sábado y el domingo tienen el día libre para hacer lo que quieran. No está nada mal por ese precio, póngame tres oiga.

Las chicas suelen vivir en casa con uno, por lo que hay que darles de comer y poca cosa más. Suelen tener su propia habitación y, si no intentan liarse con el jefe ni robarle algo de dinero, no suelen dar más problemas de los necesarios. Según parece en sudamérica es muy habitual este tipo de personal de servicio, cosa que no ocurre ni en Norteamérica ni en Europa ni, en general, en todos aquellos países donde la mano de obra sea más o menos cara, ya que si uno multiplica horas y días por el precio que la hora en su país, le sale la empleada a precio de oro.

Y claro, pensaba yo, esto de tener empleada del hogar está super bien ahora que uno ya está educadito y que ya se sabe hacer gran parte de las cosas de la vida, pero, ¿qué pasa si uno se encuentra con ese servicio desde que nace? pues bueno, es un arma de doble filo, por un lado es una comodidad pero por el otro es una fábrica de inútiles, gandules y perezosos, que lo haga la criada coño, que para eso le pagamos. Eso sin contar el hecho de cómo se las llega a tratar en los hogares donde trabajan. Muchas veces son mal tratadas por los dueños, o por los hijos de la casa.

Como este tipo de empleadas o nanas suelen ser chicas jovencitas y que vienen de la sierra, suelen ser personas tímidas y muchas veces sin familia cercana en la capital, por lo que más de un hijoputa se aprovecha de la situación y se cree con derecho a hablarles despectivamente por venir de donde vienen. Algunos, incluso, les piden algunos trabajitos y horas extras que no venían en el contrato. Ya tú sabes mi amol. Por suerte, en la casa donde estábamos, las chicas eran bien tratadas y, teniendo en cuenta las dos criaturas que la habitaban, yo hasta diría que las pobres chicas eran unas santas. Santa paciencia.

En fin, que aquella tarde, ya la última en Lima, nos fuimos hasta los famosos supermercados Wong de visita, ya que me habían dicho que estaban super bien. Y así fue, Wong es de esos sitios en que todo está bien puesto y bien cuidado y, como es normal, el precio es algo mayor que en otros supermercados de la ciudad. Lo curioso es que allí me encontré con una señorita que al grito de ¿quiere probar la nueva cerveza española?, me ofreció Estrella, una de las cervezas que más se bebe en Barcelona, si no la que más. Allí también encontré aceite de oliva a precio de oro y algunas otras cositas peruanas bien ricas.

No quisimos, de todas maneras, desaprovechar una tradición que en Perú han traído directamente desde los Estados Unidos, como la gran mayoría en realidad, para dar unos caramelitos por ser Jalogüin. Esa fiesta, americana ella, se celebra de forma muy especial en el país por un motivo que no alcanzo a comprender, pero así es. Los críos se disfrazan (o no) y se van puerta por puerta del barrio dando por saco a las gentes para que les den caramelitos y lo que caiga. Calabazas de papel en mano asaltan a todo el que tenga pinta de llevar caramelos y te piden sin descanso hasta que te dejan desplumado en lo que a dulces se refiere.

Por tanto eso hicimos, compramos en Wong unas bolsas de caramelos y los fuimos repartiendo de camino para casa. Al grito de Jalogüin, Jalogüin!! nos salieron niños (y no tan niños) hasta de debajo de las piedras. Cuando llegamos por fin a la casa las crías habían recogido varias toneladas de dulces que, de haberlas comido, hubieran dado con ellas en el hospital más cercano. Por suerte, los papis tuvieron la idea de salir en coche por la calle y repartir gran parte de esos dulces a los niños que por ahí nos encontráramos y, a poder ser, a aquellos que menos pinta tuvieran de almacenar varias toneladas en casa.

Viendo la cantidad de críos que se nos tiraron encima pensé que suerte que los repartía con la mano en la que no llevo el reloj, porque de lo contrario alguno se hubiera llevado los caramelos y mi bonito reloj y, quizás, hasta mi mano. Y así, repartiendo caramelos y con el coche rodeado de críos por todas partes, nos despedimos de Lima (Limón) hasta mejor oportunidad. Fueron diez días que, quitando mis dolores estomacales, fueron maravillosos, por lo que pretendo volver en breve aprovechando que la venganza de Atahualpa sólo se consuma una vez. Después de eso uno ya puede volver al Perú a ponerse ciego a comer. Que se vayan preparando.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Lima (Limón) 4

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Cuando uno vuelve de Cusco y aterriza en Lima se cae con todo el equipo. La diferencia es abismal en casi todo, pero en especial en lo que a la contaminación se refiere. Al llegar a Lima pasamos de un cielo claro y puro como el de la sierra a uno gris y sucio como el de la capital en el que te podías recrear y casi disfrutar con la contaminación atmosférica. Curiosamente no tuve esa sensación los primeros días en Lima, pero ahora de vuelta a la ciudad la vi más gris aún que en la primera parte de nuestro viaje.

Pero como a nadie le amarga un dulce y porque aquella mañana nos habíamos dado un palizón de campeonato para coger el avión que salía de Cusco a las 07:30, me decidí a sumergirme de nuevo en las maravillosas y cálidas aguas del mundo de los masajes. Tras el descorazonador encuentro con aquella torturadora cusqueña con la que perdí mi virginidad masajística, tenía que intentar no marcharme de Perú con la idea de que los masajes eran para las bestias pardas. Así que, ni corto ni perezoso, me fui a un lugar de esos que hacen masajes de verdad.

Y alguien (hijoputa él) pensará, ¡qué fuerte! ¡el Coltrane se nos ha ido de putas!. Y yo, después de mentar a la madre de esa mente calenturienta diré que no majos, que no, que nada de eso, que rien de rien y que nothing de nothing. Bueno, a ver, yo tampoco sé a qué dedica el tiempo libre aquella amable señorita que me hizo el masaje con música de Suzanne Ciani de fondo, pero vamos, que pintaputa no tenía la pobre. Aunque ves a saber, que torres más altas han caído; no cometería el error de jugarme otro dedo por algo así.

Ya es bien verdad que se idealiza más de la cuenta esa "primera vez" cuando, en realidad, las buenas son las "segundas veces". Y lo pude comprobar en aquel lujar de masajes que ningún parecido tenía con el lugar de Cusco, que andaba entre un puticlub y una sala de torturas chinas. Aquí todo estaba limpio, había luz y no te daba la sensación de que cuando pusieras la cara en el agujero de la camilla verías unos piececitos ramplones que vendrían a robar todos tus bienes personales y dejarte, casi, como tu madre te trajo al mundo. Y claro, eso es un detalle y tiene un precio: 17 euros exactamente, cosa que, por una hora está muy bien y, porque la tranquilidad no tiene precio.

Y de ahí, del paraíso de los masajes de verdad, al barrio de Miraflores a hacer el tour del Mirabus que empezaba a las 14:30 de la tarde. Bueno, aquí podría darle un poquito más de candela a los curas y a la Santa Madre Iglesia, que eso nunca está de más, pero hoy no me apetece. Ya el otro día les dediqué muchas líneas como homenaje a un trabajo bien hecho, por los siglos de los siglos, amén. Así que aunque en nuestro camino hasta el centro de Lima nos terminara en las preciosas catacumbas del convento de San Francisco, no me acordaré, esta vez, de aquellos ilustres padres que tanto hicieron por el bien de las almas del pueblo peruano, una vez las nuestras ya habían sido arregladas en diferentes hogueras.

En fin, a lo que iba, el Mirabús. Si algo tengo claro después de mi paseo en ese autobús, es que Lima es una de las ciudades menos turísticas que he visto en mi vida y que el centro histórico de Lima es precioso pero enmarcando sólo la Plaza de Armas. Creo que entre la Plaza Kennedy y la Plaza de Armas no hay ni tres lugares en los que uno se bajaría a darse un paseo por su interés cultural y por la belleza del entorno. En general todo está bastante dejado de la mano de dios, sucio y no se respira mucha seguridad en todo ese perímetro. No nos separamos ni tres metros del grupo durante aquel tour, aunque sí se veían parejas de turistas que iban solos. A saber dónde estarán ahora.

Pero la Plaza de Armas es otro asunto, en ella está el Palacio de Gobierno y el gobierno de la ciudad, así que quizás sea coincidendia o quizás no, pero pienso que igual como hay tanto ladrón de guante blanco por la zona influye para que lo tengan todo tan bonito y bien cuidado. Esa gentuza convierte a la plaza en un lugar doblemente peligroso, porque si no te roban los unos te roban los otros, aunque eso sí, casi sin darte cuenta, que mola más. Por desgracia nuestro bus no nos dejó para y simplemente la rodeamos, pero hubiera sido un detalle que nos hubieran dejado bajarnos a estirar las piernas. Algo bonito que hay y no te lo dejan ver, hay que joderse.

Esa noche, con las fuerzas que nos sobraban, que no eran muchas, nos escapamos a los garitos de moda de la noche limeña. Y bueno, estuvimos tanto en Picas como en Bizarro, dos lugares que según parece es donde se corta el bacalao (y lo que no es el bacalao) cuando uno quiere salir por Lima en plan bien con los amigos. A ver, sí, los sitios muy majos, mucho pisco y mucho cachondeo, pero vamos, más de lo mismo. Tengo mis propias teorías al respecto de los sitios de moda así como de la velocidad a la que los olvida la gente de moda, y en este caso, los de Lima son más o menos como los de todas partes: quedarán relegados al olvido como los de todo hijo de vecino. Así es la vida. Lo bueno es que aquí los precios son la mitad que en mi pueblo, y eso siempre ayuda a hacer la velada más agradable.

La música no estuvo mal y, como decía, los precios tampoco. Pero a parte de eso, nada más, nada en ellos me hacía pensar que estaba en el epicentro de la juerga limeña o de cualquier otro lugar del mundo mundial. Francamente, será la edad, será la alegría que desprendo, seré yo o será lo que sea, pero lo cierto es que a mí todos estos sitios me parecen iguales, o sea, musiquita bien, gente bien, lucecitas bien, putiferio, buen diseño, y ya, copy paste. En fin, que no movería un dedo por ir a uno de ellos si no fuera estrictamente necesario como lo fue en el caso que nos ocupa. Lo exigía el guíon que llevábamos escrito con meses de antelación y oye, ante eso, pintan bastos.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: En el Nombre del Padre

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Alguno dirá que me estoy poniendo un poco pesadito con el viajecito a Perú de los cojones. Ya, bueno, quizás un poco sí, pero es lo que hay. Es que había tantas cosas por explicar que a uno le cuesta dejar temas guardados bajo llave y no contarlos. Por eso no puedo (ni quiero) pasar por alto todo lo referente a nuestro paso estelar por el país y sus alrededores, no quiero olvidar los ecos de 300 años de dominación patria sobre los indígenas en Perú (o cualquier parte de la América latina) de los que sobre todo me di cuenta al pasear por Cusco y sus alrededores, cosa que hicimos en nuestro último día en la capital del antiguo Imperio.

Mientras que en Cusco uno se ve en el mismo epicentro del universo Inca, en Lima uno no tiene la sensación de estar en medio de nada. Porque de hecho, Lima nunca estuvo en ese universo. Aunque se han encontrado restos de culturas preincaicas, Lima fue fundada por los españoles para que el Virrey de turno viviera allá a sus anchas, a todo lujo y dando órdenes a diestro y siniestro, el hijoputa. Vivía en el Palacio de los Virreyes, lo que hoy sería el Palacio de Gobierno y, a su vez, residencia del Presidente de la República. Como podéis imaginar el virrey no vivía mal que digamos, rodeado de sirvientes (y sirvientas), iba y venía haciendo y deshaciendo a su antojo en nombre del Reino España.

Desde la fundación de la ciudad hasta la independencia de Perú pasaron por ella 40 virreyes a llevarse lo que pudieron. Estos eran designados directamente por el Rey de España y por el Consejo de Indias, o sea, por el Rey de España. El Virrey venía a ser la extensión del Rey en las indias colonizadas y era el encargado de velar por los intereses de la Corona en aquellas tierras. Los cometidos del Virrey eran básicamente los de impartir justicia, administrar el tesoro público y evangelizar a los pobres indios que estaban perdidos en la miseria sin un Dios bueno y piadoso como el que les presentamos nosotros en primicia. Tócate los huevos. España llegaba a esas tierras en los confines del mundo con el acometido de evangelizar a todo el que se pusiera a tiro. Pero eso sí, una vez allá se repartían hostias a todo el que se moviera y no atendiera a las santas escrituras.

Con el poder que les otorgaba la Santa Madre Iglesia, los curas subían con sus biblias, sus sotanas y sus cosas de cura en los barcos que zarpaban hacia el Nuevo Mundo deseosos de evangelizar a los pobres indios que ardían en deseos de verlos llegar. Seguro que les esperaban impacientes en el puerto de Lima y en muchos otros lugares para aprender la palabra y obra de Jesús nuestro señor, en versión postmoderna claro. Nótese el descojone que subyace a estas palabras. En fin, desconozco a qué se dedicarían los padres en un viaje tan largo como el que recorrían para llegar a América, pero conociendo a los de la sotana me imagino que a jugar a cartas con los marineros no precisamente.

Así que tras poner los conquistadores los pies en el suelo eran seguidos por un atajo de beatos hijos de puta que, biblia en mano, se ponían a trabajar concienzudamente para no dejar un solo indio fuera del saco de la fe cristiana. Amén y maricón el último. Y si los indios se ponían tontos, los curas se hacían los despistados (o no) y miraban hacia otro lado cuando las tropas de Pizarro los mataban (y violaban) de diez en diez so pretexto de extender la palabra de Dios nuestro Señor. Señor que, por otra parte, si hubiera podido abrir la boca en aquel momento, le hubiera mentado a la madre de más de un cura de aquellos. Ese, quizás, fue el gran pecado cometido por el Imperio, cometer todos aquellos crímenes en nombre de Dios.

Y es que no es tanto el hecho de las muertes que dejamos a nuestro paso, que también, si no el hecho de haber cometido todas aquellas atrocidades a la vista de ese Dios de pega y su santa madre iglesia, que no tenía nada de santa, ni de madre, ni de iglesia, porque ninguna de ellas hubiera permitido lo que se permitió en aquellas tierras. Al final, es parte de las historia lo de llegar a un lugar y hacerse sitio a hostias, lo llevamos en los genes porque a hijosdeputa no nos gana nadie. Eso ha pasado, pasa y pasará. Sin ir más lejos, los mismos incas no conquistaron todo su vasto territorio precisamente contando cuentos a los nativos que se encontraban por el camino, les cogían por los huevos y al que no cantara una de Bisbal lo ponian mirando a Arequipa a hostiazo limpio. Pero eso es una cosa y otra muy distinta hacerlo con el beneplácito de un Dios que, si existió, se le hubiera caído la cara de vergüenza de ver lo que sus enviados sobre la faz de la tierra permitían en su nombre.

Así pues, en unos pocos años llegaron todos nuestros mejores hombres a Perú para realizar la complicada tarea de evangelizar a un pueblo a todas luces desorientado. Y lo mejor es que enviamos a la flor y nata del poder eclesiástico patrio para ello: Dominicos, Franciscanos, Agustinos, Jesuitas, etc... O sea, una retahíla de hijos de puta disfrazados de curas. Y aún tuvieron suerte los indios que el Escrivá de Balaguer no había llegado al mundo, porque si no, hubieran ido bien arregladitos con la banda del Opus y sus secuaces. Pero eso sí, de los que había en aquel entonces no faltó ni uno a la fiesta del indio, todas las órdenes religiosas se personaron en el Nuevo Mundo con las mejores intenciones: el catecismo en una mano y un garrote en la otra. La palabra de Jesús iba a entrar como fuera.

Y una de las maneras de hacer entender a los indios que Jesús era su amigo fue echar al suelo tantos monumentos religiosos como pudieron, acto al que le cogieron gustillo los españoles por obra y gracia del clero, que no quiso que la nueva religión conviviera con la antigua. Además del destrozo los españoles supimos dar por culo de otra manera: reconstruyendo nuestros edificios sobre los más significativos de los incas. Esta forma de actuar es visible en muchos monumentos de la zona, pero el caso más flagrante es el del Templo del sol de Cusco.

El Templo del Sol, llamado Qoricancha por los incas, era el eje sobre el que giraba la vida religiosa del Imperio hasta la llegada de Pizarro y sus huestes. El sol (Inti) era la divinidad máxima de los incas. Así pues, ni cortos ni perezosos, llegaron mis amigos los dominicos y se preguntaron dónde podían plantar su Convento de Santo Domingo. Miraron aquí, miraron allá y como no había ningún otro sitio más en todo el pueblo, lo colocaron encima mismo de Qoricancha. Haciendo amigos. Cosa que, me imagino, no les debió hacer ni puta gracia a los indios y que, me imagino también, debió provocar un cabreo generalizado entre el respetable cusqueño. Así que cuando uno entra en el precioso Convento de marras y ve los impactantes restos del Qoricancha en su interior se queda alucinado por la espectacularidad del lugar.

Lo mejor es que para pasearse por el famoso Convento de Santo Domingo es necesario pagar una entrada. No falla, allá donde hay curas hay que pagar un dinerito para colaborar con la causa. En fin, el guía nos explicó el lugar de maravilla aunque, claro, uno tenía que ir aguantando los comentarios hacia los españoles y con razón. Cuando me oían hablar se notaban las risitas y los comentarios bajo mano diciendo "mira, es uno de ellos... qué cabrón... asesino... criminal...". pero bueno, si algo tengo claro es que mi responsabilidad es cero en ese triste episodio de la historia, o, si es que tengo algo, es exactamente la misma que la que tiene toda esa élite limeña que tiene la carita tan blanca como el culito de un bebé (blanco), porque ellos, más que nadie, son sin lugar a dudas, descendientes de aquellos españoles que explicaron el evangelio a su manera, aunque eso sí, todo en nombre del Señor.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Cusco 7

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Sin duda, uno de los momentos más peligrosos de nuestro viaje a Perú fue la vuelta de Machu Pichu hacia Cusco. Como teníamos que deshacer el camino realizado el día anterior, volvimos en nuestro super tren, que de nuevo iba vacío, camino de Ollantaytambo, en donde un amable taxista nos debía esperar para llevarnos de vuelta a Cusco ya de tarde. Como era previsto la noche cayó poco más allá de las 6 de la tarde y nuestro tren salió con meridiana puntualidad de Aguscalientes. Hora y media después pisábamos la desolada estación de Ollantaytambo a la hora prevista.

A nuestra llegada nos sorprendió que ya nadie quedaba en la estación. Todo estaba oscuro como la boca del lobo y las gentes del lugar ya cerraban sus puestecitos para retirarse a sus casas tras una dura jornada levantando las camisas de los turistas (y turistos). En teoría, nuestro taxista debía estar en la puerta de la estación esperando a que nuestros cansados cuerpos llegaran a la hora prevista, pero como era de esperar, el amigo taxista, cabroncete él, no apareció. Esperamos, caminamos, nos acordamos de su familia, pero nada. Ni rastro del taxi.

Resulta que como la estación de Ollantaytambo estaba medio en obras, el amigo decidió unilateralmente irnos a buscar a la siguiente estación que estaba en las afueras del pueblo. Y como allí vio que, curiosamente, no llegamos en el tren, decidió llenar su viejo taxi con otros turistas que, a todas luces, nos hicieron la cama. Así que como nuestro amigo consiguió llenar su taxi, le importó tres huevos duros dejarnos con el culo al aire en medio de la nada. Por suerte, un compañero taxista, que tranquilamente podría dedicarse al contrabando de órganos, se ofreció amablemente a llevarnos hasta Cusco por unos 12 euros. Nada mal teniendo en cuenta que había hora y media de camino.

Y dicho y hecho, pactado el precio con el taxista que parecía menos asesino, nos encaminamos hacia nuestro destino soñando con llegar ya a las bellas estancias del hostal Suecia de Cusco, pero con un ojo en la carretera (y en el cogote del taxista) por si acaso al amigo le entraban ganas pegarse un sueñecito tonto a medio trayecto o, en el peor de los casos, de desviarse por algún oscuro camino para, amablemente, extirparnos un riñón a pelo. Al final, el que cayó en un sueño tonto y corto fue el que suscribe, y eso que yo iba diciéndome no te duermas que te despertarás en pelotas en medio de la sierra, pero es que aquel hijoputa arriesgaba tanto al volante que pensé que si allí tenía que despedirme de este mundo mejor estar dormido como un ángel.

Agarradito y sin mirar hacia la carretera como fui mientras estuve despierto, fueron pasando los minutos y los casi accidentes amenizados por un greatest hits de Enrique Iglesias que dio la vuelta al marcador y volvió a empezar al grito de que lo repita que lo repita. No era esa la manera en la que yo había soñado dejar esta vida injusta, pero oyes, como los caminos del Señor son inescrutables decidí que si tenía que ser con Enrique, rodeado de llamas y a toda velocidad por aquellas carreteras rodeadas de maíz gigante, pues que así fuera.

Pero resultó que no, parece que el Señor aún tenía muchas sorpresitas resevadas para este pobre pecador con dolor de barriga, por lo que decidió no llevárselo en aquel momento a pesar de que la prueba a la que nos sometió el espabilado del taxista puso a prueba la paciencia y las habilidades del Santísimo. Así pues, llegamos sanos y salvos a Cusco y con todos los órganos con los que nos habíamos ido el día de antes. Al salir del coche nos hicimos una inspección (cada uno la suya) y pudimos comprobar que llevábamos colgando lo mismo de siempre.

No lo creeréis, pero hasta fue una alegría volver a pisar el Suecia y, como el Señor estaba con nosotros, llevar la maleta sólo al segundo piso. La suerte estaba de nuestro lado, así que pensamos que lo mejor era irnos a la cama porque al día siguiente nos tocaba hacer la visita de la ciudad y sus alrededores para conocer a fondo la zona por la que nos habíamos estado moviendo y la que, a la postre, había sido el centro neurálgico de la cultura y el gobierno Inca y desde donde habían partido las órdenes que habían recorrido a pie las entrañas de aquel vasto Imperio.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Cusco 6 - Machu Pichu

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Desde nuestra llegada al punto más alto de Machu Pichu no pasaron más de dos horas hasta que las nubes se disiparon por completo y nos revelaron la majestuosa vista de la Ciudad Perdida. Evidentemente no estaba así de impactante cuando Bingham la descubrió allá por 1911, pero me puedo imaginar la cara del yanki cuando empezara a quitar maleza y empezara a ver tantas piedras, y tan bien puestas, en aquel lugar. Tuvo que ser un momento impactante que seguramente lo dejaría en shock por bastante tiempo. No desaproveché la situación, ya en Cusco y a la vuelta de Machu Pichu, de comprar el libro "La Ciudad Perdida de Machu Pichu", escrito por el mismo Bingham y en el que relata el descubrimiento de la ciudad Inca.

Aunque hay diferentes controversias al respecto del descubrimiento de la ciudad y de lo que pasó después de descubrirla, parece aceptado el hecho de que fuera Bingham, si no el que llegara primero, sí el que hizo el mayor descubrimiento arqueológico y el que consiguió los fondos necesarios para que la ciudad viera la luz del sol casi con el esplendor con el que la dejó Pachacutec antes de ordenar el desalojo de la misma. Como es normal aparecieron con el tiempo algunas otras personas que dijeron ser ellos los descubridores; esto pasa en las mejores familias. Desgraciadamente para ellos es Bingham el que ha trascendido al tiempo como su descubridor.

Y de la misma manera en que Bingham consiguió juntar un buen puñado de dólares a través de la universidad de Yale para realizar sus trabajos arqueológicos aprovechó el cachondeo peruano de entonces (que es más o menos como el de ahora) para sacar del país cerca 4000 piezas de oro, cerámica y demás que, vaya por Dios, nunca volvieron a su lugar de origen. Con la promesa de devolverlas salieron y desde entonces están en Yale a pesar de que el gobierno peruano ha solicitado la devolución de todo lo que el bueno de Hiram se llevó por la patilla. Digo yo que el amigo pensaría que si lo había encontrado él es que era suyo.

Parece ser que la universidad de Yale se ha comprometido a devolver todo lo que se llevó el hawaiano de Machu Pichu, aunque me preocupa el hecho que no han dicho cuándo lo van a devolver. También me preocupa el trato que le dará el gobierno peruano a esas reliquias y si le destinará el dinero necesario para cuidarlas como se debe. Bajo el supuesto de robo sibilino como el que se cometió en Machu Pichu a manos de Bingham, no logro entender como todavía hay una línea de tren que une Cusco con Aguascalientes y que se llama "Hiram Bingham". La línea, de lujo ella, cuesta como 200 y pico de dólares y, menos chupártela (creo), te ofrecen de todo con el mejor servicio y el máximo lujo en las tres horas que dura el camino.

Sea como fuere, y tras una genial ruta de algo más de dos horas con nuestro guía local, nos quedamos de nuevo a disfrutar del paisaje y a quemarnos las carnes al sol del monte peruano. Y es que el sol, a 2500 metros de altitud, te deja rojo como una mala cosa en menos que canta un gallo. Yo, como es normal, olvidé la gorra en mi pueblo y pagué las consecuencias con una quemada de campeonato. Empecé a notar los efectos del achicharramiento precisamente cuando crucé mi mirada con una de las llamas que descansaba alegremente en las terrazas que los incas habían construido para cosechar distintos alimentos y para evitar deslizamientos de tierras.

Allá estaba mi amiga la llama con gesto despreocupado comiendo sus hierbecitas y sus cosas de llama y mirando al respetable pensando qué coño se nos habría perdido a todos los que pisoteábamos la hierba de esos lares. Cuando me vio el bicho debió pegarse un hartón de reír, si es que las llamas ríen, por culpa de mi cara de yanki color gamba de Nebraska. A cambio le hice un robado/posado cuando me miró con el desdén con el que sólo una llama que vive en Machu Pichu puede mirar a un turista. Por desgracia tuve que dejar a mi modelo a medio posar porque el sol apretaba ya tanto que si no quería sufrir un sobrecalentamiento de mis circuitos más valdría que saliera en busca de una sombra cuanto antes.

Y es que estos cabrones de incas tendrían conducciones de agua perfectas, serían unos astrónomos de la hostia, encajarían las piedras de toma pan y moja y todo lo que queráis, pero oye, no me jodas, de sombras mis amigos no tenían ni puta idea. Si alguien tiene lo que hay que tener que busque una sombra en Machu Pichu. Como ellos eran bastante más oscuros que yo no cayeron en el hecho de que hay conquistadores a los que los rayos del sol nos cambia el color de las carnes, así que de sombras cero, ni una, rien de rien. Por tanto, tras 6 horas y pico de paseo por aquel magnífico lugar, nos decidimos a marcharnos para liberar un par de espacios en el que meter a un yanki XXXL de Arkansas aún por tostar.

Y dicho y hecho, camino de la salida no sin antes preguntar en la entrada si Machu Pichu tenía un límite de visitantes al día. La respuesta es que no, pero que lo visitaban entre 1000 y 2000 personas, o lo que es lo mismo, no tengo ni puta idea de lo que me ha preguntado oiga. Así que con la decepción de la respuesta nos decidimos a comer un poco. La idea era comer en el restaurante del hotel de Machu Pichu, un hotel que cuesta los dos huevos y un ojo, pero el menú no es caro, unos 25 euros creo recordar. Lo malo es que aunque ya estaba bastante mejor de la barriga no me atrevía a meterme un banquete como el que pedía a gritos aquel buffet.

A cambio nos fuimos al bar de Machu Pichu a comernos la pizza más cara de la historia de las pizzas caras, pero quién iba a decir que fue un placer para nuestros sentidos. A ver, alguien dirá que si había tomado muchas drogas, que si la altura, que si la coca cola peruana, pero no... Llevaba tantos días con la barriga jodida que aquella pizza me supo a gloria bendita. Su queso, su cebolla, su tomate, sus olivas negras... Dios... Me acuerdo ahora y todavía se me hace la boca agua de ese festival de colesterol que me comí. Y es que quién me iba a decir a mí que en lo alto de Machu Pichu me iba yo a comer la mejor pizza de mi vida.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Cusco 5 - Machu Pichu

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Prometo intentarlo. Sí, juro que voy a intentar no usar adjetivos demasiado exagerados en esta entrada durante el día de hoy. Lo malo es que cuando pienso en nuestra visita a Machu Pichu sólo me salen esa clase de adjetivos y creo que me va a costar, pero sería feo y aburrido estar todo el tiempo que si brutal, que si qué pasada, que si impresionante, que si coño cómo me estoy quemando. Así pues, como digo, voy a intentar no sobrepasarme en adjetivos más allá de lo que la correcta aplicación del lenguage y la estética me lo permita.

Increíble, precioso, genial. Así es como puede uno definir, para empezar, la ciudad perdida de los Incas. Machu Pichu es de esos lugares que uno tiene que visitar antes de morir o, en el peor de los casos y si tiene que pasar, aprovechar para morirse en él. Uno se encuentra muy cerca del paraíso cuando se ve rodeado por toda aquella perfecta perfección. Las impecables construcciones, las majestuosas montañas que lo rodean, las empinadas laderas de la montaña, el río Urubamba en la distancia. Definitivamente es un buen lugar para el final, para decir que aquí me las den todas y para poner punto y final, definitivamente uno se encuentra muy cerca del cielo en Machu Pichu.

Pero vamos por partes. Como estaba previsto, la alarma dio por saco a las 04:30 AM en punto. Uno se levantaría de mala gana o cansado en cualquier otra situación, pero en aquella, cuando Machu Pichu estaba al alcance de nuestras manos, ni el cansancio, ni los dolores de barriga ni nada de nada se notaba en nuestros cuerpos. Lo único que se notaba en el ambiente era una tensión contenida porque ya casi estábamos en el lugar en el que yo había soñado estar toda mi vida. Dios, tantos años y por fin llegaba el día. Ojalá el tiempo nos respetara como le respetábamos nosotros a él.

Así pues nos duchamos y nos vestimos rápidamente con la intención de irnos hacia la estación de autobuses en donde la cola ya era más que interesante. El precio de subida en autobús era de 7$, con sus respectivos 7$ para la bajada. Se puede subir andando, en bicicleta, a caballo o en burro, pero el autobús tarda menos en recorrer la sinuosa carreterita de tierra que lleva hasta la mismísima entrada de la Ciudad Perdida. La verdad es que la organización era muy buena, a esas horas y a pesar de la cola, había un autobús que salía cada 5 minutos, por lo que esperamos apenas 15 para empezar a dirigirnos a nuestro destino.

Uno puede pensar que la ciudad de Machu Pichu fue descubierta allá por 1500 y pico cuando los españoles violábamos y matábamos a cuerpo de rey por esas tierras, pero ni mucho menos. No fue hasta 1911 que un explorador hawaiano, llamado Hiram Bingham, metió las narices por primera vez en la ciudad guiado por el saber popular que le dio un chiquillo del pueblo de Aguascalientes (jodíos niños). Se conoce que el crío no tenía nada más que hacer aquel día y llevó de la manita hasta las ruinas al joven explorador por un puñado de soles. El bocazas en cuestión fue Pablito Álvarez, al que los guías del lugar llaman primer guía de Machu Pichu.

Según parece, entre los habitantes de la zona se conocía la existencia de los restos arqueológicos, por los que ellos se paseaban en infinidad de ocasiones, pero no fue hasta la llegada de Bingham y sobre todo, de sus dólares, que la ciudad empezó a recobrar el esplendor que quizás tuvo un día cuando Pachacuti reinaba en ella. El yanki, que andaba buscando otras maravillas incas, casi se tropezó con la Ciudad Perdida y se quedó de piedra, así que buscó financiación y reunió un grupo de arqueólogos para que desenterraran lo que cientos de años se habían encargado de esconder al mundo bajo la maleza.

Eran eso de las 06:15 de la mañana, hora zulú, cuando llegábamos, tras unas 3000 curvas, a la mismísima entrada de la ciudad de Machu Pichu. En aquel momento nos encontrábamos a 2500 metros sobre el nivel del mar y las nubes altas convertían los alrededores en un manto blanco que apenas permitía distinguir lo que estuviera a unos metros de distancia de nosotros. La verdad es que eso dio un punto de nerviosismo al momento porque teníamos claro que con aquellas nubes no veríamos tres en un burro. Por suerte, todo apuntaba a que se irían disipando hasta dejarnos ver esa maravilla de la Humanidad.

Tras acceder al recinto previo pago de unos bonitos y relucientes 44 dólares (casi nada), empezamos nuestro acceso hasta el punto más alto de la ciudad para poder observar la mejor vista de la misma, en especial cuando no hay turistas de por medio. Subimos una cuesta que se nos hizo un poco complicada por aquello de la altura, pero ver a los abuelinos de 150 años subiendo más rápidos que nosotros nos dio el empujoncito que nos hacía falta en aquel momento. O aquellos abuelos venían dopados o nosotros llegábamos muy jodidos.

Poco después nos encontrábamos en la parte más alta de la ciudad sumidos en una nube espesa y húmeda que nos rodeaba y que iba en la dirección del viento sin dejarnos componer la vista completa de la ciudad, sólo algunos pequeños caprichos nos permitían ir viendo fragmentos de un todo que aún íbamos a tardar un rato en poder ver. Así pues, nos sentamos bien abrigados en un punto estratégico y esperamos, sin decir palabra, a que simplemente desaparecieran todas esas nubes y, por fin, pudiéramos ver en su totalidad una obra de arte que nos dejó inmersos en una impresionante nube de historia y leyenda.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Cusco 4

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Y ya cuando el día empezaba a caer, y nuestras fuerzas también, nos dirigimos a la estación de trenes a esperar al novísimo Inca Rail, un tren de nueva factura que iba a ser el encargado de llevarnos a Aguascalientes. Si alguien lee estas líneas, que no creo, y tiene previsto ir a Perú en breve y dejarse caer por Machu Pichu, le recomiendo encarecidamente que viaje en este tren, el Inca Rail. Con muy buen servicio, al menos de momento, y con unos vagones muy nuevos con butacas de piel hace que el viaje de hora y media hasta Aguascalientes pase en un periquete.

En el tren, un amable azafato, o azafata según el día, te ofrece Coca Cola sin gas para beber y unas galletitas saladas que, cuando uno va en reserva, vienen de maravilla. Todo con un trato muy amable y siempre con una sonrisa en la cara, o sea, igualito que en mi pueblo. Bien, la cuestión es que nuestro tren iba tan vacío que éramos sólo 4 personas, por lo que dejaron un vagón en Ollantaytambo. Según ellos es que el servicio apenas había entrado en uso un par de semanas atrás. Pues vale, de coña.

El precio del viaje hasta Aguascaliente era de unos treintaypocos dólares, un robo en toda regla teniendo en cuenta los precios que corren por esos lares. Pero uno ya se iba acostumbrando a ver que los precios de los turistas y de los tulistos variaba ligeramente; los unos pagábamos religiosamente unos precios bastante altos mientras que al resto, a los del país, los precios les salían bastante ajustaditos, supongo que por eso de promocionar lo del turismo interior y eso. En fin, no sé, supongo que eso está bien, pero no sé qué pasaría si en Barcelona hiciéramos lo mismo, aquí vendría alguno con ganas de tocarnos la badana y se acordaría de la madre del alcalde de turno por tener que pagar más que los de aquí y le acabaríamos haciendo un descuento. Bueno, son maneras.

Así pues seguimos camino desde Ollantaytambo descendiendo por el valle hasta Aguascalientes, parada final antes de Machu Pichu y lugar que, siendo fino, no vale un carajo. Quizás es que llegamos tarde, quizás es que estábamos cansados, quizás es que el hotel era una santa porquería, pero bueno, fuera lo que fuera, la cuestión es que el pueblo era para sucidarse en la plaza mayor, si es que tenía. Al menos, nuestro hotel aguacalentino tenía toallas limpias (o lo parecían) y jaboncitos bien cerrados en papel con los que nos dimos una ducha casi de vicio (por lo larga (la ducha)) antes de salir a cenar.

Así que ahí estábamos, en plena noche peruana buscando un lugar donde rellenar nuestros estómagos pero pensando qué coño comer, porque yo seguía "tocado" y cualquier cosa que veía y que fuera para comer me producía arcadas. De hecho, por un segundo me vino un cui (la ratas esa que se comen ahí) a la mente y el pobre bicho casi sale en canoa por mi boca. Qué asco. En fin, que al final encontramos un lugar que hacían un poco de todo y que además tenía la pinta de no estar muy sucio, así que me pedí una pizza porque pensé que un poco de grasa con Coca Cola mataría todas la bacterias de mi cuerpo de una maldita vez.

Pero ni por esas. Conforme la pizza iba entrando en mi cuerpo éste quería echarla a toda prisa, el estómago me dolía más y más y mis ascos iban en aumento, ni la Coca Cola podía parar aquella espiral de dolor que era para cagarse, así que por si acaso, me fui por donde había venido, pagando religiosamente, eso sí, y me volví al hotel por lo que pudiera ser, que irse de varetas en un sitio así no apetecía mucho. Pero, lo mejor del caso es que aquel puto pueblo era tan parecido todo que me equivoqué volviendo y me perdí entre sus callejuelas y, lo que fue peor, dentro de su mercado que ya estaba vacío y sin una sola alma. Qué miedo.

Suerte , pensé yo, que si ahora vinieran un grupo de incas con ganas de cobrarse en carne las tropelías que mis antepasados habían dejado en estas tierras, se iban a llevar un chasco cuando les apuntara y les disparara mi arma química más mortífera de esos momentos. Estaba seguro que, de ser atacado, los incas nunca estarían en disposición de repeler un ataque con agentes bacteriológicos como al que yo les podía someter. Así pues, tras acordarme de la madre que matriculó al señor que pensó en poner tres puentes iguales en aquel pueblo llegué al hotel y me fui tranquilamente al baño, sin prisas pero sin pausas.

Terminado aquel episodio dantesco, nos fuimos a dormir mecidos por la suave brisa de la montaña y, la verdad, caímos redondos por el cansancio. La alarma, al día siguiente, sonaría a las 04:30 AM, sí, sin errores tipográficos, nos íbamos a levantar cuando el río aún no estuviera puesto. Dios. Fue duro, pero a la postre fue lo mejor. La ventaja de dormir en el bello pueblo de Aguascalientes es que cuando abren Machu Pichu a las 06:00 AM uno está a tiro de piedra de la entrada. En cambio, los que llegan en tren desde Cuzco, salen de allá a las 07:00 y no llegan hasta las 10:00, por lo que llegan en manada y cuando, el resto, ya hemos hecho mil millones fotos preciosas, que, por otra parte, es cosa fácil en Machu Pichu.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Cusco 3

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Con el cuerpo como nuevo tras la paliza a la que me habían sometido la tarde anterior y con la barriga aún revuelta, por llamarlo finamente, nos preparamos la mochila para salir bien tempranito y no volver a Cusco hasta el día siguiente. Cuatro ropas limpias para cambiarnos serían suficientes para llevarnos hasta Aguascalientes, el pueblo que hay justo debajo de Machu Pichu y "precioso" lugar donde íbamos a pernoctar a la espera de subir casi de madrugada a la montaña que tiene la ciudad que soñaba con visitar desde crío.

Antes de salir tocó pagar el hotel y tras eso un desayuno compuesto del pan típico de la zona, que no estaba nada malo, y un poco de zumo en conserva racionado. Sí, el zumo, según nos dijeron las señoras de la casa, estaba racionado porque si no el dueño del afamado hostal Suecia se pensaba que ellas se lo iban a llevar a casa para ahorrarse unos solecillos. Bien pensado que era el amigo, me dije, y después me acordé de su santa madre porque me tuve que tomar mis drogas con apenas dos dedos de zumo de naranja. Macho que es uno. El pan, la verdad, es que fue una bendición teniendo en cuenta el lamentable estado de mi barriga.

Los amigos de Naywa Tours fueron los encargados de llevarnos en la ruta hasta Aguascalientes y de ahí a Machu Pichu y vuelta a Cusco, trabajo que hicieron solventando magníficamente las pequeñas cositas que salieron a nuestro paso. Pero antes de la llegada a Aguascalientes nuestro tour nos iba a llevar por todo el Valle Sagrado. Una carretera que iba descendiendo flanqueada por grandes montañas y que iba siendo vigilada de cerca por el río Urubamba, río que a su vez riega los infinitos maizales que salen al paso por todas partes en el valle. Ahí es donde se cultiva el famoso maíz gigante que es tan delicioso como apreciado en todas partes.

Lo cierto es que la vista durante el trayecto es impresionante. En un largo descenso desde Cusco a 3300 metros y hasta los 2040 de Aguascalientes uno se siente abrazado por las grandes montañas que hay a ambos lados del valle. El cielo, claro y transparente, tenía unas preciosas nubes de un blanco radiante que parecía puro algodón. A esa altura uno siente que respira aire de verdad, lejos de la contaminación de la gran ciudad, a 3000 metros se puede sentir la naturaleza en estado puro, cerca de las montañas y, desgraciadamente, cerca de los pueblecitos pobres por los que fuimos pasando durante nuestro camino.

Nuestra primera parada fue Pisac, a orillas del Urumamba, un pueblo que, la verdad, uno se lo puede saltar de la ruta sin cargo de conciencia ni problema alguno. No, Pisac es un cuento chino, es el clásico lugar para que los turistas gasten unos soles comprando productos típicos del país. El mercado de Pisac es un lugar que, si uno tiene tiempo, pues está bien para darle un paseíto y verlo, pero si uno va con la hora pegada al trasero se lo puede saltar sin dejarse nada importante. Las que sí son importantes y valen la pena, son las ruinas que hay en Pisac, el problema es que están a unas dos horas andando desde la ciudad, por lo que iba a ir su santo padre a verlas. Esa distancia debe ser el motivo por el cual las ruinas, según dicen, están en muy buen estado. La distancia al populacho influye mucho en el estado de las cosas. Ya ves.

Pero no, en nuestro tour no había espacio para hacer esa excursión esa vez, pero sí aprovechamos la ocasión para comprar algunas piedras de esas que, según dicen (aunque yo tampoco me lo creo) tienen propiedades especiales. Yo me compré una esfera de un mineral verdoso que dicen que va bien para la migraña (defecto que viene de fábrica conmigo) y otra más bien negra que es una aullentadora de malas vibraciones. De momento no he notado nada diferente a antes de tenerlas, pero quizás su poder tarda unos días en activarse. Veremos qué pasa y si noto algún cambio en mi vida que pueda deberse a los pedruscos en cuestión ya os lo hago saber.

Y siguiendo la ruta el tour nos sorprendió con un magnífica parada para recargar motores y llenar los estómagos, bueno, los que pudieran, porque los que lo teníamos convaleciente y hecho polvo como yo nos tuvimos que dedicar solamente a mirar lo que los demás comían. En medio de un pueblito olvidado de la mano de Dios nos encontramos una preciosa casona de estilo colonial con un gran buffet para que uno se pusiera morado. Yo apenas comí un poco de arroz y algunas cosas que no castigaran mi estómago, no fuera que una vez emprendido el viaje camino de Ollantaytambo tuviera que hacer detener el vehículo en medio de la nada para soltar lastre. Por suerte no hubo sorpresas en ese aspecto.

Así pues, bien comidos, seguimos camino en dirección a Ollantaytambo, ciudad Inca que suerte de sus ruinas, porque si no tampoco hubiera sido una gran parada. Las ruinas, eso sí, son espectaculares, aunque nos dejamos el alma en el ascenso hasta la cima de ellas, ya que hay tres millones de escaleras y la verdad es que nuestro cuerpo aún no se había acostumbrado a tanta altura y a tan poco oxígeno, así que fue una asecensión ciertamente dura. En Ollantaytambo brillan las terrazas con las que los incas trabajaban impecablemente sus montañas para evitar los deslizamientos de tierras. Ahí vimos piedras que uno nunca diría que se pueden encajar con tal destreza y perfección.

Ollantaytambo, situada en un lugar estratégico del Valle Sagrado, fue un Tambo, o ciudad de habituallamiento para aquellos incas que recorrían los caminos que unían las ciudades del Imperio. De las ruinas, escaleritas tocacojones a parte, cabe destacar los gigantescos monolitos labrados y encajados espectacularmente en lo alto del complejo arquitectónico. Uno se pone a mirar eso y se pregunta cómo estos tíos tan bajitos pudieron mover esos pedazos de piedra de toneladas de peso. Francamente una obra maestra que el aquí presente no se cansa de mirar y remirar en las fotos.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Cusco 2

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Total, que te dicen que cuando llegues a Cusco no hagas esfuerzos, no camines, no te rasques, no pienses, porque puedes marearte y acabar en el suelo por culpa de la altura, que te deja sin oxígeno y te da un vahído tonto en menos de lo que canta un gallo. En altura cualquier esfuerzo cuesta el triple y resulta que como nuestro hostal, el Suecia, era tan sumamente rústico no tenía ni ascensor el puñetero, pero pisos unos cuantos, así que como no podía ser de otra forma nos tocó la suite del tercer piso, por lo que me tuve que comer las escaleras de cada uno de los pisos acompañado de un maletón olímpico que pesaba una tonelada.

Ese esfuerzo debería estar estrictamente prohibido en la normativa cusqueña. Así que claro, cuando llegué a la habitación estaba ya sin aire, veía pajaritos y todo se me movía en cámara lenta. Yo que llegaba con inspiración suficiente como para sentarme en el trono me quedé con las ganas porque el papel higiénico estaba racionado a dos trocitos por culito y día; y además había que pedirlo, así que bájate de nuevo los tres pisos a por un rollo de papel con el que limpiar mis posaderas y luégo súbete tres pisos más. Resultado, pues que ya ni ganas de ir baño tenía, se me había pasado todo.

Quizás será por el mate de coca que nos dieron en el Suecia antes del esfuerzo maleteril o quizás no, pero fuere por lo que fuere, la suerte (y un cuerpo bien preparado como el mío) hizo que aquel esfuerzo no me provocara mareo alguno, así que pude salir a conocer la capital del Imperio Inca justo en el momento en el que el sol, que se ponía sobre las montañas que vigilaban la ciudad, le daba un tono ocre a la misma que, mezclado con las luces que ya iluminaban la Plaza de Armas, me dejaron absolutamente cautivado y emocionado. Eso sí, toda la emoción la mantuve en silencio y a bajas revoluciones porque la falta de oxígeno se notaba en cuanto mi ritmo de paso aumentaba un poco más de la cuenta.

Lo que sí empezamos a notar fue un airecillo helado que venía de la montaña y que nos heló lo que teníamos helable en cosa de unos minutos, así que durante el reconocimiento superficial de la Plaza de Armas nos asaltaron, entre otros muchos vendedores ambulantes, unas jóvenes que ofrecían agresiones físicas, a los que ellas llamaban masajes, a un precio más que razonable. Por tan sólo 15 soles (algo menos de 4 euros) estas chicas eran capaces de darte de hostias, retorcerte los brazos, apretarte las carnes y machacarte los músculos durante 30 minutos más 5 de regalo por si alguna costilla no hubiera recibido su merecido.

Desgraciado de mí me tocó la masajista inexperta, o la hija de puta, según se mire, porque salí del antro que tenían para hacer masajes hecho mierda. Aquella tía se sobrepasó conmigo y me dejó sin ganas de volver a hacerme un masaje. Teniendo en cuenta que iba a perder mi virginidad masajística esperaba que todo fuera mucho más dulce, a la luz de la luna y con una velitas de por medio, pero nada de eso, la sala de operaciones era minúscula, la masajitas era una bestia, el agujero de la camilla en donde poner la cara daba asco y, el aceite, vete a saber si era aceite o qué era.

Lo que tendría que haber hecho, aprovechando los apretones que me pegaba la tía a la altura de la barriga, y teniendo en cuenta mis circunstancias gástricas, fue haberle dejado un regalito de napalm (o incluso de gas mostaza) justo cuando se subió encima mío para continuar el "masaje" en una postura algo más cómoda para ella, poniendo sus cosas demasiado cerca de mi cabeza. Si en aquel momento le hubiera puesto los puntos sobre las íes a la criminal esa, hubiera terminado rápido el martirio al que me estaba sometiendo so pena de intoxicación y guerra química. Pero como no lo hice, como no me atreví a darle lo mejor de mí, por miedo a lo que pudiera suceder, la tipa se puso morada a hostias a mi costa.

Imaginaréis cómo salí del "masaje"; cabreado como una mona. Yo quería relax y suavidad coño, que estaba en un lugar al que no llega el óxigeno!! Aunque para mitigar el dolor nos decidimos a hacer una buena obra, porque cuando uno está en un lugar en el que ve tanta pobreza se le abre el corazón y deja salir todo lo que uno lleva dentro... y lo que uno llevaba dentro eran varias libretas, unos cuentos bolígrafos e incontables gomas de borrar para los críos pobres de Cusco. Cuando la señora que estaba en el Suecia nos vio llegar con tal cargamento de útiles escolares se puso como unas pascuas. A saber por cuánto lo habrá vendido todo... jajaja... No, esperemos que dispusiera de todo eso de la forma correcta.

Y todavía pensando en el masaje de las pelotas nos fuimos a buscar el clásico restaurante para guiris aunque a mí no me apetecía nada de nada meter algo sólido en mi delicado estómago, en especial cuando en un restaurante vi salir el cui, una especie de rata andina que aquí se comen como si fuera pollo. A ver, igual está bueno el bicho, no digo que no, pero eso de que lo metan en el horno con su carita y sus ojitos da muy mal rollo y, en mi estado, me dieron ganas de echar lo que quedara de chifa en mi cuerpo. Así pues, mientras intentaba apartar incas ambulantes y cuis de mi mente, iba corriendo por mi cabeza el chifa sesino que terminó con la flora bacteriana de mi estómago y las náuseas me llegaban en grupos de a tres. Pero tenía que cenar, que al día siguiente nos tocaba excursión y había que reporner fuerzas antes de proseguir con nuestro viaje.



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Cusco 1

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Y como mi cuerpo no aceptaba casi nada el sábado por la noche, el domingo por la mañana me desperté como nuevo en lo que a cabeza se refiere. Sin resaca de ningún tipo pero con un terrible dolor de barriga, el virus seguía activo, los medicamentos que estaba tomando por obra y gracia de una farmacéutica limeña de momento no estaban haciendo el efecto esperado. En la farmacia quedé sorprendido al ver que allá no venden las cajas de medicamentos enteras sino que te venden las pastillas que necesitas por separado, lo que es un detalle, teniendo en cuenta que la mayoría de veces uno acaba tirando sus cajas de medicamentos a medio consumir.

Así pues, apretando y aguantando tomé mi ración de drogas matutina y preparé la maleta de nuevo, esta vez para partir con destino Cuzco y Machu Pichu, mi sueño de conocer Machu Pichu estaba a horas de hacerse realidad. La ropa de vestir se quedaba en Lima y en la maleta sólo viajaba la ropa y el calzado de deporte y de montaña. Llamamos a nuestro taxi seguro de Taxis San Borja y por sólo 38 soles (9 euros) nos llevó de nuevo al aeropuerto Internacional Jorge Chávez, en donde, tras pagar una (puta) tasa aeroportuaria de 5 dólares y pico, nos embarcamos en el vuelo 43 de Lan Perú de las 14:55 con destino Cusco.

Tras un vuelo placentero de tan solo una hora, con snack incluido que tuve de desestimar por motivos obvios, llegamos a Cusco, la capital del antiguo imperio Inca que se encuentra a unos 3300 metros sobre el nivel del mar. A primera vista alguien no ducho en alturas dirá ¿y?, pues bueno, resulta que esa altitud es, en realidad, un huevo, sobre todo si uno viene de Lima, ciudad que, hay que joderse, está al nivel del mar. Esas altitudes suelen provocar diferentes estados en función del individuo/a. Pero si uno sigue unos pequeños pasos y no se estresa en las primeras horas no tiene porqué afectarle la altura y en poco tiempo se aclimata al cambio.

Una de las recomendaciones al ir a Cusco fue la de tomar mate de coca sólo llegar a la ciudad. Bueno, tengo mis dudas al respecto y creo que, además de ser asqueroso, lo del mate de coca es un cuento chino de primera, y yo diría que lo hacen para tenernos drogados a todos los turistas y así vendernos más cosas. Que los incas tomaran coca a todas horas no quiere decir que a los que no somos incas nos vaya a funcionar a las primeras de cambio. Pero bueno, ves a saber, igual sí funciona el remedio casero.

En fin, la cuestión es que por 10 soles de nada (2,5 euros) nos llevaron hasta la mismísima puerta del flamante hostal Suecia, sito, curiosamente, en la calle Suecia de Cusco. No sé cómo llegó una calle a llamarse Suecia en esta ciudad milenaria, pero vamos, ahí está, como decía, el famoso hostal Suecia que, por cierto, queda a tiro de piedra de la Plaza de Armas. Apenas una pequeña rampa de 50 metros y uno aparece en pleno centro del Cuzco milenario y maravilloso que me dejó impresionado al verlo.

Aunque precioso, nada tiene que ver este Cuzco con el que dejaron los incas cuando los españoles los sacamos a hostias de su imperio. Desgraciadamente muchas de las antiguas edificaciones que dejaron fueron destruidas por los españoles para que el pueblo inca sintiera el yugo de la dominación y sintiera que un nuevo Dios, a todas luces mucho más bondadoso y amigable, había llegado de la mano de las tropas de Pizarro con la inestimable tarea de que el pueblo Inca abrazara la palabra de Dios todopoderoso, eso sí, a hostia limpia, que con sangre las creencias entran mejor. Pero dejaré mis críticas a la iglesia para un poco más adelante.

Varias cosas me sorprendieron en la llegada a Cusco Inca. En primer lugar el color del cielo. Ni comparación con el gris de Lima; en Cusco el cielo es azul intenso, eléctrico, de una limpieza y belleza como no he visto nunca. A 3300 metros de altitud el cielo se muestra mucho más claro y despierto que el cielo limeño que está gris y apagado gran parte del año. Otra de las cosas que me impactaron fue la testarudez del vendedor cusqueño. O en otras palabras, para venderte te dan por culo que da gusto. Son palizas a más no poder y uno tiene que ir diciendo que no los primeros días para luego ya pasar de ellos y terminar mentando a sus familias y hasta al mismísimo Viracocha si se tercia.

Otra sorpresa fue la rusticidad rústica del hostal que seleccionamos, el Suecia. Bueno, por 75 soles (algo menos de 18 euros) qué puede uno pedir. Hombre, ya me imaginaba que amenities no tendríamos ni que bañera con jacuzzi seguramente tampoco, pero de eso a tener que pedir el papel higiénico y las toallas, que blancas blancas no eran precisamente, pues tampoco. A parte de eso el sitio era bonito y, como debía ser, rústico. A mí lo rústico me gusta pero sin pasarse, aunque ya se sabe que parte de la gracia de ir a un lugar como Cusco es integrarse en el entorno; a saber: hostales, gorros incas, mate de coca y, como no, llamas, muchas llamas.

Pero la cosa que más me sorprendió fue ver que la bandera gay, la multicolor, ondeando con completa libertad en el Cusco de hoy día, sí, ya ves tú qué modernos son en el pueblo que la izan sin miedo ni contemplación alguna pensé yo. Pero no, después de verla ya muchas veces durante esos días y como mi curiosidad no conoce límites, le pregunté al guía de turno a qué se debía tanta bandera gay por todas partes. Y, la respuesta fue de lo más interesante, la bandera del Cusco es como la gay sólo que invertida en sus colores. Coño con los gays, llegan a todas partes, hasta al milenario Cusco!!



J. Coltrane

Las Crónicas del Perú: Lima (Limón) 3

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Pues eso, que el chifa venía pisando fuerte todo el camino y mi estómago amenazaba con soltar un vertido tóxico, un desastre natural de dimensiones desconocidas. Algo se movía en mi interior y entre acelerón y acelerón del diestro taxista yo iba notando en mis interiores unos retortijones que me doblaban en el asiento posterior del vehículo. Prometí varias velas a diferentes vírgenes peruanas (que allí aún quedan) y a varios santos para que no me dejaran caer en la tentación y me libraran del alien que me reconcomía por dentro. El lomo saltado iba a saltar de mi cuerpo en cualquier momento.

Ave María putísima, me decía yo, ten piedad de este pobre comedor de chupes y ceviches y no permitas que deje el premio en el asiento de atrás de un taxi que, por otra parte, necesitaba una limpieza urgentemente. Por si acaso yo iba apretando fuerte para que no asomara, curioso, algo que no debiera. Y tanta súplica tuvo al final una recompensa: ya estábamos en casa; sólo faltaba el show de la alarma, abrir y cerrar varias puertas, subir las escaleras de la casa (Dios...) y el baño sería todo mío para hacer una descarga ilegal en toda regla.

Pero como la alegría no puede ser completa y porque uno es perro viejo, antes de perder peso en el inodoro decidí hacer una comprobación de rutina que siempre hay que hacer cuando uno está en casa ajena y no quiere pasar un ridículo espantoso. Abrí el grifo del agua para ver si ésta fluia con normalidad y, por tanto, tras la batalla la cisterna del baño se iba a llenar como siempre. Pero pardiez, del caño no caía una sola gota de agua. Dios, mi estómago a punto de reventar, la cisterna vacía y el agua cerrada. Me quise morir. Sólo me quedaba irme a dormir y esperar que todo mejorarara durante la noche.

Finalmente, ya por la mañana, en el baño pude comprobar el motivo de mis dolores de barriga, que aunque no me habían provocado los problemas que yo pensaba sí me estaban haciendo tener una sensación de mareo y de malestar que me dejó en cama toda la mañana. Cada vez me encontraba peor y de pensar en la comida de la noche ya no sabía si la iba a sacar por abajo o por arriba. Tenía náuseas, sensación de fiebre, mareo, malestar general y un dolor de barriga de primera magnitud. En fin, la venganza de Atahualpa estaba servida, el virus estaba en mi cuerpo y había llegado para quedarse.

Y lo mejor del caso es que yo iba de boda ese día, todos los astros se alineaban en mi contra; además tenía que pasar por la peluquería para que me hicieran un masaje. Sí, aprovechando los precios populares (70 soles) y porque mi acompañanta se iba a pasar tres horas allá dale que te pego que si sombra aquí sombra allá maquíllate maquíllate, decidí darme un masajito que tal como me levanté anulé para no jugarle una mala pasada a la sufrida masajista que ninguna culpa tenía de mis excesos gastronómicos. Una presión más fuerte de lo normal en mi barriga podría haber provocado un serio conflicto internacional.

Así pues me quedé en la cama tomando drogas que mataran al bicho que Atahualpa nos había dejado a los colonizadores y me dediqué a beber líquido para no quedarme seco como un cactus. Y como quien no quiere la cosa llegó la hora de ponerse bien guapetón e irse boda, cosa que podréis imaginar cuánto me apetecía. Ya las bodas en sí mismas me parecen un verdadero coñazo, pero si encima tienes facilidad intestinal y a eso le sumas las náuseas y el dolor de barriga continuo pues tócate los huevos, que vaya de boda Rita la cantaora.

Pero no, el Coltrane tenía que cumplir y cumplió, que con lo que me había costado ya la boda de los huevos en trajes, billetes de avión y demás no podía fallar así de fácil. Por lo que salí a la calle hecho un figurín y con una sonrisa de oreja a oreja me fui de boda, una boda que iba a ser para cagarse. En pleno barrio de Miraflores, en la plaza Kennedy tenía lugar tan magno evento al que me moría por llegar. En una preciosa iglesia construida durante la colonización iba a tener cabida una misa coñazo de una hora que no estaba dispuesto a aguantar.

Y no fui el único, porque a media misa, justo cuando me escapaba por la puerta de atrás, una ambulancia llegaba frente a la iglesia para llevarse a una señora que le había dado un jamacuco, imagino que por el tostón con el que nos estaba maltratando el cura de turno que, dicho sea de paso, era español de España. Parece, y me dejó acojonado, que la gran mayoría de los curas que corretean por el país andino son españoles. No me lo podía imaginar ni por el forro, pero así lo he podido comprobar en varias ocasiones estos días. Parece que a nivel eclesiástico la colonización no terminó nunca. Vaya por Dios.

La pobre señora no pudo aguantar el sermón del Padre y se desplomó en el acto (religioso). Para evitar eso yo preferí irme a un Starbucks que había cerca de la iglesia a tomar un café que tranquilizara a la bestia. El estómago me seguía doliendo pero al menos nada hacía presagiar un escape a deshora que tiñera de marrón aquella velada. Así que de ahí al lugar del banquete, por llamarlo de alguna manera, porque de comida fuimos tan justos que sólo pude comer un poco de arroz blanco que quedó justo cuando terminé de hacer mi cola del bufet. Cosa que, por otra parte, me vino como anillo al dedo en semejantes circunstancias. O había pasado un ejército de muertos de hambre o es que había muy poca comida, quién sabe.



J. Coltrane