Las Cronicas de Miami: Los Lagartos
El domingo como apareció bien despejadito aprovechamos para darnos unos baños en el océano y continuar con el proceso de enrojecimiento mi piel. De momento la cosa va bien y espero que cuando llegue a NY no se me pasen los efectos de este sol matador. muy rápido No tuvo mucho misterio la playa, algunas gaviotas, arena blanca, olas bastante graciosas y tíos en la arena por horas poniéndose negros. La cara que habrán puesto cuando se hayan visto en casa.
Y ya por la tarde del domingo una pequeña ruta por Coral Gables y la Miracles Mile de Miami. Supuestamente una de las calles tipo Rodeo Drive, pero ni de coña, aquí no había tiendas exclusivas de ningún tipo, aunque parece que sí es una buena zona para comprar vestidos de novia y demás atuendos de esos. Lo que sí encontramos fue un genial Barnes & Noble en los que aproveché para hacerme con un par de discos de actualidad. Viendo la música que venden en un lugar como este (y sin que tengan un catálogo muy extenso), cada día tengo más claro que musicalmente estamos muy atrasados en España. Pero bueno, ese es tema para otro día.
Una de las cosas más típicas que se pueden hacer aquí en Miami es visitar los Everglades. Ésta es una zona pantanosa como la que tiempo atrás era toda la Florida, pero con el paso de los humanos y sus dólares fueron cambiando los paisajes y los humedales dieron paso a las construcciones de ladrillo y cristal. Por suerte aún se mantienen algunas zonas tal y como eran antes, o más o menos.
Los Everglades son precisamente eso, la zona pantanosa en la que todavía conviven bichos de diferentes especies, en especial lagartos como les llaman aquí. Para mí, y así generalizando, son cocodrilos bien majos. También serpientes y, sobre todo, mosquitos, muchos mosquitos. Yo, que soy perro viejo, ya vine preparado con repelente anti mosquitos de los que uno se pone en la selva, pero al resto les sacaron una pasta vendiéndoles sprays anti insectos.
Lo más gracioso del tema es que yo no vi ni tres mosquitos, pero bueno, supongo que decir que está infestado es una buena manera de sacar un dinero extra. Aunque hay que tener en cuenta que el tipo de barcos con los que se viaja por esas zonas son las famosas lanchas que llevan tras ellas dos inmensas hélices que, además de hacer un ruido ensordecedor, impulsan al barco sobre las plantas y las aguas que forman los everglades.
Cuando nos sentamos en el barquito y llega el americano con barba ese al que no se le entiende nada y empieza con la coña marinera de que si es su primera vez en la barca y que si ojo a los cocodrilos no me saque la mano por oiga, pues uno no se cree que para evitar el ruido de las hélices te den papel de water a distribuir por la manada. El método más antiguo del mundo. Yo, por si acaso, me esperé a ver si el resto de la gente se lo ponía o no, y como vi que sí, también me lo puse. Un poco ridículo, pero funcionó.
A los que me temo que no les dieron los tapones para los oídos fueron a los cocodrilos, por lo que como era de esperar no vimos ni uno que no estuviera enjaulado. Y es que ese aparato hacía tanto ruido que habría que preguntar a la señora y al señor Cocodrilo de quién se acuerdan cada vez que oyen pasar al tío de la barba. Idem al resto de animalitos que pueblan esa zona, tienen que estar hasta el gorro.
Suerte que fuera del pantano tienen expuestos a unos cocodrilos de diferentes marcas para que los guiris veamos lo buenos que son los cocodrilos. Incluidos unnos cuantos que están encerrados en una jaula en la que entra uno de los cuidadores a hacer el chorra un rato con ellos no sin antes darte una charlita sobre lo buenos que son y lo malos que somos los humanos. Bueno, éste que vaya jugando, que el día menos pensado me lo veo a trocitos en el Miami Herald.
Y ya de vuelta de ver a tanto bicho verde y de imaginármelos como un par de zapatos, cinturones o incluso bolsos, eché una cabezadita en el buseto, justo antes de despertarme cuando el skyline de Miami se presentaba frente a nosotros. O sea, genial, ni me enteré del camino, bueno, a excepción de cuando me di varias hostias contra el cristal por obra y magia de los baches de la carretera. Cosas que pasan. Y de ahí a comer, a pasear por el downtown y ya de vuelta a casa, a bañarme un poco y a tomar el solo otro poco, que con tanto paseo entre lagartos casi no pude quemar.
Y ya por la tarde del domingo una pequeña ruta por Coral Gables y la Miracles Mile de Miami. Supuestamente una de las calles tipo Rodeo Drive, pero ni de coña, aquí no había tiendas exclusivas de ningún tipo, aunque parece que sí es una buena zona para comprar vestidos de novia y demás atuendos de esos. Lo que sí encontramos fue un genial Barnes & Noble en los que aproveché para hacerme con un par de discos de actualidad. Viendo la música que venden en un lugar como este (y sin que tengan un catálogo muy extenso), cada día tengo más claro que musicalmente estamos muy atrasados en España. Pero bueno, ese es tema para otro día.
Una de las cosas más típicas que se pueden hacer aquí en Miami es visitar los Everglades. Ésta es una zona pantanosa como la que tiempo atrás era toda la Florida, pero con el paso de los humanos y sus dólares fueron cambiando los paisajes y los humedales dieron paso a las construcciones de ladrillo y cristal. Por suerte aún se mantienen algunas zonas tal y como eran antes, o más o menos.
Los Everglades son precisamente eso, la zona pantanosa en la que todavía conviven bichos de diferentes especies, en especial lagartos como les llaman aquí. Para mí, y así generalizando, son cocodrilos bien majos. También serpientes y, sobre todo, mosquitos, muchos mosquitos. Yo, que soy perro viejo, ya vine preparado con repelente anti mosquitos de los que uno se pone en la selva, pero al resto les sacaron una pasta vendiéndoles sprays anti insectos.
Lo más gracioso del tema es que yo no vi ni tres mosquitos, pero bueno, supongo que decir que está infestado es una buena manera de sacar un dinero extra. Aunque hay que tener en cuenta que el tipo de barcos con los que se viaja por esas zonas son las famosas lanchas que llevan tras ellas dos inmensas hélices que, además de hacer un ruido ensordecedor, impulsan al barco sobre las plantas y las aguas que forman los everglades.
Cuando nos sentamos en el barquito y llega el americano con barba ese al que no se le entiende nada y empieza con la coña marinera de que si es su primera vez en la barca y que si ojo a los cocodrilos no me saque la mano por oiga, pues uno no se cree que para evitar el ruido de las hélices te den papel de water a distribuir por la manada. El método más antiguo del mundo. Yo, por si acaso, me esperé a ver si el resto de la gente se lo ponía o no, y como vi que sí, también me lo puse. Un poco ridículo, pero funcionó.
A los que me temo que no les dieron los tapones para los oídos fueron a los cocodrilos, por lo que como era de esperar no vimos ni uno que no estuviera enjaulado. Y es que ese aparato hacía tanto ruido que habría que preguntar a la señora y al señor Cocodrilo de quién se acuerdan cada vez que oyen pasar al tío de la barba. Idem al resto de animalitos que pueblan esa zona, tienen que estar hasta el gorro.
Suerte que fuera del pantano tienen expuestos a unos cocodrilos de diferentes marcas para que los guiris veamos lo buenos que son los cocodrilos. Incluidos unnos cuantos que están encerrados en una jaula en la que entra uno de los cuidadores a hacer el chorra un rato con ellos no sin antes darte una charlita sobre lo buenos que son y lo malos que somos los humanos. Bueno, éste que vaya jugando, que el día menos pensado me lo veo a trocitos en el Miami Herald.
Y ya de vuelta de ver a tanto bicho verde y de imaginármelos como un par de zapatos, cinturones o incluso bolsos, eché una cabezadita en el buseto, justo antes de despertarme cuando el skyline de Miami se presentaba frente a nosotros. O sea, genial, ni me enteré del camino, bueno, a excepción de cuando me di varias hostias contra el cristal por obra y magia de los baches de la carretera. Cosas que pasan. Y de ahí a comer, a pasear por el downtown y ya de vuelta a casa, a bañarme un poco y a tomar el solo otro poco, que con tanto paseo entre lagartos casi no pude quemar.
















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