sábado 30 de mayo de 2009

Las Crónicas de Chicago 1

Si algo me queda claro después de haberme paseado por las calles de Chicago es que los chicagoenses, si es que se llaman así, los tienen de acero y tienen unas ganas de enseñar lo blanco que ni te cuento. Y es que tampoco es que haya hecho un frío de morirse, pero cuando uno viene de los mayamis, con 30 grados a sus espaldas, llegar a una ciudad en la que apenas se pasa de 20 grados de día y de 10 de noche, que además están aderezados con un vientecito del norte que viene bien fresquito, entonces uno se congela.

Pero no, ellos no, yo iba por la calle sufriendo el viento y buscando aceras con sol y aquí los guiris iban con sus shorts, sus sandalias y sus camisetas de manga corta como si estuvieran en su pueblo de Nebraska. Y eso que el sábado todavía hizo un sol bien majo, pero conforme pasaron los días el tiempo se fue haciendo cada vez peor. Por suerte la primera mañana pudimos disfrutar del Chicago soleado que nos dejó impactados. Sin olvidar el estilo New York, Chicago tiene un ambiente diferente y una arquitectura muy curiosa, que mezcla edificios preciosos con horteradas de prisión incondicional sin fianza para su arquitecto.

Como a las 10:30 de la mañana, y tras casi tres horas de vuelo, ya estábamos en Chicago aprovechamos para hacer una para técnica en un Starbucks antes de afrontar la aventura de coger el servicio público en este país. Pero ni un solo problema, seguimos las indicaciones (muchas de ellas también en castellano) y éstas nos llevaron al tren que nos llevaría desde O'Hare hasta la estación de la calle Lake con Clark, en sólo 45 minutos. Bueno, teóricos, porque a medio camino el conductor dijo que se acababa el trayecto por una avería (o yo entendí eso) y que había que seguir en autobús. Empezábamos bien.

Pero nada, super fácil, los autobuses nos esperaron en la salida de la parada y de ahí nos llevaron hasta Lake y Clark. Por esa zona corre también el metro elevado que hemos visto en tantas y tantas películas y series. De hecho, desde que pisé suelo del downtown hasta que dejé la ciudad no hice más que buscar a mi ídolo de juventud, Steve Urkel, pero nada, creo que el bueno de Steve no estaba en la ciudad aquella semana. Hubiera sido un puntazo encontrarse con él y con Laura Winslow paseando por Michigan Avenue cogiditos de la mano. Dios...

Total, que tras un paseo llegamos al hotel Conrad que era nuestro destino hotelero. El precioso hotel está situado en pleno centro de la ciudad en la calle Rush, aunque por Michigan Avenue y desde un precioso centro comercial Nordstrom se accede también a él. Así que una vez situados y habiendo descifrado lo que el recepcionista me preguntaba, nos pusimos manos a la obra y salimos a la jungla de asfalto a conocer la ciudad, empezando, cómo no, por Michigan Avenue, la arteria neurálgica de Chicago, que vendría a ser comparable a la Quinta Avenida de New York.

Entre norte o sur nos decidimos por el sur, así que enfilamos Michigan hacia el sur digiriendo todas las tiendas de las mejores marcas que se agolpan en esa avenida. Todo muy americano pero todo muy genuino, los taxis, las bocas de incendios, las ambulancias... y las rebajas, sí, porque como el lunes era Memorial Day, los americanos aprovecharon para hacer las enésimas rebajas del año. Y es que aquí, cuando no es por pitos es por flautas, pero siempre hay un buen motivo para hacer un descuentillo al sufrido ciudadano americano.

Y es curioso, pero estaba yo pensando que todas las festividades (o casi) que hay en este país son debidas a las guerras. Que si el 4 de julio, el Memorial Day, Thanksgiving... Creo que la Navidad es de las pocas que no se celebra una batallita o un combate, una lástima. Pero bueno, a lo que iba, que íbamos al sur por Michigan Avenue hasta que el hambre nos hizo una mala pasada y tuvimos que parar a rellenar los depósitos.

¿Y qué mejor manera de rellenar el depósito (y ya metidos en harina) que comiendo la clásica comida sucia y grasienta que tanto gusta por estas latitudes? Ole, pues. Así que vimos una sucursal de Friday's, la reconocida y prestigiosa cadena de restaurantes que destaca por su buen hacer y su buen gusto en la elaboración, selección y disposición de las mejores grasas y los animales varios, y nos tiramos de cabeza a ella. Era el recurso fácil.

Así pues, y antes de seguir echando millas a los motores, nos dimos un festín de colesterol y grasas saturadas (pero que muy saturadas) y justo antes de pagar la bill descubrimos gracias al camarero que dentro de uno de los mapas que habíamos cogido en el aeropuerto había un vale descuento de 5$; sí hombre, de esos que van en los mapas de los turistas y que nunca he sabido quién encuentra los lugares para hacerlos servir. Así que me hizo ilusión poderme ahorrar un dinero y, además, comprobar que esos vales no sólo sirven para rellenar la parte de atrás de los mapas de los guiris. Y mira tú por dónde, todo un descubrimiento.



J. Coltrane