sábado 6 de junio de 2009

Las Crónicas de Chicago 3

Llegados al hotel por la tarde ya nos habíamos decidido a comprar algo de ropa de apoyo, porque el airecillo se iba haciendo más fresquito conforme pasaban las horas, sobre todo al caer el sol. Con esa estampa, y como lo teníamos a tiro de piedra, nos acercamos a ver el precioso edificio que tiene en la misma Michigan Avenue el diario Chicago Tribune. Y aunque desgraciadamente no se puede visitar nos pareció precioso, con un hall con techos de madera y un exterior muy curioso de estilo neo gótico que data de 1925.

Una de las cosas curiosas de este edificio es que se le han ido añadiendo piedras de algunos de los lugares y edificios más emblemáticos del mundo, como Notre Dame, la Muralla China, el muro de Berlín, etc... Incluso una piedra proviniente de la luna está en ese edificio. Y bueno, la de la luna bien, que es de todos y para lo que sirve pues me parece bien que se lleve uno las piedras, pero me pregunto cómo conseguirían esta gente las otras piedras. Conociendo cómo van las cosas hoy día, no quiero ni pensar en cómo llegaron hasta el Tribune.

Justo después de ver ese precioso edificio, y sólo dándonos la vuelta, tuvimos ante nuestras narices el edificio Wrigley, lugar donde la marca Wrigley tiene su cuartel central y que data de 1920. Un edificio sur, unido por un angosto pasillo a bastantes metros del suelo (en la planta 14), fue construido unos años más tarde. Lo más curioso del caso es que el edificio central, el primero en ser construido, fue diseñado inspirándose en la Giralda de Sevilla. Francamente desconocía el hecho, y al buscar por internet imágenes de la Giralda no hay duda de que el edificio Wrigley tiene un parecido considerable.

Ah, eso sí, lo que está feo es no regalar chicles en la entrada. Hombre, digo yo que es el cuartel general de la marca les deben salir los chicles hasta de debajo de las alfombras, ¿no?, pues nada, ni uno nos dieron los muy tacaños. Yo con lo que sí me hice las mil y una imaginaciones es con el pasillo aéreo que enlaza los dos edificios por el piso 14. No sé, me recordó al que se rumoreaba que unía el colegio de curas con el de monjas de mi barrio, sólo que por el aire. Supuestamente aquel era para salir escapando por si pasaba algo durante la guerra, pero todos sabemos que por ahí corrían los curas persiguiendo a las monjas con apenas unas pantuflas y un gorro de dormir.

Y de ahí ya a descansar para salir a cenar, aunque bueno, supuestamente, porque tras la parada técnica en el hotel y el baño (sí, ¿qué pasa?, en Chicago hay mucha agua) nos quedamos literalmente muertos en la cama y cuando nos despertamos a media noche lo más cercano a comida estaba en el minibar de la habitación y estaba totalmente prohibido coger nada de esa nevera maldita, que con esos precios, a la fuerza la carga el diablo.

Sin darnos cuenta pasó la noche y empezó un nuevo día en Chicago. Como suelo hacer siempre que voy de viaje, lo primero que hago por la mañana antes de perder peso es sacar la cabecita por la ventana para ver si el día de turismo acompaña o está fea la cosa. Y ese día, tras los cristales de la habitación del hotel, francamente tenía buena pinta: sol y un cielo azul, así que decidimos que si los americanos caminaban en pantalones cortos y sandalias nosotros casi podíamos hacer lo mismo, así que ni cortos ni perezosos no pusimos pantalones largos y camisetas de manga corta para dirigirnos al brunch del House of Blues.

Yo en cuanto salí a la calle ya vi que el error iba a ser monumental. El problema de viajar con un solo suéter es que, si hace frío, en las fotos siempre sales con lo mismo, y eso es muy pobre, así que en cuanto pisamos Michigan Avenue y caminamos por la sombra para ir hacia el House Blues tuvimos una tranmisión de pensamientos y en aquel momento supimos que pasara lo que pasara cuando saliéramos del brunch nos íbamos directos a comprar alguna cosa de abrigo que echarnos a nuestros cuerpos serranos.



J. Coltrane