lunes 8 de junio de 2009

Las Crónicas de Chicago 4

La entrada en The House of Blues no es demasaido espectacular, pero una vez dentro, el colorido del lugar sí lo es realmente. Bueno, se podría decir que está entre espectacular y un poco hortera. El colorido es excesivo para mi gusto, pero bueno, diseños a parte la verdad es que el local es uno de los templos musicales de Chicago y por eso en la entrada uno puede ver a los grandes maestros del Blues: John Lee Hooker, BB King, Eric Clapton, y muchos más. Por ese motivo nos dejamos seducir por el Gospel Brunch del House of Blues.

Por si alguien no lo sabe, el brunch es la comida esa tonta que está entre pinto y valdemoro, o sea, en tierra de nadie; una mezcla entre el breakfast con el lunch, o sea, del desayuno con la comida de toda la vida. Y añadido a eso y bien condimentado por la cultura americana, un grupo de Gospel de los de verdad, de esos que ves que son todos negros y no hay ninguno pintado para parecerlo, y de esos que todos cantan bien, no como los que se ven por aquí que piensas que qué habrá tenido que hacer aquél para que le dejen cantar en el coro.

El Gospel brunch en cuestión consistía en un "salvese quien pueda y mariquita el último" de 45 minutos en los que los asistentes teníamos que conseguir ponernos de comida como si fuera nuestra último banquete antes de ser ejecutados por inyección letal. Por el local habían distribuidas mesas llenas de comida que las hordas de americanos de Arkansas atacan en familia sitiando zonas estratégicas y aniquilando todo lo que se les pusiera de por medio, si tenía grasa mejor que mejor.

Así pues, tras comer como cerdo y tras sus 45 minutos de rigor salió el coro de tropecientosmil negratas de los de verdad a cantar como los ángeles. Dios, qué voces, qué alegría y qué canciones, brutal. Excepto un elemento que nos despistó por su vocecilla de eunuco y no supimos de que pie calzaba, el resto eran todos hombres. Yo reconozco que no conocía más que una canción, la impresionante Down By The Riverside.

Entre tema y tema el jefe de la banda empezó a hacernos levantar, que si levanten la mano las chicas y el pie los chicos, que si uh uh uh, ah, ah ah, y bueno, lo típico para hacernos bajar el atracón de colesterol que nos habíamos metido entre pecho y espalda. Y claro, entre uuuhs y aaahs, y que si by the riverside y eso, el tipo nos dijo que a la salida vendían su DVD y que si lo comprábamos por la gloria de Dios y de su cuenta bancaria. Pero yo paso de DVDs, que luego ni los veo ni funcionan aquí en mi pueblo, así que goodbye amigo. Ah, eso sí, mi camiseta del House of Blues sí la compré, que a eso sí le doy uso.

Y cuando salimos del antro en cuestión nos pegó tal hostia el frío que decidimos ir precisamente by the riverside de vuelta al hotel a abrigarnos como buenamente pudimos. Así que empezamos a echar capas de camisetas al asunto y salimos a nuestra siguiente actividad: un precioso paseíto en barco por el río, el tour de la arquitectura. Tras una hora de espera al rico sol de Chicago, que nos sentó de maravilla, y tras 22$ bien gastados, confiamos nuestras vidas al experiementado capitan de los Wendella boats.

Y ese señor, con su barquito, nos hizo un precioso recorrido por el río que cruza una parte de la ciudad mientras una americana de América nos iba dando la lata con historias del Chicago de Al Capone y los suyos, del Chicago Tribune y que Donal Trump y todo eso. Yo, como siempre cuando me van con prisas, no entendí la mitad de lo que dijo la amiga, sobre todo porque además con el aire helado que se movía por el río me estaba quedando congeladito. Pero la verdad es que la pulmonía, la gripe porcina y el constipado valieron la pena; la arquitectura de la ciudad es una maravilla para degustarla subido a un barco que no se hunda.

Los 90 minutos que duró el trayecto dieron para mucho y lo pasamos genial, pero al final ya queríamos que acabara el martirio chino, así que cuando terminó nos fuimos directos a Michigan Avenue, y en el Nordstrom que daba a nuestro hotel aprovechamos las rebajas del Memorial Day para hacernos con unas prendas de abrigo que sumar a las pocas que llevábamos puestas. En Miami, con sus 30 grados y su humedad de chiste, todavía se ríen cuando nos vieron aparecer con aquello puesto. Pero, para nuestra defensa, diré que el aire acondicionado en ese aeropuerto lo conecta un esquimal hijoputa. En fin...



J. Coltrane