Las Crónicas de Chicago 5
Una vez las chaquetas cubrieron nuestras carnes ya empezamos a ver las cosas con otro color. El frío no fue un problema, así que cogimos uno de los varios autobuses que recorren Michigan Avenue y nos dirigimos hacia el sur para acercarnos a Millenium Park. Quizás ese fue uno de los puntos arquitectónicos más curiosos de nuestro viaje. Y es que no siempre lo antiguo tiene por qué ser lo más bonito en cuestión arquitectónica. El Millenium park reune dos de los elementos más interesantes de la ciudad de Chicago.
Pero de las dos cosas, para mí, quizás la más espectacular y futurista fue la Cloud Gate. Una especie de burbuja elíptica y metálica de 110 toneladas de peso que era de un plateado eléctrico que deformaba todo lo que se reflejaba en ella de una forma muy especial. Era como una gran masa de mercurio líquido que se hubiera quedado allá estática. La verdad es que verla al atardecer nos encantó y nos hicimos fotos en todas las posturas y posiciones posibles permitidas por las leyes del estado de Illinois.
Siguiendo a la Cloud Gate llegamos en pocos pasos al Jay Pritzker Pavilion, un lugar que si no fuera por el nombre ese tan raro sería perfecto. El lugar es una esplanada para realizar conciertos con un escenario al fondo diseñado por Frank Gehry, el mismo que diseñó el museo Guggenheim de Bilbao. Tiene el mismo estilo, con las placas metálicas, las formas extrañas y un algo que hipnotiza. En resumen, precioso. Ah, eso sí, me gustaría a mí ver los conciertos al aire libre en pleno invierno en esta ciudad, cuando los termómetros tocan fácil los 20 grados bajo cero. En fin...
Lo que también me impresionó fue una placa conmemorativa que vimos que decía que Millenium Park era un regalo del alcalde de Chicago a la ciudad. Coño, pensé yo, esto es como si tu mujer coge tu VISA y se va a la tienda de abajo de casa y te compra un Patek Philippe (¿te has quedado?). Sí, claro, el regalo super bien, pero es que los estás pagando tú, leche, así ya se puede. Cierto es que podría habérselo gastado en vino y señoras de mal vivir que ríen y fuman, pero bueno, para regalos así ya me contarás. Lo suyo es que hubiera llegado un día a la oficina con un buen fajo de billetes de a dólar y que los hubiera gastado en el parque en cuestión. Pero bueno, los políticos son así.
Como en nuestra guía de Chicago vimos que había un restaurante de cocina catalana, Mercat a la Planxa, muy cerca de Millenium Park decidimos pasarnos un momento a ver qué tal pinta tenía el lugar en cuestión. Y oye, super bien, el sitio así de diseño y muy bonito, pero no nos quedamos porque era muy pronto para cenar y porque aquí de cocina catalana voy bastante servido, pero la verdad es que hubiera sido un puntazo para morirse de la risa haber comido calçots en pleno Chicago de los gangsters. Qué fuerte!
Y como la tarde y nuestras fuerzas tocaban a su fin, decidimos coger el enésimo autobús por Michigan Avenue hacia el norte para dirigirnos de nuevo al hotel a cambiarnos, a descansar un rato y a disfrutar de una cena de verdad, que el brunch lo teníamos a la altura de lo tobillos, vamos, que era historia. Así que nos duchamos, nos pusimos guapetones quitar el hipo y nos fuimos a la aventura por Rush Street hacia el norte, a ver qué veíamos, y tras 17 dudas y cuatro intentos de cena frustrados, dimos por casualidad con aquel lugar.
Un poco más allá de Oak Street y antes de llegar a Mariano Park, un bonito parque con un feo nombre, vimos un steakhouse que tenía buena pinta y como el estómago apretaba dijimos ¿y por qué no, coño?. Gibson's era un lugar para comer buenos pedazos de carne, de esos al estilo americano, claro. Los trozos iban desde grandes hasta inmensos. El camarero, un tipo con la cara perfecta para salir en una película del Chicago de los años 30, nos trajo una bandeja y mientras nos iba explicando los tipos de corte y el peso y todo, nos iba enseñando con trozos de carne qué era cada cosa. Y suerte, porque no veas el tío a la velocidad a la que iba.
Las carnes estaban ya feas de tanto sobarlas, pero el objetivo era el que quería nuestro camarero, dejarnos acojonados con aquellos pedazos de carne. Yo al final me decidí por un solomillo de ternera pequeño (que para mí ya era grande) con las mejores patatas fritas que me he comido en mi vida. Dios, he soñado varias veces con aquella mezcla de solomillo y patatas, las he visto aparecer en mis sueños en una mesa, los platos bien juntos, y justo cuando les voy a hincar el diente me despierto y me quedo con las ganas. Pero claro, el que quiere solomillos tiene que pagarlos, así que me tocó dejar sobre la mesa los 50 dólares de rigor por el solomillo, las patatas, las taxes y la tip de los cojones, lo que viene siendo una cena USA.
Y con la barriga bien llena nos fuimos de vuelta al hotel para morir directamente sobre el lecho king size mientras veíamos un poco la tele y pensábamos en qué íbamos a hacer al día siguiente, porque lo más importante de la ciudad estaba visto para sentencia. Una de las cosas por acabar de ver era el Navy Pier, así que tal como nos duchamos y dejamos las matelas en la consigna del hotel nos fuimos a conocer, bajo un cielo encapotado, el famoso Navy Pier. Que no era más que el clásico centro de diversiones hortera de las pelis americanas, con su noria y eso, en donde siempre se pierden los críos y los rapta el malo de la peli. Vamos, que si no lo hubiéramos visto tampoco hubiera pasado nada.
Y ya con eso y un bizcocho, nos volvimos poquito a poco hasta el hotel. Sacamos unas fotos del entorno, para recordar dónde estábamos ubicados, y recogimos las maletas para dirigirnos al aeropuerto O'Hare de la misma manera en la que habíamos llegado hasta la ciudad: en transporte público, como tiene que ser. Milagrosamente nuestro vuelo de American Airlines no estaba retrasado, así que tras el despelote clásico, el paso de seguridad de turno y la espera de rigor en el aeropuerto, nos embarcamos de nuevo con rumbo a los mayamis, que el calorcito (y una tormenta de pelotas) nos esperaban pasadas las 12 de la noche.
Pero de las dos cosas, para mí, quizás la más espectacular y futurista fue la Cloud Gate. Una especie de burbuja elíptica y metálica de 110 toneladas de peso que era de un plateado eléctrico que deformaba todo lo que se reflejaba en ella de una forma muy especial. Era como una gran masa de mercurio líquido que se hubiera quedado allá estática. La verdad es que verla al atardecer nos encantó y nos hicimos fotos en todas las posturas y posiciones posibles permitidas por las leyes del estado de Illinois.
Siguiendo a la Cloud Gate llegamos en pocos pasos al Jay Pritzker Pavilion, un lugar que si no fuera por el nombre ese tan raro sería perfecto. El lugar es una esplanada para realizar conciertos con un escenario al fondo diseñado por Frank Gehry, el mismo que diseñó el museo Guggenheim de Bilbao. Tiene el mismo estilo, con las placas metálicas, las formas extrañas y un algo que hipnotiza. En resumen, precioso. Ah, eso sí, me gustaría a mí ver los conciertos al aire libre en pleno invierno en esta ciudad, cuando los termómetros tocan fácil los 20 grados bajo cero. En fin...
Lo que también me impresionó fue una placa conmemorativa que vimos que decía que Millenium Park era un regalo del alcalde de Chicago a la ciudad. Coño, pensé yo, esto es como si tu mujer coge tu VISA y se va a la tienda de abajo de casa y te compra un Patek Philippe (¿te has quedado?). Sí, claro, el regalo super bien, pero es que los estás pagando tú, leche, así ya se puede. Cierto es que podría habérselo gastado en vino y señoras de mal vivir que ríen y fuman, pero bueno, para regalos así ya me contarás. Lo suyo es que hubiera llegado un día a la oficina con un buen fajo de billetes de a dólar y que los hubiera gastado en el parque en cuestión. Pero bueno, los políticos son así.
Como en nuestra guía de Chicago vimos que había un restaurante de cocina catalana, Mercat a la Planxa, muy cerca de Millenium Park decidimos pasarnos un momento a ver qué tal pinta tenía el lugar en cuestión. Y oye, super bien, el sitio así de diseño y muy bonito, pero no nos quedamos porque era muy pronto para cenar y porque aquí de cocina catalana voy bastante servido, pero la verdad es que hubiera sido un puntazo para morirse de la risa haber comido calçots en pleno Chicago de los gangsters. Qué fuerte!
Y como la tarde y nuestras fuerzas tocaban a su fin, decidimos coger el enésimo autobús por Michigan Avenue hacia el norte para dirigirnos de nuevo al hotel a cambiarnos, a descansar un rato y a disfrutar de una cena de verdad, que el brunch lo teníamos a la altura de lo tobillos, vamos, que era historia. Así que nos duchamos, nos pusimos guapetones quitar el hipo y nos fuimos a la aventura por Rush Street hacia el norte, a ver qué veíamos, y tras 17 dudas y cuatro intentos de cena frustrados, dimos por casualidad con aquel lugar.
Un poco más allá de Oak Street y antes de llegar a Mariano Park, un bonito parque con un feo nombre, vimos un steakhouse que tenía buena pinta y como el estómago apretaba dijimos ¿y por qué no, coño?. Gibson's era un lugar para comer buenos pedazos de carne, de esos al estilo americano, claro. Los trozos iban desde grandes hasta inmensos. El camarero, un tipo con la cara perfecta para salir en una película del Chicago de los años 30, nos trajo una bandeja y mientras nos iba explicando los tipos de corte y el peso y todo, nos iba enseñando con trozos de carne qué era cada cosa. Y suerte, porque no veas el tío a la velocidad a la que iba.
Las carnes estaban ya feas de tanto sobarlas, pero el objetivo era el que quería nuestro camarero, dejarnos acojonados con aquellos pedazos de carne. Yo al final me decidí por un solomillo de ternera pequeño (que para mí ya era grande) con las mejores patatas fritas que me he comido en mi vida. Dios, he soñado varias veces con aquella mezcla de solomillo y patatas, las he visto aparecer en mis sueños en una mesa, los platos bien juntos, y justo cuando les voy a hincar el diente me despierto y me quedo con las ganas. Pero claro, el que quiere solomillos tiene que pagarlos, así que me tocó dejar sobre la mesa los 50 dólares de rigor por el solomillo, las patatas, las taxes y la tip de los cojones, lo que viene siendo una cena USA.
Y con la barriga bien llena nos fuimos de vuelta al hotel para morir directamente sobre el lecho king size mientras veíamos un poco la tele y pensábamos en qué íbamos a hacer al día siguiente, porque lo más importante de la ciudad estaba visto para sentencia. Una de las cosas por acabar de ver era el Navy Pier, así que tal como nos duchamos y dejamos las matelas en la consigna del hotel nos fuimos a conocer, bajo un cielo encapotado, el famoso Navy Pier. Que no era más que el clásico centro de diversiones hortera de las pelis americanas, con su noria y eso, en donde siempre se pierden los críos y los rapta el malo de la peli. Vamos, que si no lo hubiéramos visto tampoco hubiera pasado nada.
Y ya con eso y un bizcocho, nos volvimos poquito a poco hasta el hotel. Sacamos unas fotos del entorno, para recordar dónde estábamos ubicados, y recogimos las maletas para dirigirnos al aeropuerto O'Hare de la misma manera en la que habíamos llegado hasta la ciudad: en transporte público, como tiene que ser. Milagrosamente nuestro vuelo de American Airlines no estaba retrasado, así que tras el despelote clásico, el paso de seguridad de turno y la espera de rigor en el aeropuerto, nos embarcamos de nuevo con rumbo a los mayamis, que el calorcito (y una tormenta de pelotas) nos esperaban pasadas las 12 de la noche.
The End
J. Coltrane
















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