Las Crónicas de Chicago 2
Ya con la barriga bien llena salimos de nuevo a pasear por la ciudad en dirección norte. Eran algo más de las 3 de la tarde y aunque el sol aún brillaba con fuerza notamos que el airecillo iba ganando en frescura, el puñetero, pero de cualquier forma seguimos para delante sin decidirnos a comprar abrigo todavía. Y sólo unos metros más allá, y si llegar a dejar en ningún momento Michigan Avenue, se erigió imponente y metálica la Hancock Tower. La impresionante vista nos hizo detenernos y mirarla como se mira a un monumento: de arriba a abajo y de abajo a arriba.
Era realmente impactante ver desde el suelo el edificio que le ha dado el sello al skyline de Chicago. La Hancock Tower es negra, metálica y con el estilo industrial que tiene la misma ciudad, y mide "sólo" 443 metros incluidas sus antenas (llamadas también "los palos esos" o "las cosas esas"). El observatorio se halla en la planta 94 (a más de 300 metros), a la que se tardan sólo 40 segundos en llegar ya que la torre posee los ascensores más veloces del país. Definitvamente no me gustaría trabajar ahí dentro subiendo y bajando torres todo el día, los fallos a 300 metros acaban mal.
Una vez bordeado el edificio compramos la entrada "Sun and Stars" admirados de que no hubiera mucha cola para acceder al observatorio, o sea, maravilloso. Así como en el Empire State las colas son kilométricas, aquí esperamos apenas unos minutos. Si alguien está perdiendo el tiempo leyendo esta crónica de Chicago le diré que no deje de comprar la entrada "Sun and Stars", por sólo 4 dólares más, o sea, 19 de nada, te da la posibilidad de subir a admirar Chicago de día (sun) y de noche (stars); he ahí el truco. Y vale la pena, sin duda.
Y tras la colita y hacernos la típica foto trucada que luego te quieren vender los amigos con el lago detrás de día y de noche subimos en el super ascensor hasta la planta 94. Si la vista desde abajo quita el hipo ni os cuento lo que quita desde arriba. A más de 300 metros de altura la perspectiva de Chicago es distinta e impactante, porque uno lo ve todo minúsculo y se siente con la capacidad de tenerlo todo al alcance de la mano. Aunque quizás lo más curioso fue ver la inmensidad del lago Michigan, que desde la altura parecía un auténtico mar.
Recuperados ya de la emoción y con los pies en tierra firme de nuevo seguimos andando hacia el norte de la ciudad con la mirada puesta en Lake Shore Drive y como era de esperar también nos encantó. Esa es la zona en donde la gente corre, hace deporte y, siguiendo unos metros más, se bañan en la playa que hay frente a Lake Shore Drive. Hombre, yo igual me bañaría, no lo sé, pero digo yo que el agua de un lago debe estar medio asquerosa, y más delante de una gran ciudad como Chicago, así que bueno, quizás en pleno verano con el calor dando por saco me atrevería a bañarme en el lago Michigan, pero así de buenas a primeras y estando más o menos limpito no creo que metiera más que un pie y medio.
Como el sol de tarde nos acompañaba por ese camino no pasamos frío. De hecho, en la pequeña playita oval que se forma frente a Lake Shore Drive (en la que si no hay vigilantes/as de la playa no se puede uno bañar) había una auténtica marabunta de personas tomando el sol y disfrutando de un precioso día de primavera. Imagino que con el frío que debe pegar aquí en invierno cuando llega el solecito esta gente se deben tirar a la playa y a los parques en cuanto pueden.
Y siguiendo Lake Shore Drive llegamos hasta una especie de barco en el que la juventud local gastaba su día de fiesta y los dólares que llevaban en el bolsillo ante una banda más que decente que cantaba para un respetable que parecía borracho o enajenado por el exceso de sol de mediodía. Supuestamente aquello era como si estuvieran en Costa Azul francesa. Sí, igualito. Después de estos días he aprendido que los americanos tienen una facilidad absoluta para buscar parecidos a todo lo que tienen con lo europeo.
En fin, que cuando vimos a las hordas de jóvenes (y no tan jóvenes) cerveza en mano sentimos el pánico en nuestra piel. Mis sospechas quedaron confirmadas cuando el grupo empezó con el tema central de la película 9 Semanas y Media. Ahí una señora, que debía tener varios hijos pero poca vergüenza, agarró la barra que sujetaba el micro del cantante y empezó a contonearse excitada por el sonido de las notas de tan ardiente película. Como si estuviera sola en el lugar subió y bajó la barra mientras su marido la miraba sonriendo en vez de decirle "Nena, que haces el ridículo". Y bueno, el resto pensó eso más o menos, porque a mi derecha vomitaron tres, y a mi izquierda se marearon cuatro. Nosotros, por si acaso, salimos a toda prisa, que aún quedaban muchas cosas por ver en Chicago.
Habiendo escapado del erotismo trasnochado de aquella dama de mediana edad seguimos paseando por Lake Shore Drive ya buscando alguno de los varios autobuses que escapaban de las orillas del lago para adentrarse de nuevo por el gris asfalto de Michigan Avenue. Nuestro destino era el hotel para descansar un rato y reponer fuerzas; estábamos muertos. Subidos en el autobús camino del hotel Conrad recordé la vista que más me había gustado hasta el momento de la ciudad: Lake Shore Drive junto a la vista del lago y con el fonde del skyline de Chicago; esa fue la increíble visión que con el dorado del sol del atardecer y el cielo azul de primavera nos regalaron unas fotografías de Chicago que, gracias a la buena compañía, son para enmarcar y recordar para siempre.
J. Coltrane
Era realmente impactante ver desde el suelo el edificio que le ha dado el sello al skyline de Chicago. La Hancock Tower es negra, metálica y con el estilo industrial que tiene la misma ciudad, y mide "sólo" 443 metros incluidas sus antenas (llamadas también "los palos esos" o "las cosas esas"). El observatorio se halla en la planta 94 (a más de 300 metros), a la que se tardan sólo 40 segundos en llegar ya que la torre posee los ascensores más veloces del país. Definitvamente no me gustaría trabajar ahí dentro subiendo y bajando torres todo el día, los fallos a 300 metros acaban mal.
Una vez bordeado el edificio compramos la entrada "Sun and Stars" admirados de que no hubiera mucha cola para acceder al observatorio, o sea, maravilloso. Así como en el Empire State las colas son kilométricas, aquí esperamos apenas unos minutos. Si alguien está perdiendo el tiempo leyendo esta crónica de Chicago le diré que no deje de comprar la entrada "Sun and Stars", por sólo 4 dólares más, o sea, 19 de nada, te da la posibilidad de subir a admirar Chicago de día (sun) y de noche (stars); he ahí el truco. Y vale la pena, sin duda.
Y tras la colita y hacernos la típica foto trucada que luego te quieren vender los amigos con el lago detrás de día y de noche subimos en el super ascensor hasta la planta 94. Si la vista desde abajo quita el hipo ni os cuento lo que quita desde arriba. A más de 300 metros de altura la perspectiva de Chicago es distinta e impactante, porque uno lo ve todo minúsculo y se siente con la capacidad de tenerlo todo al alcance de la mano. Aunque quizás lo más curioso fue ver la inmensidad del lago Michigan, que desde la altura parecía un auténtico mar.
Recuperados ya de la emoción y con los pies en tierra firme de nuevo seguimos andando hacia el norte de la ciudad con la mirada puesta en Lake Shore Drive y como era de esperar también nos encantó. Esa es la zona en donde la gente corre, hace deporte y, siguiendo unos metros más, se bañan en la playa que hay frente a Lake Shore Drive. Hombre, yo igual me bañaría, no lo sé, pero digo yo que el agua de un lago debe estar medio asquerosa, y más delante de una gran ciudad como Chicago, así que bueno, quizás en pleno verano con el calor dando por saco me atrevería a bañarme en el lago Michigan, pero así de buenas a primeras y estando más o menos limpito no creo que metiera más que un pie y medio.
Como el sol de tarde nos acompañaba por ese camino no pasamos frío. De hecho, en la pequeña playita oval que se forma frente a Lake Shore Drive (en la que si no hay vigilantes/as de la playa no se puede uno bañar) había una auténtica marabunta de personas tomando el sol y disfrutando de un precioso día de primavera. Imagino que con el frío que debe pegar aquí en invierno cuando llega el solecito esta gente se deben tirar a la playa y a los parques en cuanto pueden.
Y siguiendo Lake Shore Drive llegamos hasta una especie de barco en el que la juventud local gastaba su día de fiesta y los dólares que llevaban en el bolsillo ante una banda más que decente que cantaba para un respetable que parecía borracho o enajenado por el exceso de sol de mediodía. Supuestamente aquello era como si estuvieran en Costa Azul francesa. Sí, igualito. Después de estos días he aprendido que los americanos tienen una facilidad absoluta para buscar parecidos a todo lo que tienen con lo europeo.
En fin, que cuando vimos a las hordas de jóvenes (y no tan jóvenes) cerveza en mano sentimos el pánico en nuestra piel. Mis sospechas quedaron confirmadas cuando el grupo empezó con el tema central de la película 9 Semanas y Media. Ahí una señora, que debía tener varios hijos pero poca vergüenza, agarró la barra que sujetaba el micro del cantante y empezó a contonearse excitada por el sonido de las notas de tan ardiente película. Como si estuviera sola en el lugar subió y bajó la barra mientras su marido la miraba sonriendo en vez de decirle "Nena, que haces el ridículo". Y bueno, el resto pensó eso más o menos, porque a mi derecha vomitaron tres, y a mi izquierda se marearon cuatro. Nosotros, por si acaso, salimos a toda prisa, que aún quedaban muchas cosas por ver en Chicago.
Habiendo escapado del erotismo trasnochado de aquella dama de mediana edad seguimos paseando por Lake Shore Drive ya buscando alguno de los varios autobuses que escapaban de las orillas del lago para adentrarse de nuevo por el gris asfalto de Michigan Avenue. Nuestro destino era el hotel para descansar un rato y reponer fuerzas; estábamos muertos. Subidos en el autobús camino del hotel Conrad recordé la vista que más me había gustado hasta el momento de la ciudad: Lake Shore Drive junto a la vista del lago y con el fonde del skyline de Chicago; esa fue la increíble visión que con el dorado del sol del atardecer y el cielo azul de primavera nos regalaron unas fotografías de Chicago que, gracias a la buena compañía, son para enmarcar y recordar para siempre.
J. Coltrane
















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