martes 22 de septiembre de 2009

De Borrachines y Bailarines y Viceversa

Tengo que reconocer que el aquí presente y abajo firmante no ha tenido una gran relación con un acto, muy cotidiano él y altamente aceptado entre el populacho, que es el del baile, bailoteo, o movimiento espasmódico al ritmo de una melodía más o menos frenética. No, entre ese acto y el Coltrane Jr. nunca ha habido una relación fluida; sólo a veces, por circunstancias de la vida y por exigencias del guión (y porque la noche me confunde) he sido capaz de mover mi culillo del epicentro de mi cuerpo serrano.

Pero ya adelanto que esos momentos se pueden contar con los dedos de una mano, quizás dos. El resto del tiempo siempre he preferido ver los toros (pero más las vacas) desde la barrera y observar al gentío bailando y cantando los temas de moda que el DJ sabiamente pinchaba para regocijo de las gentes. Yo, en cambio, casi siempre he tendido al movimiento cero, desplazándome, en esas ocasiones puntuales que comentaba, escasos centímetros de mi centro de masas, que por otra parte no desvelaré dónde se encuentra.

Francamente, no le veo la gracia el asunto del baile. Se la he buscado, lo juro, por arriba, por abajo, por dentro, por fuera, y por el resto de sitios pero nada, no hay forma, a mí las notas del regetón, la salsa y demás músicas "bailables" no me inspiran nada, más bien todo lo contrario, me dejan frío, casi helado diría yo, y hasta a veces me producen arcadas. Pero ese es otro asunto. Así que he tendido a ser un sólido rígido cuando el calor de la música me abrazaba en toda su extensión. Mi sentido del rídiculo, exagerado en ocasiones, me ha tenido parado por lo siglos de los siglos.

Es por ello, que con el paso de los años uno se ha ido convertiendo en el centro de las miradas y los comentarios jocosos de los que sí tienen la "suerte" de que les gusta bailar (o lo que sea que hagan) lo que les echen. Ellos, pero sobre todo ellas, tienden a pensar que cuando uno está en una discoteca y no baila, lo está pasando mal; en sus cabezas no cabe la posibilidad de oír El Venao o la Mayonesa y que los pies no te salgan disparados al centro de la pista cual poseso por el diablo. Pero, os aseguro, que hay vida más allá del baile, cuando uno no baila no se lo pasa necesariamente mal.

Lo peor es que son esas mismas gentes las que luego te dicen, todas sudadas de tanto seguir el ritmo, que vaya mierda de música, y entonces es cuando yo me meo toa y me quedo de pasta de boniato pensando que tienen suerte de poder bailar sin importarles que les echen un poquito de mierda a los oídos. Habilidad que por otra parte me indigna, puesto que querría yo tener esa feature instalada y no la tengo. Envidia sana oiga.

Y, decía, uno ha recibido varias miles de veces esos comentarios que he acabado por odiar como: ¡pero baila!, ¡pero muévete tío!, que normalmente coincidían con mi cara de que baile tu madre (si es que la conoces). A lo que seguía otro clásico: ¿pero tío, no te gusta bailar?, y yo pensando: sí, claro, me encanta, por eso no me muevo; pero me lo pensaba y respondía amablemente: sí, pero me controlo. Y claro, tras eso la cara de joder qué tío más raro, ¿has visto Maripuri? a este tío no le gusta bailar, oooohhh!!! Como digo, no me instalaron esta opción en la fábrica. Pero prometo que se puede vivir en paz sin ella.

Ah, eso sí, con el tiempo he llegado a la conclusión de que los que bailan, o sea, los tocacojones que bailan, son como los borrachines: no saben hacerlo solos, necesitan hacerlo en equipo para sentirse bien y aplacar sus ansias de soledad. No, nunca verás a un tío que beba y, si a ti no te sale de los huevos beber ese día, no te presione para que bebas tú también. Es una realidad. No saben hacerlo solos, como los que bailan. Por algún extraño motivo tienen que hacerlo en comandita, tócate los huevos. Y creo que la inducción a la bebida me toca más el asunto aún que la inducción al baile desenfrenado.

Y es que yo entiendo que es algo socialmente aceptado en lo que uno no puede ir en contra por aquello del qué dirán, ¿pero acaso yo te obligo a no beber?, no ¿verdad? pues coño, ¡¡no me obligues tú a beber!!. Quid pro quo, coño, quid pro quo. En fin, que no sé cómo no había tocado este tema antes, ya que es algo que me preocupa (o me preocupaba) desde el principio de los tiempos. Quizás, pienso, que será porque la edad es lo que tiene, ya que ya no frecuento mucho esos lugares de vicio y corrupción (en Miami) llamados discotecas. Lugares, dicho sea de paso, en los que abundan esos pequeños tiranos que beben, bailan y te tocan los cojones sin recato.



J. Coltrane

1 comentarios:

Cyllan dijo...

Cuidado con lo que pones que vuelvo a estar activa en el mundo de los blogs.
Empezaré mis criticas de forma sencilla y precisa :Soso