viernes 6 de noviembre de 2009

Las Crónicas del Perú: Cusco 1

Y como mi cuerpo no aceptaba casi nada el sábado por la noche, el domingo por la mañana me desperté como nuevo en lo que a cabeza se refiere. Sin resaca de ningún tipo pero con un terrible dolor de barriga, el virus seguía activo, los medicamentos que estaba tomando por obra y gracia de una farmacéutica limeña de momento no estaban haciendo el efecto esperado. En la farmacia quedé sorprendido al ver que allá no venden las cajas de medicamentos enteras sino que te venden las pastillas que necesitas por separado, lo que es un detalle, teniendo en cuenta que la mayoría de veces uno acaba tirando sus cajas de medicamentos a medio consumir.

Así pues, apretando y aguantando tomé mi ración de drogas matutina y preparé la maleta de nuevo, esta vez para partir con destino Cuzco y Machu Pichu, mi sueño de conocer Machu Pichu estaba a horas de hacerse realidad. La ropa de vestir se quedaba en Lima y en la maleta sólo viajaba la ropa y el calzado de deporte y de montaña. Llamamos a nuestro taxi seguro de Taxis San Borja y por sólo 38 soles (9 euros) nos llevó de nuevo al aeropuerto Internacional Jorge Chávez, en donde, tras pagar una (puta) tasa aeroportuaria de 5 dólares y pico, nos embarcamos en el vuelo 43 de Lan Perú de las 14:55 con destino Cusco.

Tras un vuelo placentero de tan solo una hora, con snack incluido que tuve de desestimar por motivos obvios, llegamos a Cusco, la capital del antiguo imperio Inca que se encuentra a unos 3300 metros sobre el nivel del mar. A primera vista alguien no ducho en alturas dirá ¿y?, pues bueno, resulta que esa altitud es, en realidad, un huevo, sobre todo si uno viene de Lima, ciudad que, hay que joderse, está al nivel del mar. Esas altitudes suelen provocar diferentes estados en función del individuo/a. Pero si uno sigue unos pequeños pasos y no se estresa en las primeras horas no tiene porqué afectarle la altura y en poco tiempo se aclimata al cambio.

Una de las recomendaciones al ir a Cusco fue la de tomar mate de coca sólo llegar a la ciudad. Bueno, tengo mis dudas al respecto y creo que, además de ser asqueroso, lo del mate de coca es un cuento chino de primera, y yo diría que lo hacen para tenernos drogados a todos los turistas y así vendernos más cosas. Que los incas tomaran coca a todas horas no quiere decir que a los que no somos incas nos vaya a funcionar a las primeras de cambio. Pero bueno, ves a saber, igual sí funciona el remedio casero.

En fin, la cuestión es que por 10 soles de nada (2,5 euros) nos llevaron hasta la mismísima puerta del flamante hostal Suecia, sito, curiosamente, en la calle Suecia de Cusco. No sé cómo llegó una calle a llamarse Suecia en esta ciudad milenaria, pero vamos, ahí está, como decía, el famoso hostal Suecia que, por cierto, queda a tiro de piedra de la Plaza de Armas. Apenas una pequeña rampa de 50 metros y uno aparece en pleno centro del Cuzco milenario y maravilloso que me dejó impresionado al verlo.

Aunque precioso, nada tiene que ver este Cuzco con el que dejaron los incas cuando los españoles los sacamos a hostias de su imperio. Desgraciadamente muchas de las antiguas edificaciones que dejaron fueron destruidas por los españoles para que el pueblo inca sintiera el yugo de la dominación y sintiera que un nuevo Dios, a todas luces mucho más bondadoso y amigable, había llegado de la mano de las tropas de Pizarro con la inestimable tarea de que el pueblo Inca abrazara la palabra de Dios todopoderoso, eso sí, a hostia limpia, que con sangre las creencias entran mejor. Pero dejaré mis críticas a la iglesia para un poco más adelante.

Varias cosas me sorprendieron en la llegada a Cusco Inca. En primer lugar el color del cielo. Ni comparación con el gris de Lima; en Cusco el cielo es azul intenso, eléctrico, de una limpieza y belleza como no he visto nunca. A 3300 metros de altitud el cielo se muestra mucho más claro y despierto que el cielo limeño que está gris y apagado gran parte del año. Otra de las cosas que me impactaron fue la testarudez del vendedor cusqueño. O en otras palabras, para venderte te dan por culo que da gusto. Son palizas a más no poder y uno tiene que ir diciendo que no los primeros días para luego ya pasar de ellos y terminar mentando a sus familias y hasta al mismísimo Viracocha si se tercia.

Otra sorpresa fue la rusticidad rústica del hostal que seleccionamos, el Suecia. Bueno, por 75 soles (algo menos de 18 euros) qué puede uno pedir. Hombre, ya me imaginaba que amenities no tendríamos ni que bañera con jacuzzi seguramente tampoco, pero de eso a tener que pedir el papel higiénico y las toallas, que blancas blancas no eran precisamente, pues tampoco. A parte de eso el sitio era bonito y, como debía ser, rústico. A mí lo rústico me gusta pero sin pasarse, aunque ya se sabe que parte de la gracia de ir a un lugar como Cusco es integrarse en el entorno; a saber: hostales, gorros incas, mate de coca y, como no, llamas, muchas llamas.

Pero la cosa que más me sorprendió fue ver que la bandera gay, la multicolor, ondeando con completa libertad en el Cusco de hoy día, sí, ya ves tú qué modernos son en el pueblo que la izan sin miedo ni contemplación alguna pensé yo. Pero no, después de verla ya muchas veces durante esos días y como mi curiosidad no conoce límites, le pregunté al guía de turno a qué se debía tanta bandera gay por todas partes. Y, la respuesta fue de lo más interesante, la bandera del Cusco es como la gay sólo que invertida en sus colores. Coño con los gays, llegan a todas partes, hasta al milenario Cusco!!



J. Coltrane