Las Crónicas del Perú: Cusco 2
Total, que te dicen que cuando llegues a Cusco no hagas esfuerzos, no camines, no te rasques, no pienses, porque puedes marearte y acabar en el suelo por culpa de la altura, que te deja sin oxígeno y te da un vahído tonto en menos de lo que canta un gallo. En altura cualquier esfuerzo cuesta el triple y resulta que como nuestro hostal, el Suecia, era tan sumamente rústico no tenía ni ascensor el puñetero, pero pisos unos cuantos, así que como no podía ser de otra forma nos tocó la suite del tercer piso, por lo que me tuve que comer las escaleras de cada uno de los pisos acompañado de un maletón olímpico que pesaba una tonelada.
Ese esfuerzo debería estar estrictamente prohibido en la normativa cusqueña. Así que claro, cuando llegué a la habitación estaba ya sin aire, veía pajaritos y todo se me movía en cámara lenta. Yo que llegaba con inspiración suficiente como para sentarme en el trono me quedé con las ganas porque el papel higiénico estaba racionado a dos trocitos por culito y día; y además había que pedirlo, así que bájate de nuevo los tres pisos a por un rollo de papel con el que limpiar mis posaderas y luégo súbete tres pisos más. Resultado, pues que ya ni ganas de ir baño tenía, se me había pasado todo.
Quizás será por el mate de coca que nos dieron en el Suecia antes del esfuerzo maleteril o quizás no, pero fuere por lo que fuere, la suerte (y un cuerpo bien preparado como el mío) hizo que aquel esfuerzo no me provocara mareo alguno, así que pude salir a conocer la capital del Imperio Inca justo en el momento en el que el sol, que se ponía sobre las montañas que vigilaban la ciudad, le daba un tono ocre a la misma que, mezclado con las luces que ya iluminaban la Plaza de Armas, me dejaron absolutamente cautivado y emocionado. Eso sí, toda la emoción la mantuve en silencio y a bajas revoluciones porque la falta de oxígeno se notaba en cuanto mi ritmo de paso aumentaba un poco más de la cuenta.
Lo que sí empezamos a notar fue un airecillo helado que venía de la montaña y que nos heló lo que teníamos helable en cosa de unos minutos, así que durante el reconocimiento superficial de la Plaza de Armas nos asaltaron, entre otros muchos vendedores ambulantes, unas jóvenes que ofrecían agresiones físicas, a los que ellas llamaban masajes, a un precio más que razonable. Por tan sólo 15 soles (algo menos de 4 euros) estas chicas eran capaces de darte de hostias, retorcerte los brazos, apretarte las carnes y machacarte los músculos durante 30 minutos más 5 de regalo por si alguna costilla no hubiera recibido su merecido.
Desgraciado de mí me tocó la masajista inexperta, o la hija de puta, según se mire, porque salí del antro que tenían para hacer masajes hecho mierda. Aquella tía se sobrepasó conmigo y me dejó sin ganas de volver a hacerme un masaje. Teniendo en cuenta que iba a perder mi virginidad masajística esperaba que todo fuera mucho más dulce, a la luz de la luna y con una velitas de por medio, pero nada de eso, la sala de operaciones era minúscula, la masajitas era una bestia, el agujero de la camilla en donde poner la cara daba asco y, el aceite, vete a saber si era aceite o qué era.
Lo que tendría que haber hecho, aprovechando los apretones que me pegaba la tía a la altura de la barriga, y teniendo en cuenta mis circunstancias gástricas, fue haberle dejado un regalito de napalm (o incluso de gas mostaza) justo cuando se subió encima mío para continuar el "masaje" en una postura algo más cómoda para ella, poniendo sus cosas demasiado cerca de mi cabeza. Si en aquel momento le hubiera puesto los puntos sobre las íes a la criminal esa, hubiera terminado rápido el martirio al que me estaba sometiendo so pena de intoxicación y guerra química. Pero como no lo hice, como no me atreví a darle lo mejor de mí, por miedo a lo que pudiera suceder, la tipa se puso morada a hostias a mi costa.
Imaginaréis cómo salí del "masaje"; cabreado como una mona. Yo quería relax y suavidad coño, que estaba en un lugar al que no llega el óxigeno!! Aunque para mitigar el dolor nos decidimos a hacer una buena obra, porque cuando uno está en un lugar en el que ve tanta pobreza se le abre el corazón y deja salir todo lo que uno lleva dentro... y lo que uno llevaba dentro eran varias libretas, unos cuentos bolígrafos e incontables gomas de borrar para los críos pobres de Cusco. Cuando la señora que estaba en el Suecia nos vio llegar con tal cargamento de útiles escolares se puso como unas pascuas. A saber por cuánto lo habrá vendido todo... jajaja... No, esperemos que dispusiera de todo eso de la forma correcta.
Y todavía pensando en el masaje de las pelotas nos fuimos a buscar el clásico restaurante para guiris aunque a mí no me apetecía nada de nada meter algo sólido en mi delicado estómago, en especial cuando en un restaurante vi salir el cui, una especie de rata andina que aquí se comen como si fuera pollo. A ver, igual está bueno el bicho, no digo que no, pero eso de que lo metan en el horno con su carita y sus ojitos da muy mal rollo y, en mi estado, me dieron ganas de echar lo que quedara de chifa en mi cuerpo. Así pues, mientras intentaba apartar incas ambulantes y cuis de mi mente, iba corriendo por mi cabeza el chifa sesino que terminó con la flora bacteriana de mi estómago y las náuseas me llegaban en grupos de a tres. Pero tenía que cenar, que al día siguiente nos tocaba excursión y había que reporner fuerzas antes de proseguir con nuestro viaje.
J. Coltrane
Ese esfuerzo debería estar estrictamente prohibido en la normativa cusqueña. Así que claro, cuando llegué a la habitación estaba ya sin aire, veía pajaritos y todo se me movía en cámara lenta. Yo que llegaba con inspiración suficiente como para sentarme en el trono me quedé con las ganas porque el papel higiénico estaba racionado a dos trocitos por culito y día; y además había que pedirlo, así que bájate de nuevo los tres pisos a por un rollo de papel con el que limpiar mis posaderas y luégo súbete tres pisos más. Resultado, pues que ya ni ganas de ir baño tenía, se me había pasado todo.
Quizás será por el mate de coca que nos dieron en el Suecia antes del esfuerzo maleteril o quizás no, pero fuere por lo que fuere, la suerte (y un cuerpo bien preparado como el mío) hizo que aquel esfuerzo no me provocara mareo alguno, así que pude salir a conocer la capital del Imperio Inca justo en el momento en el que el sol, que se ponía sobre las montañas que vigilaban la ciudad, le daba un tono ocre a la misma que, mezclado con las luces que ya iluminaban la Plaza de Armas, me dejaron absolutamente cautivado y emocionado. Eso sí, toda la emoción la mantuve en silencio y a bajas revoluciones porque la falta de oxígeno se notaba en cuanto mi ritmo de paso aumentaba un poco más de la cuenta.
Lo que sí empezamos a notar fue un airecillo helado que venía de la montaña y que nos heló lo que teníamos helable en cosa de unos minutos, así que durante el reconocimiento superficial de la Plaza de Armas nos asaltaron, entre otros muchos vendedores ambulantes, unas jóvenes que ofrecían agresiones físicas, a los que ellas llamaban masajes, a un precio más que razonable. Por tan sólo 15 soles (algo menos de 4 euros) estas chicas eran capaces de darte de hostias, retorcerte los brazos, apretarte las carnes y machacarte los músculos durante 30 minutos más 5 de regalo por si alguna costilla no hubiera recibido su merecido.
Desgraciado de mí me tocó la masajista inexperta, o la hija de puta, según se mire, porque salí del antro que tenían para hacer masajes hecho mierda. Aquella tía se sobrepasó conmigo y me dejó sin ganas de volver a hacerme un masaje. Teniendo en cuenta que iba a perder mi virginidad masajística esperaba que todo fuera mucho más dulce, a la luz de la luna y con una velitas de por medio, pero nada de eso, la sala de operaciones era minúscula, la masajitas era una bestia, el agujero de la camilla en donde poner la cara daba asco y, el aceite, vete a saber si era aceite o qué era.
Lo que tendría que haber hecho, aprovechando los apretones que me pegaba la tía a la altura de la barriga, y teniendo en cuenta mis circunstancias gástricas, fue haberle dejado un regalito de napalm (o incluso de gas mostaza) justo cuando se subió encima mío para continuar el "masaje" en una postura algo más cómoda para ella, poniendo sus cosas demasiado cerca de mi cabeza. Si en aquel momento le hubiera puesto los puntos sobre las íes a la criminal esa, hubiera terminado rápido el martirio al que me estaba sometiendo so pena de intoxicación y guerra química. Pero como no lo hice, como no me atreví a darle lo mejor de mí, por miedo a lo que pudiera suceder, la tipa se puso morada a hostias a mi costa.
Imaginaréis cómo salí del "masaje"; cabreado como una mona. Yo quería relax y suavidad coño, que estaba en un lugar al que no llega el óxigeno!! Aunque para mitigar el dolor nos decidimos a hacer una buena obra, porque cuando uno está en un lugar en el que ve tanta pobreza se le abre el corazón y deja salir todo lo que uno lleva dentro... y lo que uno llevaba dentro eran varias libretas, unos cuentos bolígrafos e incontables gomas de borrar para los críos pobres de Cusco. Cuando la señora que estaba en el Suecia nos vio llegar con tal cargamento de útiles escolares se puso como unas pascuas. A saber por cuánto lo habrá vendido todo... jajaja... No, esperemos que dispusiera de todo eso de la forma correcta.
Y todavía pensando en el masaje de las pelotas nos fuimos a buscar el clásico restaurante para guiris aunque a mí no me apetecía nada de nada meter algo sólido en mi delicado estómago, en especial cuando en un restaurante vi salir el cui, una especie de rata andina que aquí se comen como si fuera pollo. A ver, igual está bueno el bicho, no digo que no, pero eso de que lo metan en el horno con su carita y sus ojitos da muy mal rollo y, en mi estado, me dieron ganas de echar lo que quedara de chifa en mi cuerpo. Así pues, mientras intentaba apartar incas ambulantes y cuis de mi mente, iba corriendo por mi cabeza el chifa sesino que terminó con la flora bacteriana de mi estómago y las náuseas me llegaban en grupos de a tres. Pero tenía que cenar, que al día siguiente nos tocaba excursión y había que reporner fuerzas antes de proseguir con nuestro viaje.
J. Coltrane
















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