domingo 8 de noviembre de 2009

Las Crónicas del Perú: Cusco 3

Con el cuerpo como nuevo tras la paliza a la que me habían sometido la tarde anterior y con la barriga aún revuelta, por llamarlo finamente, nos preparamos la mochila para salir bien tempranito y no volver a Cusco hasta el día siguiente. Cuatro ropas limpias para cambiarnos serían suficientes para llevarnos hasta Aguascalientes, el pueblo que hay justo debajo de Machu Pichu y "precioso" lugar donde íbamos a pernoctar a la espera de subir casi de madrugada a la montaña que tiene la ciudad que soñaba con visitar desde crío.

Antes de salir tocó pagar el hotel y tras eso un desayuno compuesto del pan típico de la zona, que no estaba nada malo, y un poco de zumo en conserva racionado. Sí, el zumo, según nos dijeron las señoras de la casa, estaba racionado porque si no el dueño del afamado hostal Suecia se pensaba que ellas se lo iban a llevar a casa para ahorrarse unos solecillos. Bien pensado que era el amigo, me dije, y después me acordé de su santa madre porque me tuve que tomar mis drogas con apenas dos dedos de zumo de naranja. Macho que es uno. El pan, la verdad, es que fue una bendición teniendo en cuenta el lamentable estado de mi barriga.

Los amigos de Naywa Tours fueron los encargados de llevarnos en la ruta hasta Aguascalientes y de ahí a Machu Pichu y vuelta a Cusco, trabajo que hicieron solventando magníficamente las pequeñas cositas que salieron a nuestro paso. Pero antes de la llegada a Aguascalientes nuestro tour nos iba a llevar por todo el Valle Sagrado. Una carretera que iba descendiendo flanqueada por grandes montañas y que iba siendo vigilada de cerca por el río Urubamba, río que a su vez riega los infinitos maizales que salen al paso por todas partes en el valle. Ahí es donde se cultiva el famoso maíz gigante que es tan delicioso como apreciado en todas partes.

Lo cierto es que la vista durante el trayecto es impresionante. En un largo descenso desde Cusco a 3300 metros y hasta los 2040 de Aguascalientes uno se siente abrazado por las grandes montañas que hay a ambos lados del valle. El cielo, claro y transparente, tenía unas preciosas nubes de un blanco radiante que parecía puro algodón. A esa altura uno siente que respira aire de verdad, lejos de la contaminación de la gran ciudad, a 3000 metros se puede sentir la naturaleza en estado puro, cerca de las montañas y, desgraciadamente, cerca de los pueblecitos pobres por los que fuimos pasando durante nuestro camino.

Nuestra primera parada fue Pisac, a orillas del Urumamba, un pueblo que, la verdad, uno se lo puede saltar de la ruta sin cargo de conciencia ni problema alguno. No, Pisac es un cuento chino, es el clásico lugar para que los turistas gasten unos soles comprando productos típicos del país. El mercado de Pisac es un lugar que, si uno tiene tiempo, pues está bien para darle un paseíto y verlo, pero si uno va con la hora pegada al trasero se lo puede saltar sin dejarse nada importante. Las que sí son importantes y valen la pena, son las ruinas que hay en Pisac, el problema es que están a unas dos horas andando desde la ciudad, por lo que iba a ir su santo padre a verlas. Esa distancia debe ser el motivo por el cual las ruinas, según dicen, están en muy buen estado. La distancia al populacho influye mucho en el estado de las cosas. Ya ves.

Pero no, en nuestro tour no había espacio para hacer esa excursión esa vez, pero sí aprovechamos la ocasión para comprar algunas piedras de esas que, según dicen (aunque yo tampoco me lo creo) tienen propiedades especiales. Yo me compré una esfera de un mineral verdoso que dicen que va bien para la migraña (defecto que viene de fábrica conmigo) y otra más bien negra que es una aullentadora de malas vibraciones. De momento no he notado nada diferente a antes de tenerlas, pero quizás su poder tarda unos días en activarse. Veremos qué pasa y si noto algún cambio en mi vida que pueda deberse a los pedruscos en cuestión ya os lo hago saber.

Y siguiendo la ruta el tour nos sorprendió con un magnífica parada para recargar motores y llenar los estómagos, bueno, los que pudieran, porque los que lo teníamos convaleciente y hecho polvo como yo nos tuvimos que dedicar solamente a mirar lo que los demás comían. En medio de un pueblito olvidado de la mano de Dios nos encontramos una preciosa casona de estilo colonial con un gran buffet para que uno se pusiera morado. Yo apenas comí un poco de arroz y algunas cosas que no castigaran mi estómago, no fuera que una vez emprendido el viaje camino de Ollantaytambo tuviera que hacer detener el vehículo en medio de la nada para soltar lastre. Por suerte no hubo sorpresas en ese aspecto.

Así pues, bien comidos, seguimos camino en dirección a Ollantaytambo, ciudad Inca que suerte de sus ruinas, porque si no tampoco hubiera sido una gran parada. Las ruinas, eso sí, son espectaculares, aunque nos dejamos el alma en el ascenso hasta la cima de ellas, ya que hay tres millones de escaleras y la verdad es que nuestro cuerpo aún no se había acostumbrado a tanta altura y a tan poco oxígeno, así que fue una asecensión ciertamente dura. En Ollantaytambo brillan las terrazas con las que los incas trabajaban impecablemente sus montañas para evitar los deslizamientos de tierras. Ahí vimos piedras que uno nunca diría que se pueden encajar con tal destreza y perfección.

Ollantaytambo, situada en un lugar estratégico del Valle Sagrado, fue un Tambo, o ciudad de habituallamiento para aquellos incas que recorrían los caminos que unían las ciudades del Imperio. De las ruinas, escaleritas tocacojones a parte, cabe destacar los gigantescos monolitos labrados y encajados espectacularmente en lo alto del complejo arquitectónico. Uno se pone a mirar eso y se pregunta cómo estos tíos tan bajitos pudieron mover esos pedazos de piedra de toneladas de peso. Francamente una obra maestra que el aquí presente no se cansa de mirar y remirar en las fotos.



J. Coltrane