lunes 2 de noviembre de 2009

Las Crónicas del Perú: Lima (Limón) 1

Como indicaban las previsiones nuestra llegada a Lima fue gris y fría. El cielo, a eso de las 6 de la mañana, estaba medio oscuro pero dejaba entrever una espesa capa de nubes que no nos iban a dejar ver el sol en todo el santo día. La lluvia, por suerte, ni apareció ni iba a aparecer en todos los días que hemos estado en Perú. El tiempo, templado él, nos ha respetado y ha hecho más fácil nuestra estancia limeña y serrana.

Si alguna cosa he aprendido en Lima estos días es que la Coca Cola peruana sabe muy distinta de la española y que, en cuestión de tráfico, esa ciudad es el novamás, es un cachondeo o, como diría aquél, una casa de putas. Después del primer intento de atropello por parte de un taxista sin escrúpulos ya empecé a darme cuenta que en la capital del país la gente iba básicamente por donde le salía de los huevos y sálvese quien pueda, si te pones delante de un coche te la juegas y es bajo tu responsabilidad.

Lo bueno de esa anarquía automovilística es que cuando tienes que subirte a un taxi sabes que el taxista se va a dejar la piel (y no necesariamente la suya) en llevarte a destino. Sabes que cuando acelere no frenará so pena de pegarse un hostiazo con otro taxista de su misma calaña, de los que abunda en Lima. A manos de estos sujetos he visto pasar mi vida por delante en diferentes ocasiones cuando, acelerando, esquivando y frenando como si tuvieran un pase especial de temporada del Santísimo, se me han subido los testículos (y los huevos) del acojone que me han hecho pasar en el asiento trasero del coche.

Así que entre frenazos, intentos de asesinato y atropellos varios dejamos las maletas y tras conversar media mañana nos dirigimos al barrio de San Isidro, muy majo él, a comer al restaurante La Mar, local del afamado chef peruano Gastón Acurio. La verdad es que ahí ya pude ver lo excepcional de la cocina peruana. Un trato exquisito, una carta llena de platos deliciosos y una elección para probar varias cosas a medias hicieron que saliéramos del restaurante a punto de dar a luz. La curiosidad es que al fondo del local pudimos ver a Gastón, que aunque no nos invitó a su mesa, conversaba y comía relajadamente como cualquier otro comensal.

Saliendo de La Mar y aprovechando que el frío no apretaba nos dirigirnos hacia el malecón, desde donde la vista quitaba el hipo. El día seguía nublado lo que hacía que la sensación de frío frente al mar fuera mayor. Bordeamos la costa desde la altura pasando por distintos parques que, en general, me sorprendieron, ya que no esperaba que en Lima hubiera tanta zona verde y, sobre todo, tan bien cuidada. Si uno mira el mapa de Lima desde la altura se sorprenderá de la cantidad de parquecitos que hay por todas partes, cosa que choca con los datos de precipitación de la ciudad, ya que apenas llueve en todo el año. ¿Cómo se consigue eso? pues tirando de agua potable, cosa que, dicho sea de paso, es un crimen en un lugar donde llueve tan poco.

Pero a lo que iba, entre tanto parque pasamos por el Parque del Amor, lugar de encuentro furtivo de parejitas que se buscan en la oscuridad o a plena luz del día para tocarse, en el mejor de los casos, un teta por encima de la ropa. Se hacen arrumacos, se besan y se abrazan bajo la atenta mirada de la escultura de una pareja de enamorados que causó una cierta polémica en la ciudad cuando se colocó en el parque años atrás. Según parece los limeños son bastante puritanos, y el ver a una pareja besándose pues no gustó mucho entre las gentes, que lo vieron como una incitación al vicio, la corrupción y la guarrería contínua.

Y para rematar el día, ducha, ropa limpia (o del revés) y de fiesta a confraternizar con las gentes del país. El Depeche Order es un garito en el que, en contra de lo que yo pensaba, y porque parece que Dios existe, no sonaba música latina. Aunque parezca mentira no he entrado en un solo lugar en estas vacaciones en los que me hayan deleitado con las graciosas y pegadizas cancioncillas latinas que tanto abundan por esos lares. Así que hubo música de los 80 aderezada con copas a 20 soles (4 euros), por lo que podéis imaginar.

Pero lo que no podéis imaginar es lo que vino luego. En Lima, cuando uno sale por la noche y prevé volver tarde y tirando de taxi, suele pedir uno a una compañía segura si es que no quiere acabar sin pantalones y con el esfínter desfigurado. No es costumbre parar el primero que te pase ante los morros porque te puedes pegar un buen susto en forma de o la bolsa o la vida. Nosotros íbamos preparados para llamar a la compañía pero en el teléfono que llevábamos no respondió nadie, así que tras una larga deliberación y un que si sí, que si no, decidimos probar suerte y ofrecerle una vela a la virgen si nos llevaban sanos y salvos hasta nuestra madriguera.

Así pues paramos a un profesional del volante en medio de la vía pública y le hicimos el típico regateo por la carrera, sin mucho éxito por cierto, para que nos llevara por las trotadas calles limeñas. Inspeccioné el coche y su cara y nada parecía indicar que fuera el clásico taxista asesino de turistas, así que nos subimos al bólido que manejaba con la fina destreza de los que dominan el complicado arte de pasar por todos y cada uno de los agujeros de la calle, justo antes de emprender camino a quién sabe dónde y nunca jamás.

Y ahí estábamos nosotros esperando que aquel hombre se girara y nos mostrara el brillo de un diente de oro justo antes de detener el coche para cobrarse unos cuantos soles más de los estipulados a priori. Pero nada de eso pasó. Aunque el tipo iba encerrado dentro de una jaula metálica que impedía que le agredieran busqué un punto de acceso por si llegaba el momento en el que le tuviera que recordar el buen camino del Señor con dos guantazos bien dados, pero como digo, no hizo falta agresión alguna para que nuestro bravo taxista nos dejara sanos y salvos en la puerta de casa acabando nuestro primer día en Lima, no sin antes pagar religiosamente los 15 soles (3,5 euros) que nos había pedido por un trayecto de 20 minutos. Un robo, eso sí, a todas luces.




J. Coltrane

2 comentarios:

jca dijo...

En Lima decimos que el cielo tiene color de "panza de burro". Muy diferente del cielo de la sierra, de un azul total. Supongo que la diferencia en las gaseosas la da el azúcar -que en Europa se hace con remolacha y en el Perú con caña de azúcar-.

En cuanto el tráfico, bueno, es una desgracia que se tendrá que desterrar (quizá el nuevo medio de transporte masivo que se avecina ayudará). Las combis (microbuses pequeños), los taxis y las mototaxis son los elementos nocivos en el tránsito actualmente.

Saludos desde Lima.

J. Coltrane dijo...

Pues a ver ese nuevo medio de transporte masivo, ojalá arregle un poco el caos que hay a nivel de tráfico en la ciudad. La verdad es que los taxis y los microbuses, como bien dices, son grandes culpables de eso...

Vaya, no sabía el tema del azúcar de la Coca Cola... Bueno es saberlo, ya que soy un adicto consumidor de ese líquido oscuro y dulce...

Sobre la sierra ya hablaré, pero desde luego el cielo de esas alturas me dejó impresionado por su color y su claridad...

Saludos desde Miami (y en breve desde Barcelona)