miércoles 4 de noviembre de 2009

Las Crónicas del Perú: Lima (Limón) 2

En el segundo día en Lima nos desayunamos con más de lo mismo: nubes y más nubes. Por lo que me cuentan los lugareños Lima es como una gran nube 9 meses al año. Es por estas fechas que el tiempo empieza a ser algo más benigno y, sin llegar a mostrar días completamente azules, el cielo empieza a abrirse dejando pasar los rayos del sol. En verano el calor aprieta y el sol brilla en lo alto del cielo, que ya no está cubierto por las grises nubes del habitual cielo limeño. Pero eso sucede sólo durante el verano, el resto del año las nubes están siempre sobre el cielo dando un aspecto gris y triste a la ciudad.

Recorriendo Chacarilla, el barrio donde nos estábamos hospedando, me di cuenta de que lo visto en el trayecto desde el aeropuerto hasta la ciudad no era siempre la tónica general de Lima. Chacarilla es uno de los barrios bien de la capital que, sin llegar a tener un tipo de construcción de lujo que sí tendría en otra ciudad europea o americana, el conjunto no luce nada mal. Las casas están arregladas, tienen un diseño correcto y en él vive la gente con posibles. El aspecto degradado de otros muchos lugares de la capital no se respira en Chacarilla.

Lo que sí se respira, por otro lado, es la sensación de búnker que hay por toda la ciudad, cosa que quizás es parecida en la mayoría de grandes metrópolis sudamericanas. Antes de irnos a dormir por la noche pudimos comprobarlo realizando el ritual para conectar la alarma de la casa donde dormíamos. Aquí nadie se va a la cama sin conectar la alarma, por lo que pueda ser. En los lugares donde hay más pobreza aquellos que viven bien son el centro de las miradas de los que no pueden vivir con esos lujos. Así pues, una casa bien arreglada, dos buenos coches, y varias personas de servicio son un caremelito que atrae a más de uno, por lo que en Lima se hace imprescindible una alarma.

Además de la alarma, todas las casas cierran sus perímetros con vallas terminadas en puntas que esperan ensartar a todo aquel pazguato que pretenda entrar sin permiso expreso de los amos del lugar. No he visto a ningún bandido quedarse clavadito en esas protecciones, pero alguno se habrá dejado medio huevo en el intento de asalto, seguro. Y para rizar el rizo, muchas de esas casas tienen un extra en seguridad que es un alambrado eléctrico que pretende hacer freír de pies a cabeza a los amigos de lo ajeno. Imagino que estará conectado y que los dueños andarán con ganas de ver a más de uno cogidito en los cables temblando al ritmo de la bella melodía de la corriente alterna.

Y por si eso no fuera poco, en muchas de las esquinas de las casas existe la figura del guachimán, o sujeto dormilón que supuestamente avisa a la policía o al serenazgo (policía de barrio) en caso de observar un posible robo o intento de asalto, aunque entre nosotros, el guachimán suele estar o leyendo la prensa, o durmiendo o dándole al pico con los guachimanes vecinos. Si alguien se pregunataba de donde viene el término, pues sí, de watchman, en inglés, que mis amigos peruanos han transformado hasta convertila en la graciosa guachimán. Y lo mejor es que la RAE acepta la palabra abiertamente. Hay que joderse.

A pesar de eso, no he sentido inseguridad mientras he caminado por las calles de Lima. Quizás es porque sólo me he movido por lugares bien y siempre de día, pero no he sentido el miedo en ningún momento. También porque viniendo de una gran ciudad uno siempre toma sus precauciones y no se deja robar de forma inocente. Sea como sea, ese día paseamos de nuevo por Miraflores, regresamos al parque Kennedy y bajo un cielo que se abría dejando pasar los rayos del sol recorrimos la costa pero a pie de playa, cerca de donde los surfistas intentan montar las olas mansas pero heladas de la parte del pacífico que baña Lima.

A pie de Pacífico pude repetir un clásico, acercarme a tocar el agua del lugar en el que estoy. Hombre, así con sólo un dedillo no pude medir perfectamente la temperatura marina y no me pareció que estuviera muy fría, la verdad. Aunque tengo que decir que yo el sensor de temperatura acuática lo llevo bien protegido y centrado en mi cuerpo serrano, en la parte contraria al lugar donde la espalda pierde su nombre. Ese sensor, que es de alta sensibilidad, es el que me indica, en función del tamaño que adopta (desde los -2cm llegando hasta los clásicos 20cm), si el agua que lo baña está fría o no. Así pues en este caso sólo me puedo fiar de lo que me contaron al respecto. No hubo medición in situ.

La playa, como es normal estaba desierta, pero ahí al fondo pudimos divisar la Rosa Náutica, el precioso restaurante que está sobre el agua y en el que comimos, una vez más, de maravilla a unos precios casi tan buenos como la comida, ya que a pesar de ser de lujo apenas gastamos 45 euros entre los dos. Comimos chupe, ceviche, conchas a la parmesana, etc... Así, da gusto, bueno, bonito y barato. El sitio es precioso y recomendable para aquellos que quieran comer bien y estar en un entorno precioso, sobre el mar y con buena compañía.

Y por si no hubiéramos comido poco y tentado a la suerte más de la cuenta, nos regresamos a casa a cambiarnos para comer chifa, la comida medio peruana medio china que aportaron a la cultura del país los miles y miles de trabajadores chinos que llegaron a Perú a trabajar a mediados del siglo XIX para los poderosos del país. Chifa viene de los término CHI y FAAN, o sea, "comer" y "arroz" en chino. Como no hay un país que no tenga su ración de chino por metro cuadrado Perú fue más de lo mismo y contrató a los resignados orientales para trabajar en las tierras o donde hiciera falta, y en condiciones de casi esclavitud. Miles y miles de chinos trajeron con ellos sus "delicias" culinarias.

Delicias ellas, entrecomilladas, porque me sentaron como una patada en el lugar más santo que tengo. Conforme iba comiendo el chifa famoso, iba sintiendo lo agridulce de su sabor, lo saltado de su lomo, la textura de su arrocito chino y, a su vez, iba sintiendo que la revolución comunista había llegado a mis entrañas en algo que tenía visos de acabar oliendo mal y postergándome en el baño. La cena transcurría en la lejanía mientras en la cercanía sentía las idas y venidas de la comida chifa, golpeando mi estómago y entrando a matar con todo lo que encontraba a su paso, lo que quería decir que antes de que me diera cuenta todo aquel festín de comida oriental pediría paso para salir por la vía rápida. Yo rezaba y pedía al Altísimo para que ese momento me encontrara ya en casa, al buen recaudo de un indoro amigo.



J. Coltrane