jueves 5 de noviembre de 2009

Las Crónicas del Perú: Lima (Limón) 3

Pues eso, que el chifa venía pisando fuerte todo el camino y mi estómago amenazaba con soltar un vertido tóxico, un desastre natural de dimensiones desconocidas. Algo se movía en mi interior y entre acelerón y acelerón del diestro taxista yo iba notando en mis interiores unos retortijones que me doblaban en el asiento posterior del vehículo. Prometí varias velas a diferentes vírgenes peruanas (que allí aún quedan) y a varios santos para que no me dejaran caer en la tentación y me libraran del alien que me reconcomía por dentro. El lomo saltado iba a saltar de mi cuerpo en cualquier momento.

Ave María putísima, me decía yo, ten piedad de este pobre comedor de chupes y ceviches y no permitas que deje el premio en el asiento de atrás de un taxi que, por otra parte, necesitaba una limpieza urgentemente. Por si acaso yo iba apretando fuerte para que no asomara, curioso, algo que no debiera. Y tanta súplica tuvo al final una recompensa: ya estábamos en casa; sólo faltaba el show de la alarma, abrir y cerrar varias puertas, subir las escaleras de la casa (Dios...) y el baño sería todo mío para hacer una descarga ilegal en toda regla.

Pero como la alegría no puede ser completa y porque uno es perro viejo, antes de perder peso en el inodoro decidí hacer una comprobación de rutina que siempre hay que hacer cuando uno está en casa ajena y no quiere pasar un ridículo espantoso. Abrí el grifo del agua para ver si ésta fluia con normalidad y, por tanto, tras la batalla la cisterna del baño se iba a llenar como siempre. Pero pardiez, del caño no caía una sola gota de agua. Dios, mi estómago a punto de reventar, la cisterna vacía y el agua cerrada. Me quise morir. Sólo me quedaba irme a dormir y esperar que todo mejorarara durante la noche.

Finalmente, ya por la mañana, en el baño pude comprobar el motivo de mis dolores de barriga, que aunque no me habían provocado los problemas que yo pensaba sí me estaban haciendo tener una sensación de mareo y de malestar que me dejó en cama toda la mañana. Cada vez me encontraba peor y de pensar en la comida de la noche ya no sabía si la iba a sacar por abajo o por arriba. Tenía náuseas, sensación de fiebre, mareo, malestar general y un dolor de barriga de primera magnitud. En fin, la venganza de Atahualpa estaba servida, el virus estaba en mi cuerpo y había llegado para quedarse.

Y lo mejor del caso es que yo iba de boda ese día, todos los astros se alineaban en mi contra; además tenía que pasar por la peluquería para que me hicieran un masaje. Sí, aprovechando los precios populares (70 soles) y porque mi acompañanta se iba a pasar tres horas allá dale que te pego que si sombra aquí sombra allá maquíllate maquíllate, decidí darme un masajito que tal como me levanté anulé para no jugarle una mala pasada a la sufrida masajista que ninguna culpa tenía de mis excesos gastronómicos. Una presión más fuerte de lo normal en mi barriga podría haber provocado un serio conflicto internacional.

Así pues me quedé en la cama tomando drogas que mataran al bicho que Atahualpa nos había dejado a los colonizadores y me dediqué a beber líquido para no quedarme seco como un cactus. Y como quien no quiere la cosa llegó la hora de ponerse bien guapetón e irse boda, cosa que podréis imaginar cuánto me apetecía. Ya las bodas en sí mismas me parecen un verdadero coñazo, pero si encima tienes facilidad intestinal y a eso le sumas las náuseas y el dolor de barriga continuo pues tócate los huevos, que vaya de boda Rita la cantaora.

Pero no, el Coltrane tenía que cumplir y cumplió, que con lo que me había costado ya la boda de los huevos en trajes, billetes de avión y demás no podía fallar así de fácil. Por lo que salí a la calle hecho un figurín y con una sonrisa de oreja a oreja me fui de boda, una boda que iba a ser para cagarse. En pleno barrio de Miraflores, en la plaza Kennedy tenía lugar tan magno evento al que me moría por llegar. En una preciosa iglesia construida durante la colonización iba a tener cabida una misa coñazo de una hora que no estaba dispuesto a aguantar.

Y no fui el único, porque a media misa, justo cuando me escapaba por la puerta de atrás, una ambulancia llegaba frente a la iglesia para llevarse a una señora que le había dado un jamacuco, imagino que por el tostón con el que nos estaba maltratando el cura de turno que, dicho sea de paso, era español de España. Parece, y me dejó acojonado, que la gran mayoría de los curas que corretean por el país andino son españoles. No me lo podía imaginar ni por el forro, pero así lo he podido comprobar en varias ocasiones estos días. Parece que a nivel eclesiástico la colonización no terminó nunca. Vaya por Dios.

La pobre señora no pudo aguantar el sermón del Padre y se desplomó en el acto (religioso). Para evitar eso yo preferí irme a un Starbucks que había cerca de la iglesia a tomar un café que tranquilizara a la bestia. El estómago me seguía doliendo pero al menos nada hacía presagiar un escape a deshora que tiñera de marrón aquella velada. Así que de ahí al lugar del banquete, por llamarlo de alguna manera, porque de comida fuimos tan justos que sólo pude comer un poco de arroz blanco que quedó justo cuando terminé de hacer mi cola del bufet. Cosa que, por otra parte, me vino como anillo al dedo en semejantes circunstancias. O había pasado un ejército de muertos de hambre o es que había muy poca comida, quién sabe.



J. Coltrane